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Resumen de ponencia
Una aproximación crítica a las teorías de la representación del lenguaje

*Roberto Ryder López



Una parte fundamental de la vida social humana es el lenguaje entendido como algo físico, fisiológico y psíquico, perteneciente tanto al dominio individual como social, es decir, como algo multidimensional que se encuentra en constante movimiento y transformación, haciendo que la tarea de otorgarle una definición clara sea de lo más compleja. No obstante, y a pesar de lo abstracta que pueda ser su definición, el efecto que éste tiene sobre las sociedades es de lo más concreto, convirtiéndose así en una de las herramientas más poderosas de la modernidad capitalista.

Esta situación es particularmente importante si se toma en consideración la construcción social del significado y la representación, problema que a su vez es atravesado por el ejercicio del poder. Stuat Hall define la representación como la producción de significados mediante el lenguaje, pero ¿Quiénes y cómo se construyen esos significados? Y ¿Cuáles son sus objetivos?

Para responder estas preguntas es preciso comprender que existen diferentes tipos de sistemas de representación, entendidos estos no como conceptos individuales, sino como diferentes maneras de organizar, agrupar, arreglar y clasificar conceptos, así como de establecer relaciones complejas entre ellos.

No basta que una sociedad tenga un sistema de representación común, a decir verdad, sociedades como las latinoamericanas tienden a ser extremadamente heterogéneas, no sólo entre los países sino incluso dentro de los mismos, lo que podría generar la existencia de por lo menos dos dimensiones de representación, claramente distintas, dentro de una sociedad latinoamericana, una dimensión dominante y una dimensión subsumida, pero no dominada.

Gran parte de la comunicación se transmite a través de un tipo de lengua supeditada a la razón formal ya sea como instrumento de comunicación eficiente, o como componente de la industria cultural, convirtiéndose así en un elemento fundamental de aquel huracán llamado progreso que personifica el desarrollo de la modernidad capitalista en la filosofía de Benjamin.

Esta modernidad fue presentada como una compleja imbricación de desarrollo industrial, económico, social, cultural y político, hacia el que avanzaban progresivamente todos los pueblos del mundo mediante la globalización, cuyo éxito estaba garantizado por la razón instrumental y las instituciones que la empleaban.

El objetivo era darle forma a un nuevo hombre que rechazará la particularidad de formas de pensamiento atrasadas en aras de una individualidad homogeneizante, con el fin de crear una sociedad “orientada hacia el éxito”.

Sin embargo, una racionalidad pobre –instrumental–, no puede más que generar un sistema de reproducción social lleno de contradicciones como el capitalista. Y si, como dice Bolívar
Echeverría, producir y consumir mercancías es producir y consumir significaciones, entonces estas no pueden ser más que el resultado de un sistema de representación cultural y un lenguaje decadente y en decadencia.

Semejante mecanización es un efecto esencial para la expansión de la industria; pero cuando se vuelve rasgo característico del intelecto, cuando la misma razón se instrumentaliza, adopta una especie de materialidad y ceguera, se torna fetiche, más aceptada que experimentada espiritualmente.

En resumidas cuentas, de poco o nada sirve que la connotación este menos en el discurso y más en el receptor, si la decodificación es hecha por un sujeto enajenado, dentro de una sociedad con tendencias totalitarias, con conceptos fetichizados y un lenguaje reducido.

Sin lugar a dudas, la capacidad para imponer significados, es fundamental ya que es ahí donde reside el poder social. De ahí que las ideas de Marx para comprender la fijación de significados sea tan valiosa en una época como ésta. Para el filósofo alemán los sujetos establecen de manera natural relaciones sociales que devienen en relaciones de producción, las cuales conforman la estructura material de toda sociedad, que a su vez sirve de base para la creación de una superestructura donde descansa la conciencia social.

Desde esta perspectiva controlar los medios de producción significa controlar la creación de significados y representaciones, algo fundamental para salir de la trampa de la modernidad capitalista.

Hoy la historia comienza a cambiar con la llegada de nuevos/viejos actores sociales14 que recuperan el “libro robado”, es decir, el poder de la palabra, y obligan a pensar la comunicación desde otros sistemas de representación.

Un claro ejemplo de este intento de recuperación del lenguaje adánico es el que Carlos Lenkersdorf ofrece en su texto Filosofar en clave tojolabal, donde muestra la utilización del nosotros indígena por encima del yo de la civilización occidental. Según palabras del propio
Lenkersdorf el nosotros “aparece, reaparece y brilla en los ámbitos menos esperados, desde el caos social hasta el tiempo cíclico, el sistema numérico y la poesía. Dicho de otro modo, el nosotros desempeña la función de un principio organizativo”, completamente opuesto al sistema organizativo de la modernidad capitalista.

Rescatar estas formas del lenguaje quizá sea el primer paso para construir un nuevo tipo de pensar y por consiguiente una nueva forma de sociabilidad en donde la naturaleza no padezca de una tristeza tan profunda, ni de una esclavitud tan severa. Pero para ello se requiere del esfuerzo particular de cada uno, no sólo en el ámbito de la producción lingüística, sino también en el del consumo de esa nueva y particular manera de expresión, es decir, en el acto del escuchar. Por lo tanto, podemos decir junto a Irving Wohlfarth que, a decir verdad, “el principio del mal hace presentir el final, y el final remite al comienzo”, aunque este comienzo quizá se ubique más allá de la Europa occidental.




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* López
Instituto de Iberoamérica - IB. Salamanca, España