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Resumen de ponencia
La Normalidad Fraguada:impunidad, discurso y subjetividad

*Andrea Ximena Holgado



El capitalismo mata. Pero también tiene la capacidad de ocultar sus crímenes. Las guerras, los genocidios, las muertes masivas por xenofobia tienen una raíz económica. Sin embargo pasan a la historia en el discurso social como “tragedias humanas”, “el mal en toda su dimención”.
En Argentina el genocidio reestructurados perpetrado en 1976, como todos los grandes crímenes en latinoamérica, tuvo una matriz económica. Sin embargo lo que quedó en la subjetividad social, fue la barbarie, las toruras, el robo de bebés, los secuestros, los centros de detención clandestinos, y los juicios a los responsables materiales o de la ejecución, es decir las Fuerzas de Seguridad. En el “sentido común”, en lo colectivo no está la dimención económica como motor de lo que sucedió. De ahí que hoy la sociedad pueda vivir sin contradicción el voto y apoyo a un gobierno que sus referentes son el poder económico que se consolidó o gestó durante la dictadura; y por otro lado condenar los crimenes de lesa humanidad, que permitió frenar el intento de establecer la libertad de los genocidas a través de lo que se conoció como el 2x1.
El capitalismo tiene capacidad de recrearse constantemente, entre otros motivos, porque las personas, las sociedades lo han naturalizado al punto que no pueden pensarse en otros sistemas. Es decir, un sentido común, un modo de ver la realidad. Por eso las formas contra hegemónicas prosperan cuando ese sentido común aceptado, ya no da respuestas.
Históricamente los sectores oprimidos se han levantado contra sus opresores. Pero en el marco de las expulsiones de la nueva configuración del capitalismo, a penas sobreviven aislados, sin fronteras ni barreras que forzar, salvo como salida individual a través del delito. El “opresor” se configura hoy como un sistema complejo deslocalizado, y sin visiblidad adonde pueda ser confrontado. Lo único confrontable, son sus terminales políticas, es decir quienes gestionan el Estado en pos de esos intereses. De este modo se produce un desplazamiento de responsabilidades y culpabilidad. Los responsables no son las corporaciones y el capital concentrado sino “la política”. Desplazamiento funcional porque la sociedad no ve salida en proyectos colectivos para resistir, sino de modo individual a partir de las falsas oportunidades de crecer a partir del mérito propio.
Dice el filósofo coreano Byung-Chul Han que en la sociedad del “capitalismo flexibilizado” el poder no nos obliga a callarnos. Más bien nos anima a opinar continuamente, a compartir, a participar, a comunicar nuestros deseos, nuestras necesidades, y a contar nuestra vida. Se trata de una técnica de poder que no niega ni reprime nuestra libertad sino que la explota. El poder se manifiesta de muchos modos y no es necesariamente coactivo. Si depende de la violencia muestra su debilidad. El poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder mas silenciosamente actúa.
Se conforma entonces una sociedad de “individuos”, en una nueva forma de control que explota el narcisismo individual y encierra a las personas en su subjetividad generando rupturas sociales colectivas de participación y resolución de problemas comunes. La perdida de las esfera pública deja un vacío que se cubre en las redes en las que se derraman intimidades y cosas privadas. En lugar de lo público se introduce la publicación de la persona. La nueva “esfera publica-publicada” se convierte con ello en un lugar de exposición. Se aleja cada vez más del espacio de la acción común.
El discurso social de impunidad
El genocidio rereestructurador en Argentina transformó las relaciones sociales de un modo tan profundo que logró alterar los modos de funcionamiento social mismo. Esa alteración impactó directamente en la conformación de nuevas prácticas sociales y también en la lectura social que se construyó post dictadura en torno a lo sucedido y en cómo se proyectó discursivamente en el tiempo y hasta la actualidad. Pilar Calveiro, ex detenida desaparecida dice que el Campo de Detención y sociedad eran parte de una misma trama por lo cual resulta impensable que ese poder desaparecedor iba a “desaparecer” por arte de magia o de “democracia”. La existencia de los campos de concentración, dice, remodeló, reformateó a la sociedad misma. Entonces, la diada ante las desapariciones “por algo habrá sido…en algo andarían”, que fue la base de la justificación velada de la práctica desaparecedora del Estado Terrorista, es la que en el tiempo construyó el discurso social autoexculpatorio ante las prácticas sociales-institucionales vinculadas a la represión. Y que dejó como huella la doble victimización de quienes se encuentren ante situaciones de enfrentamiento a ese poder en todas sus manifestaciones, políticas, económicas, judiciales y marcadamente en lo social en los sectores pobres ante situaciones de delito o ilegalidad.
Narrar el Mal

La permanente puja por el sentido en torno al genocidio reestructurador que se ejecutó entre 1976 y 1983 en Argentina, habla de un hecho histórico no saldado. Y no está saldado porque sus consecuencias son las que hoy palpamos no solo en los poderes económicos que constituyó sino en el discurso social que instaló. Discurso que el poder necesita para justificar su presente sin que sea puesto bajo una zona de grises que cuestionen su legitimidad.
La práctica social de impunidad es la construcción de un orden social y político bajo el paradigma de quienes ejercieron el delito. Esto llevó a un escenario jurídico-político donde la sociedad se mueve en dos órdenes el formal, legal y el informal cristalizado en la práctica social. Lo cual desdibuja el rol del Estado y debilita a quien ejerce el gobierno y fortalece a los poderes fácticos: medios de comunicación corporativos, delito organizado, poder económico, jueces y fiscales vinculados al poder, fuerzas de seguridad vinculadas al delito, etc. Pero fundamentalmente fortalece el discurso que instala, es decir quién tiene el poder real y eso construye una subjetividad en torno a los poderes fácticos por sobre las instituciones y las normas. Entonces a la impunidad de los perpetradores, se le suma la forma de representación de los hechos, es decir los modos de realización simbólica que se quería instalar. Esto implicó que la memoria se articulara ante las violaciones a los Derechos Humanos por parte de los militares y se desdibujara el rol de los civiles, esto es, el poder económico, las instituciones de justicia y los medios de comunicación.
“En algo andarían”
Los medios concentrados construyen su discurso recreando la matriz genocida del por algo será y en algo andarían para justificar sus prácticas en función de determinados intereses político/económico sectoriales.
Este discurso se asienta en un conjunto social ya pre formateado por décadas donde se articularon discursos justificadores, leyes de impunidad, instituciones como las fuerzas de seguridad y la justicia estructuralmente modificadas por la ilegalidad heredada de los años de la dictadura. Prácticas materiales y simbólicas que no fueron saneadas. Donde los medios masivos de comunicación jugaron y juegan un rol central, en tanto impugnadores o validadores de los discursos sociales. Entonces, nos encontramos ante un entramado de impunidades varias, de discurso mediático, subjetividad social y práctica colectiva que dificulta dilucidar donde empieza uno u otro. Y sobre este escenario, las corporaciones de medios están no solo por sobre los Estados sino por sobre las regulaciones y la justicia.
En distintos momentos históricos los sectores de poder han podido instalar la agenda social, es decir que el conjunto de la sociedad se haga eco de sus intereses sectoriales. Si logramos leer porqué en determinadas coyunturas los sectores medios y bajos toman como propias las reivindicaciones de clase de los sectores opresores, podemos comenzar a comprender cómo lo simbólico opera en la construcción de la subjetividad social y como los medios masivos de comunicación operan sobre esa red simbólica desde la cual se conforman las prácticas sociales. La disputa permanente por la hegemonía discursiva que se da desde los medios de comunicación, pregna cuando logran posicionarse como medios de información o de industria del entretenimiento que nada tienen que ver con intereses económicos. El poder logra que sus intereses sectoriales, sean asumidos por un conjunto social.
En el marco de las comunicaciones, Christian Salmon define al storytelling como “un arma de distracción masiva” Se utilizan los relatos como una estrategia de narración que presenta una explicación tranquilizadora de los acontecimientos más allá de “la realidad”, es una visión que trabaja sobre el verosímil. No se trata de ficción, sino de una construcción discursiva que no genera contradicción ni ansiedad y permite vivir el cotidiano complejo en un marco mas asequible.
El éxito de un discurso entonces, está en el relato que comunica. Ni siquiera por quién lo enuncia, resulta creíble no por lo que dice sino por las historias que representa. Al alinear un enunciado con una visión del mundo (y al confundir así deliberadamente las expectativas), se puede contar fácilmente una historia que nos ayudan a mentirnos a nosotros mismos y nuestras mentiras nos ayudan a satisfacer nuestros deseos.
Bajo la inmensa acumulación de relatos que producen las sociedades modernas, nace un "Nuevo Orden narrativo" (NON) que preside el formateo de los deseos y la propagaccion de las emociones, dice Salmon. Quién concluye que hay una violencia simbólica que pesa hoy en los debates en los marcos democráticos a partir de las "maquinas de narrar" donde el tema desaparece ante la narración. Por esto – dice - desenfocar es volver a encontrar el tema. En un mundo en que los medios de comunicación se prosternan ante el altar de la nitidez, y al hacerlo vacían la vida de toda visa, el desenfocador será el comunicador de nuestra época".











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* Holgado
Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad Nacional de La Plata - FPyCS/UNLP. La Plata, Argentina