El presente trabajo pretende identificar, desde una perspectiva histórica, algunos sesgos por las que ha pasado la construcción de la ciudadanía en México en aras de cambiar la percepción de las instituciones. Se propone demostrar que ha sido un proceso largo, azaroso y dramático; que los ciudadanos ideales existen sólo en papel y como definición, y que aún estamos lejos de los preceptos mínimos de ciudadanizar nuestras instituciones. La incipiente transición a la democracia que generó optimismo y que ahora debería gozar de plenitud en los ciudadanos de México parece más un espejismo que una meta alcanzada. El diagnóstico de los últimos años ha llegado para quedarse, pues continúa mostrando que, en términos de participación e interés en los asuntos públicos, prevalece la desconfianza, el desinterés, la manipulación y la incertidumbre en las personas e instituciones, lo que alienta a crear prácticas para construir y consolidar la ciudadanía.
Reflexionar en torno a la participación y la construcción de ciudadanía en Latinoamérica, obliga a plantear una serie de interrogantes que visibilizan las limitaciones de las perspectivas de ciudadanía. El enorme reto que nos interpela es cómo elaborar una propuesta en la que la ciudadanía no resulte, como en los casos fallidos, un proyecto para pocos; cómo pensar la ciudadanía de los sectores mayoritarios de la población que se encuentran en situaciones de alta vulnerabilidad, de exclusión-marginación social y de asistencia pública; cómo generar participación en contextos de fuerte desvinculación, agudización de las formas de individuación negativas, profundo deterioro de la calidad de vida. En tal escenario, ¿cómo se construye y se articulan la participación y la ciudadanía en un proceso democrático?, ¿cómo puede resolverse un proceso que parece ser un círculo vicioso?, ¿la participación viene con una ciudadanía madura, o es ésta un requisito para que la ciudadanía madure? En el marco de estas interrogantes, se asume que la ciudadanía se verifica, no en su carácter adscriptivo, ni tampoco sólo en su carácter sustantivo, sino en su carácter activo, es decir, en la participación real y efectiva y, en consecuencia, en la acción política. De tal manera, se considera que la exclusión política es la más injusta y la forma originaria de todas los tipos de exclusión, ya que es la que permite consolidar y reafirmar el status quo, y por ende, establecer un habitus en el electorado por parte del estado, arrebatando toda posibilidad de influir para transformar la realidad que oprime y somete. Por ello, se reconoce la relevancia y significatividad de la propuesta de Paulo Freire. Cuya concepción de la ciudadanía está dirigida a las masas, a aquel pueblo “sin conciencia”, o bien a aquella sociedad sin pueblo, que permanece bajo de un estado de anestesia histórica, alienada, manipulada, dirigida externamente por otros actores (llámense élites gobernantes (partido político en el poder), Estado Benefactor o mercado). Para Freire, ser ciudadano es ser sujeto de la historia, de la propia historia que se construye en primera instancia en la comprensión de la realidad de sometimiento, de deshumanización y negación de la ciudadanía; que además requiere, en segunda instancia, del compromiso existencial y la responsabilidad para transformar la realidad opresora.
En consonancia de las teorías referidas que infieren una visión unilateral del poder, ejercido por sistemas, grupos o sujetos dominantes para moldear y dirigir a los dominados conforme a sus intereses; por igual, la democracia mexicana parece ser la obra de Sísifo. Una tarea de nunca acabar. En los años ochenta era claro que las elecciones no eran confiables porque un partido hegemónico, fusionado con el Estado posrevolucionario, tenía el control de los comicios. El diagnóstico y el remedio eran claros para todos los actores involucrados; construir la democracia pasaba por ciudadanizar y dar autonomía al órgano electoral, desvincular al partido del gobierno y asegurar reglas justas para los contendientes. Sin embargo, el antiguo régimen tenía también otras caras como la censura.
Durante varias décadas muchas cosas no se podían decir en la prensa; el sistema era opaco en extremo, lo que permitía la ilegalidad y la discrecionalidad; así, en los últimos 25 años el país invirtió una cantidad enorme de recursos, materiales y humanos para tener elecciones confiables y remontar la parcialidad, la censura y la opacidad. Sin embargo, existe un obvio malestar con la práctica democrática mexicana, puesto que representa una peculiar regresión. No se trata solamente de la catástrofe humanitaria que ha azotado al país durante mucho tiempo, sino algo más perverso y extraño ha tenido lugar. Una especie de reacción autoinmune del cuerpo político, una enfermedad de los partidos políticos por tener y mantener el poder a costa de lo que sea; es una enfermedad que consume a la joven e incipiente democracia mexicana.
Durante varias décadas muchas cosas no se podían decir en la prensa; el sistema era opaco en extremo, lo que permitía la ilegalidad y la discrecionalidad; así, en los últimos 25 años el país invirtió una cantidad enorme de recursos, materiales y humanos para tener elecciones confiables y remontar la parcialidad, la censura y la opacidad. Sin embargo, existe un obvio malestar con la práctica democrática mexicana, puesto que representa una peculiar regresión. No se trata solamente de la catástrofe humanitaria que ha azotado al país durante mucho tiempo, sino algo más perverso y extraño ha tenido lugar. Una especie de reacción autoinmune del cuerpo político, una enfermedad de los partidos políticos por tener y mantener el poder a costa de lo que sea; es una enfermedad que consume a la joven e incipiente democracia mexicana.
La existencia de estudios diversos arroja datos que detallan los vacíos de la democracia mexicana en todas sus vertientes, por lo que es de interés concentrar la atención en los aspectos relacionados con las percepciones y representaciones sobre el ciudadano y la ciudadanía; que dentro de algunos hallazgos significativos destacan los siguientes: Los mexicanos perciben que la responsabilidad y la democracia son los aspectos de mayor influencia en la construcción del ciudadano; los ciudadanos consideran importante crear conciencia en los otros acerca del impacto de su actuar; se mira la responsabilidad como algo inherente a la persona y no algo aplicable a quienes ejercen cargos públicos; la educación y el acceso a la información no se consideran garantía de buen ejercicio de la ciudadanía; la imagen de las instituciones de representación es muy débil; se piensa que el gobierno es el responsable de promover la justicia y la resolución de los problemas sociales; se percibe una tensión entre las normas legales y las prácticas; también se señala un desfase entre las expectativas y los alcances del cambio político.
Como es evidente en este análisis, respecto a las percepciones de los ciudadanos hay varias cuestiones que destacan; dado que es notoria la debilidad de una cultura de la legalidad, pues se percibe como un ámbito en conflicto entre la norma y la práctica por un lado, y por otro, las instituciones de representación ciudadana no se consideran como algo cercano, sino distante y lejano. Asimismo, también destaca la idea de que el gobierno es responsable de resolver los problemas sociales; con lo que se fortalece la percepción de que la democracia es un régimen que debe resolver las necesidades y demandas de la ciudadanía. El tema educativo y de acceso a la información es una cuestión que llama poderosamente la atención, pues no se aprecia que los mexicanos establezcan una relación entre estos factores y la construcción de la ciudadanía. En todos los casos, se extiende la sensación de que el sistema democrático tal y como hoy le concebimos, no es capaz de satisfacer las necesidades y demandas de unas sociedades cada vez más complejas. Las instituciones políticas se muestran incapaces de solucionar los problemas colectivos y de responder eficazmente a unos ciudadanos que cada vez se sienten más lejanos de sus gobernantes.
Las democracias hoy en México de acuerdo al análisis, irremediablemente tienden a convertirse en un conjunto de mecanismos y reglas formales en la toma de decisiones, mismas que sólo lograrán atraer la atención de los ciudadanos mediante la repetición de rituales participativos desprovistos de interés y eficacia. Uno de los signos más evidentes de esta situación es la distancia cada vez mayor que separa a los ciudadanos de las instituciones políticas democráticas y de los responsables de las mismas. No es sólo que la actividad política institucional no interese o interese poco, sino que se considera algo muy alejado de los intereses, las necesidades o los problemas de los ciudadanos. No se trata simplemente de una reacción de insatisfacción ante los resultados concretos de unas determinadas políticas gubernamentales, ni tampoco de que se dude de la “bondad” de la democracia frente a otras fórmulas políticas. Es una actitud más general y difícil de definir que ha encontrado su mejor expresión en el término desafección política. Pues la mayor parte de las investigaciones de opinión pública y de los estudios de comportamiento político en las sociedades avanzadas, coinciden en señalar una serie de fenómenos, que de una forma u otra apuntan hacia un significativo incremento de la desafección política de los ciudadanos.