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Resumen de ponencia
Mediación y Subjetividad en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (Santiago, Chile).

*Felipe Mallea



La presentación busca interrogar sobre los "modos de aproximación" (Sturken, 2011), presentes en las prácticas y narrativas de visitantes del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH). Lugar que no sólo pone el valor el pasado vinculado con el período 73-90 en Chile, a través de una apuesta museográfica, sino también con la disposición de objetos y souvenires ("bienes de memoria"), en un espacio comercial-turístico. En efecto, lo museográfico y lo comercial, conviven y se presentan -frente a los visitantes- como dos polos de enunciación del pasado violento que supone relaciones excluyentes entre sí (entre lo que puede ser aprehendido y/o experimentado), pero conectados respecto a su contenido (el pasado reciente), el uso de estéticas e imágenes y materialidades comunes. Así, lejos de la dualidad "sacro/profano", lo comercial y lo museográfico, forman parte de un continuo que debe ser interrogado a la medida de la subjetividad que lo vivencia. De este modo, las principales preguntas a ser abordada en este contexto son: ¿cómo es configurada la subjetividad del visitante del MMDH?, ¿cómo esta subjetividad media y es mediada por la presencia de lo comercial y lo museográfico en el MMDH?, y, por último, ¿qué tipos de "compromisos" éticos y de memoria colectiva sobre el pasado dictatorial en Chile, suscita practicar estos espacios del Museo?

I. La mediación de la memoria social y su carácter comercial.

En ciencias sociales, el mercado y la dimensión comercial de la vida social se ha mirado tradicionalmente con sospecha (Marx 1999, Simmel 1978, Baudrillard 2010, Habermas 1986). La lógica desplegada a las actividades económicas en las dimensiones del valor, la competencia, el cálculo inscritas en el intercambio comercial, supondrían un atentado a la dimensión del significado y sentido de las relaciones sociales (Bauman 2007). No obstante, esta separación entre la vida económica y la vida social, supone desconocer que “todo mercado es un fenómeno profundamente social y cultural” (Zelizer en Cordero 2012: 92). En este contexto, analizar la dimensión comercial en sitios y lugares de re-presentación de memorias sobre pasados difíciles y traumáticos, implica asumir lo que autores como Huysssen (2002) sostienen: que la cultura de la memoria en occidente surge por obra del marketing cada vez más exitoso de una industria cultural sobre el pasado.

Es decir, los espacios, medios y recursos de elaboración y representación de la memoria social se vincula con la sensibilidad cultural y subjetiva de la sociedad occidental contemporánea. En ella, el mercado aparece como parámetro y metáfora de lo social, modelando tanto la cultura y la subjetividad (Sennett 2013). Para autoras como Sturken (2016), los contextos situados donde se apuesta por representar el pasado a través de la memoria social pública, el carácter mediado de la memoria se ve acrecentado a tal punto que no se puede descartar ningún recurso de expresión. Esto “no quiere decir que cualquier opción resulta aceptable” (Huyssen 2002: 26), pero es necesario reconocer, entre otras manifestaciones, que en sitios y lugares de memoria –como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos-, están presentes formas de turismo sobre pasados difíciles: “… different modes of memory tourism, including the pilgrimages, reenactments, pedagogy, and kitsch consumerism” (Sturken 2011: 282). En este contexto, para Sturken, los escenarios de representación de pasados difíciles ejercen mediación de manera particularmente contradictoria; a la vez que exigen compromiso (afectivo, intelectual, político y/o moral), en todo momento recuerdan la distancia que existe entre la experiencia y los acontecimientos mismos que allí se muestran .

El ejercicio de mediación en estos lugares abre la posibilidad de para la generación de distintos “modos de proximidad” (Sturken 2011), ente las personas y lugares como el MMDH. La existencia material concreta, expresada en estos medios que recrean y (re)presentan la memoria social pública, permite la emergencia de diferentes prácticas y relaciones con la memoria social (re) presentada en el MMDH, en la forma de un juego mutuo: los visitantes dan vida a la circulación de la memoria social pública sobre el pasado reciente, a la vez que los distintos medios de (re)presentación hacen posible que la experiencia para el visitante exista como tal. Y es en espacios comerciales, precisamente, donde puede observarse una acentuación del carácter mediado de la memoria social pública, puesto que se facilita la circulación y masificación de ciertas representaciones del pasado, facilitadas materialmente en objetos concretos que condensan densos episodios de la historia (el golpe de Estado), personajes célebres (Salvador Allende), principios ético-políticos (“Nunca Más), entre otros.

II. El MMDH y sus polos de enunciación.

En el contexto la tarea del MMDH, como “un espacio que contribuya a que la cultura de los derechos humanos y de los valores democráticos se conviertan en el fundamento ético compartido”, no escatima esfuerzos materiales y estéticos para llevar adelante este cometido. Tanto así que “resultan fundamentales las cuestiones materiales, arquitectónicas, estéticas, representacionales y simbólicas” (Basaure 2014: 175), tal cual como en el caso de los memoriales, el MMDH buscaría asimismo un catalizador de diálogo político, activar formas de solidaridad y acción sobre el presente (Hite 2013). Y, por último, en tanto museo, el MMDH ofrecería también la evidencia para afirmar normativamente principios para fundamentar una convivencia social deseable, de “estabilidad cultural [frente] a un sujeto moderno desestabilizado [y tensionado por su propia historia colectiva]” (Huyssen 2002: 61).

De este modo, el MMDH como agente socializador es un dispositivo cuyo objetivo es la elaboración de un pasado difícil al servicio de las necesidades del presente y futuro. Es decir, es expresión de un tipo de memoria social pública, propia de sociedades postconflicto que requieren darse para sí estructuras y espacios de asimilación, materiales y simbólicos, para procesar y construir medios de (re)presentación de pasados imposibles de obviar (Feierstein 2012).

Así, es en este marco que al interior del MMDH conviven dos polos de enunciación respecto de la (re)representación del pasado violento. Lo museográfico y lo comercial son desarrollados desde un período histórico determinado: dictadura en Chile, 1973-1990. Incluso, materialidades comunes, como afiches, chapitas o imágenes de época, pueden estar indistintamente en uno u otro espacio. Por ejemplo, una “chapita” de la campaña del NO (Plebiscito de 1988), podría eventualmente venderse en la tienda del Museo. Se trata de un objeto que representa, de manera sencilla y directa, la derrota de la dictadura a través de herramientas democráticas (el voto). Como parte de la memorabilia de la época, la “chapita” connota la dimensión de un recuerdo confortable y positivo. Un tipo de “buena memoria” (Bilbija & Payne 2011) alejado de representaciones ominosas, abyectas o críticas sobre este recuerdo. En efecto, objetos como estos, difícilmente pueden hacerse cargo de las complejidades de la historia (por ejemplo, que la derrota de la dictadura de Pinochet por medio de esta vía institucional como el Plebiscito de 1988, marca el inicio de transición llena de amarres dictatoriales que al día de hoy impiden una democracia plena).

El “riesgo” de objetos de estas características puestos en un contexto comercial, es que sean tomados como simples mercancías, sin capacidad de agencia ni de vinculación con valores trascendentes, que en el caso del MMDH son muy claros: el “Nunca Más” y el primado de los DDHH como valores deseables de convivencia social. Acceder desde la dimensión comercial o terminar en ella como forma de (re)presentación del pasado reciente, puede “abaratar” y/o trivializar la memoria social pública, en la medida que los objetos producidos en serie para ser vendidos no tienen un valor histórico en sí mismos (pese a que reclamen su conexión histórica según lo que buscan simbólicamente representar). Su valor, primero, es económico (valor de cambio), y posteriormente, según la subjetividad que lo adquiera, podrá constituirse en su valor de uso, signo o símbolo.




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* Mallea
Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social. Universidad de Chile - COES. Santiago de Chile, Chile