El presente trabajo busca establecer, en el marco de realidad en el que se ve adscrita la educación latinoamericana, especialmente en Colombia, la posibilidad de transformación necesaria, tanto del magisterio como la del papel del docente. Así, frente a una educación hoy guiada por la tecnocracia capitalista, que en un afán de prosperar la ignorancia social y política, como fuente de perpetuación de la inequidad social y aparato político para sostener en el poder una clase gobernante especial, el maestro debe alzar la voz, fiel a su vocación y en un arrebato ético, formar ciudadanos críticos, que defienden la democracia desde su mundo de la vida. Para ello, es indispensable establecer una nueva ruta en la educación, coherente y humana, en donde la acción fundamental sea la de justificar la humanidad de lo humano, desde el derecho y la participación. Dentro de la propuesta, se hace un llamado especial a la educación superior, a las escuelas de Educación y las licenciaturas, cuna de la formación de maestros, proponiendo tres ejes de educación en la discusión del ejercicio del maestro: una ética profesional, entendida como el sentido de pertenencia, no a una obra-labor remunerada, sino como ejercicio consciente del desarrollo humano de las personas. Una didáctica del pensamiento, enmarcada en una pedagogía de la pregunta, como proceso pedagógico en el desarrollo crítico de la ciudadanía y un componente de enseñanza, político, en el que el profesor reconoce que su ejercicio repercute en la sociedad, desde su hacer en el aula, en tanto lo que enseña y como se lo enseña a los estudiantes.
Lo anterior, teniendo en cuenta que, tanto en Colombia como en Latinoamérica, el tema de la Pedagogía ha ido aumentando su importancia teórica e investigativa desde el s. XX, como fundamento de superación de la pobreza y el “tercermundismo”. Sin embargo, atendiendo a su trabajó histórico, Martínez Boom (1999) demostró que el que hacer del docente ha estado supeditado a “la mendicidad”:
“Emprender la recuperación histórica del maestro en Colombia, además de permitirnos rescatar uno de los capítulos culturales más importantes de nuestra historia, nos ha remitido a la descripción de un drama: drama cultural cuyo personaje central ha sido el maestro de escuela; drama cultural que ha tenido como temática fundamental la “ilusión del maestro como intelectual” y como escenario, la subordinación y condena social del magisterio”
Así, es claro asegurar que la historia de los maestros ha estado subordinada al pago de su “obra-labor” como “obrero” dentro de “la fábrica de hacer sujetos”. No obstante, es claro también, y esto lo demuestran los ingentes trabajos que se vienen realizando desde finales del siglo XX, que hay una marcada tendencia por dejar de lado la idea del maestro intelectual como “ilusión”, construyendo una nueva identidad de magisterio, razón por la cual es necesario reivindicar el ejercicio de la enseñanza, rescatar la práctica pedagógica y, en palabras de Zuluaga (1999):
“significa en su sentido más amplio: recuperar la historicidad de la Pedagogía, tanto para analizarla como saber, como para analizar sus procesos de formación como disciplina, trabajar con la discursividad de la Pedagogía y analizar la práctica del saber pedagógico en nuestra sociedad” (p. 12)
Entonces, es necesario demostrar que existe una relación directa entre la práctica pedagógica y el ejercicio humano de la política, entendida esta última como lo hace Brugué (2014) “como una práctica colectiva indispensable” dado que sin política, “la sociedad termina convertida en la ley del más fuerte” (p. 7) y por ello, la necesidad de vincular el espacio académico a la reflexión de la educación y la política; pues son la aulas el escenario de la formación ciudadana, desarrollada en tres campos, el de la Pedagogía, la Docencia y la Enseñanza, los cuales giran en torno a la discusión en tres categorías: ciudadanía, democracia y educación.
De esta manera, y reconociendo la integralidad de un proceso de formación en Licenciatura, es preciso entender el proceso sobre el cual se desarrolla la educación; problematizar su situación y establecer los ejercicios de transformación que se pueden realizar desde la escuela, desde el aula y desde la propia universidad. De esta manera se justifica el ser y el hacer de la Educación superior y de las facultades de Educación; pues tal como lo explica Hoyos (2009), “La responsabilidad social es de la universidad misma, de su identidad, ya que todo el proceso educativo debe estar orientado a la formación ciudadana, de la cual se sigue todo sentido de responsabilidad en la sociedad” (p, 4), lo que lleva necesariamente a pensar la Educación, acto inherente a la Universidad y al ser maestro, más “si quieren ser responsables con una sociedad que espera precisamente de la educación análisis críticos, propuestas de cambio…” (Hoyos, 1999, p. 5).
Lo anterior, pues, implica un importante proceso ético en el que los maestros se presentan como pensadores de su tiempo y de sus necesidades; de tal manera que, el ejercicio de la docencia no solo se basta con la realización didáctica de la clase, sino que ésta se piensa en favor de un proyecto de educación integral, dinámica y crítica; social y política a la vez.