En la cultura anglosajona, más que en la latinoamericana, se encuentran distintas pruebas de pensamiento crítico desde las cuales se obtiene información sobre las habilidades de los estudiantes y sus disposiciones a pensar críticamente. A pesar de la ausencia de este tipo de pruebas en Latinoamérica, la pedagogía crítica desarrollada desde aquí, argumenta la necesidad de formar para el pensamiento crítico. Esto se encuentra en la herencia cultural de Paulo Freire y su apuesta por la educación liberadora para transformar el mundo. En este marco cabe analizar ¿qué elementos fundamentales debería tener una prueba estandarizada del pensamiento crítico desde Freire?
Para Freire, la educación debe estar al servicio de la concientización, a la crítica de las relaciones conciencia-mundo como condición para asumir el comportamiento humano frente al contexto histórico-social. A través de la concientización los sujetos asumen su compromiso histórico en el proceso de hacer y rehacer el mundo, dentro de posibilidades concretas, haciéndose y rehaciéndose también a sí mismos (Souza, 2015). En este sentido, es menester de la educación abrir espacios que permitan debatir y construir la realidad; donde, condicionados por las características socioculturales de su contexto, los seres humanos en formación desarrollen su deseo de ser más, sabiendo que la historia no los determina sino que se construye a partir de su praxis.
Significa reconocer que somos seres condicionados pero no determinados. Reconocer que la historia es tiempo de posibilidad y no de determinismo, que el futuro es problemático y no inexorable (Freire, 2005).
Lo que se vive en Latinoamérica como herencia de la colonización europea (Freire, 2011) es una educación fragmentada, carente de contexto, que otorga mayor valor a la formación disciplinar que a la intersubjetividad. Eso, sumado a la influencia de las políticas educativas norteamericanas, lleva a que una de las mayores preocupaciones de las instituciones escolares sea ajustar contenidos de enseñanza al menú de las evaluaciones; donde éstas, bajo la tutela de la estandarización, sirven más como filtro para que instituciones, estudiantes, docentes accedan a limitados privilegios, que como oportunidad de apertura de espacios pedagógicos que ayuden a que los estudiantes sean más críticos del mundo y aporten a su transformación.
En este sentido, considerando que la evaluación estandarizada está al servicio del mercado no solo por excluir a quienes no obtienen buenos puntajes, sino por propiciar el pago de entrenamientos intensivos y prácticas muchas veces ilícitas; es más fácil encontrar en Freire argumentos para oponerse a ella que para apoyarla.
La pedagogía radical jamás debe hacer ninguna concesión a las artimañas del “pragmatismo” neoliberal que reduce la práctica educativa al entrenamiento técnico-científico de los educandos, al entrenamiento y no a la formación (Freire, 2012, p. 52)
Bajo esas condiciones, la evaluación estandarizada promueve la educación bancaria, una donde el maestro es protagonista y administrador del conocimiento que los estudiantes deben adquirir, mientras que los aprendices son apenas objetos. La denominación “estandarizada” ya marca un lugar para que en Freire se encuentre resistencia. Sin embargo, teniendo en cuenta que pruebas como PISA, TIMSS, PIRLS cobran más fuerza porque el aumento progresivo del número de países participantes, que la coyuntura política en la región incentiva que las instituciones que obtengan mejores resultados en pruebas censales cobren más dinero o reciban más recursos del Estado; es más revolucionario “humanizar” la evaluación estandarizada, que ser indiferentes frente a su creciente influencia.
Si la humanización es la superación de la técnica y el rescate del sujeto en su dimensión racional (Freire, 2011), humanizar la evaluación implica pensarla como instrumento al servicio formativo de la educación; es decir, concebirla no aislada, sino integrada a la realidad, pensarla como motivo de debate, fuente de desarrollo de habilidades para pensar el mundo críticamente.
Un intento de análisis de humanización de la evaluación conlleva abordar desde Freire tres componentes. El primero involucra el objeto de la evaluación –qué se evalúa- y es la apuesta por el pensamiento crítico, ya que éste es un objetivo fundamental de la pedagogía crítica-radical y un para qué de la educación. El segundo se relaciona con la práctica de la evaluación estandarizada y la necesidad de recuperar con ella su sentido formativo. El último es el análisis del propósito del cambio en la evaluación, lo que conlleva pensar en la transformación y sus consecuencias.