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Resumen de ponencia
La democratización de la sociedad y el Estado y los procesos latinoamericanos en el siglo XXI

*Pablo Anzalone



La democratización de la sociedad y el Estado y los procesos latinoamericanos en el siglo XXI
En los años 90 el neoliberalismo en América Latina tuvo su apogeo con un verdadero tsunami ideológico que impactó fuertemente en las estructuras económicas y también dejó profundas huellas en el plano cultural, en las representaciones, creencias y valores hegemónicos. Se creó una nueva hegemonía con fuerte impronta neoliberal, que aún hoy, no puede ser minimizada.
En pocos años las promesas de la oleada neoliberal se diluyeron y por el contrario sus consecuencias fueron graves fenómenos de sufrimiento social y crisis. El crecimiento de las resistencias populares implicó serios desgastes políticos para los gobiernos neoliberales.
Este nuevo escenario generó en casi toda América Latina una nueva etapa de avances populares que condujo a triunfos electorales de las izquierdas y la constitución de gobiernos “progresistas”.
La izquierda se convirtió en opción de gobierno cuando sumó todos los descontentos contra el neoliberalismo levantando una propuesta política y social alternativa.
En un momento mundial de crisis de las izquierdas, frente al neoliberalismo arrollador, América Latina mostró que otros modelos de país eran posibles y disputó esa hegemonía. Sin marco teórico ni ideológico común, retomando tradiciones de cada país, integrando por primera vez a la población indígena (en algunos casos), con el protagonismo de los trabajadores y las comunidades, reivindicando la dignidad y los derechos de los postergados.
La experiencia de esta década no ha sido estudiada en profundidad en sus avances, límites y errores, en sus actores y alianzas, en las modificaciones estructurales que generó.
Ganaron espacio las concepciones de las políticas públicas orientadas a los derechos humanos, económicos, sociales y culturales, a la ciudadanía plena y la inclusión social. Se produjo un incremento significativo del gasto público social. Estos modelos de crecimiento con redistribución tuvieron como resultado un abatimiento significativo de la indigencia y la pobreza en el continente.
El informe regional sobre Desarrollo Humano (PNUD 2016) pone el énfasis en que no hay una única receta. América Latina, es la región con más innovaciones en políticas sociales en el mundo. De esa riqueza, avances y pendientes, limitaciones estructurales y posibilidades de cambiar las correlaciones de fuerzas que dijeron inamovibles, de todo eso surgen aprendizajes.

Los actuales triunfos de la derecha en Brasil, Argentina y en las elecciones parlamentarias de Venezuela, son el resultado de un conjunto de factores que requieren un análisis crítico y autocrítico. La crisis del capitalismo central iniciada en el 2008 y la reorganización del escenario mundial en curso, tuvo como consecuencias el fin del boom de las materias primas, la retracción de las inversiones, el aumento del poder del sector financiero y el comienzo de un período de recesión en América Latina.
La derecha económica, social, religiosa y mediática que siempre retuvo y en algunos casos aumentó su poder, se reorganizó políticamente. Antes con Piñera y ahora con Macri ensayó la idea del gobierno como gerenciamiento tecnocrático y empresarial y logró el voto popular. En otros casos como Paraguay y Brasil aplicó un golpe empleando sus mayorías parlamentarias. Desestabilizar, agravar la crisis política y económica, generar una violenta polarización, forzar las normas democráticas, no fueron obstáculos con tal de volver al gobierno. Hay una reformulación de los límites en las estrategias de las derechas que forma parte del escenario actual.
Al mismo tiempo en estos procesos jugaron un papel clave los errores de la izquierda en el gobierno, en algunos casos graves. Por eso es imprescindible una reflexión crítica y autocrítica, de gobiernos, de partidos y también de movimientos sociales progresistas. Insisto aquí que no hay un solo actor sino por lo menos esos tres grupos de protagonistas en los procesos populares de cambio, gobiernos, partidos y movimientos sociales, combinados de distinta forma en cada país y en cada período. Esa perspectiva deja de lado las visiones estadocéntricas, partidocentricas, vanguardistas o el reduccionismo al rol de líderes carismáticos como Lula, Chavez, Nestor, Cristina, Evo, Correa, Tabaré o Pepe. Sin desconocer ni dejar de analizar el rol de los liderazgos. Un análisis autocrítico y propositivo, no puede generalizar rápido, porque los procesos han sido muy heterogéneos. Esa también ha sido su riqueza.
Para analizar estos procesos se requieren herramientas teóricas que permitan pensar la densidad y la influencia de lo cultural, el rearmado de la sociedad civil, además de la multiplicidad de mecanismos de dominación (eso que Gramsci jerarquizó en sus obras). Sin embargo este período se caracterizó por un debilitamiento de las reflexiones teóricas (Keucheyan 2016) cuyas consecuencias se prolongaron en el tiempo.
Hay muchos elementos a profundizar. Si se puede pensar en un concepto que los abarque se podría reflexionar desde la capacidad de modificar las estructuras sociales y políticas democratizándolas y fortaleciendo los actores sociales del cambio, para generar una nueva hegemonía. Analizar en cada campo los avances, las inercias y los retrocesos mirados desde esa perspectiva nos dará varias claves para comprender los procesos latinoamericanos en el siglo XXI.
Me interesa remarcar en este plano, que un punto fundamental son las formas de hacer política (y en particular la política como actividad de masas), que se desarrollaron en esta etapa bajo gobiernos progresistas. La reducción de la política a la acción de gobierno y la cooptación de los partidos por el Estado tiene efectos muy negativos sobre las posibilidades de conformación y el accionar de un bloque de fuerzas donde gobiernos, partidos y fuerzas sociales promuevan las transformaciones estructurales.
Se puede hablar de la construcción del sujeto “pueblo”, para analizar estos procesos sociales (Laclau y Mouffe 1987). El concepto de hegemonía aparece como una herramienta fermental para pensar esa diversidad de luchas y para replantear una nueva política en un período de crisis del pensamiento crítico. La idea fuerza de una democratización radical de la sociedad que integre esas distintas luchas constituye una estrategia a esta etapa,frente al proyecto de una sociedad jerárquica y cada vez más desigual.
Mirados desde esa óptica los avances en democratización son heterogéneos y presentan grandes pendientes en los procesos latinoamericanos. Democratizar el sistema político en sus nudos críticos se vuelve una encrucijada. Una cuestión fundamental, es qué rol le asigna la política a las personas, ya sea como ciudadanos, como colectividades partidarias o agrupados en fuerzas sociales. Si la política la hace sólo el gobierno, entonces, el papel del ciudadano se reduce a elegir gobernantes cada cinco años y el rol de las fuerzas sociales se limita a defender sus reivindicaciones particulares. Esta forma de hacer política es la tradicional, la que viene matrizada en el Estado capitalista y tiene mucho arraigo. En las democracias de baja intensidad que relata Boaventura de Souza (2016) hasta allí se llegó y el resto está fuera del sistema, con la marginación o criminalización correspondiente.
Algunas visiones críticas o conformistas generalizan la defensa o el cuestionamiento total a los procesos latinoamericanos en el siglo XXI. Pierden de vista que no han sido procesos lineales. Avances sociales y políticos muy significativos coexisten con factores de disgregación social, concentración de la riqueza y valores contrapuestos. Hay una pugna entre proyectos de sociedad que se traduce en muchos campos, una verdadera confrontación por lo público y una gran lucha por la hegemonía. Con resultados variados.
Desde algunas concepciones (Laclau y Mouffe 1987) se trata de redefinir el proyecto alternativo al capitalismo en términos de una radicalización de la democracia como articulación de las luchas contra las diferentes formas de subordinación de clase, género, etnia y otras. Incluyendo las resistencias a la alteración de los equilibrios ecológicos.
En un sentido similar Eric Olin Wright (2014) habla de justicia social y justicia política y propone un igualitarismo democrático que surge de la combinación de ambas. La democracia radical es un derecho propio, dice Wright, y también un valor instrumental para la justicia social.
Una democracia más profunda significa una forma de Estado y sociedad donde la población tiene injerencia en las políticas públicas, en el plano local y nacional. No excluye los mecanismos representativos pero crea mayores controles y vínculos con los representantes y un conjunto de prácticas directas de la población respecto a los temas colectivos. Lo local es un espacio para formas de participación y poder popular donde lo comunitario y lo ciudadano son planos convergentes. El territorio opera como campo donde se vinculan las políticas con la comunidad.
Esta ponencia apunta a fundamentar porqué y como los cambios estructurales en la salud, educación, medios de comunicación, convivencia, espacios públicos, relaciones de género, etnia, diversidad sexual, pasan, en buena parte, por su mayor democratización como sistema. La democratización profunda hace a la concepción de una sociedad distinta y, a la vez, es una respuesta a los problemas actuales de la población para ejercer sus derechos.




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* Anzalone
Departamento de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de la República - DS/UDELAR. Montevideo, Uruguay