Uno de los tantos movimientos que efectúan las madres en y con sus hijxs, es la configuración de horizontes de sentido. En mi caso, el horizonte de significaciones fue proporcionado por una particular forma de habitar el mundo de dos mujeres fuertes, sensibles, espirituales, compasivas y muy distintas: mi abuela y mi madre. Mujeres que desde su diferencia y aún cobijadas bajo la sombra del conservadurismo cultural, político, económico y social de la clase media colombiana (en particular Cundi-boyacense), forjaron una suerte de transformaciones que aún tiene efectos en mi presente. Efectos que, entre otras cosas, me dieron un lugar (que paradójicamente fue y es un no-lugar) desde el cual hoy me enuncio existente y desde el cual siento y pienso (y "me" siento y "me" pienso) en términos académicos.
Encontrarme en dicho lugar me permitió dar un giro en mis investigaciones académicas, que junto con Rancière (1983), me extendieron una invitación: la de actuar como animal atenta con respecto a lo que creía o figuraba como lo cotidiano y en esa medida, lo habitual, llano y sin fisuras. Fue entonces una invitación a posar mi atención de una forma otra en aquellas experiencias de mujeres que pasaba por cotidianas/ordinarias y había fijado como tales, perdiendo con esto o dejando escapar así algunas luminosidades. Una forma otra que me permitió atender una proliferación de sonidos, ruidos y silencios; a diferentes gestos y movimientos que, por ejemplo, hablan de cómo una campesina del norte de Boyacá, se convierte en enfermera por necesidad, y deviene en una férrea luchadora de la igualdad de la mujer desconociendo enteramente cualquier tipo de teoría que la ubique en la categoría de feminista.
Así pues, al detenerme en diferentes vidas de mujeres colombianas que por azar cruzaron sus vidas en el municipio de Chía-Cundinamarca, pude experimentar con ellas la emergencia de un tejido inédito constituido por esas transformaciones efectuadas a través/con/por ellas, que, en sus ritmos cotidianos, erosionan los discursos hegemónicos del heteropatriarcado. En esa medida, y siguiendo a Swart () y a Daas (), pude atender a esas formas de fracturas que se dieron, no en momentos de transgresión y ruptura con la vida cotidiana, sino dentro de la cotidianidad misma de la vida. Una cotidianidad que no es un hábito sino un logro, un heroico modo de resistencia, en donde lo extraordinario se mezcla con lo ordinario/cotidiano. Un cotidiano u orinario que también es extraordinario a pesar o quizás en virtud de su esplendor efímero.
Así, este tipo de encuentros con esas mujeres, que emergieron para mi como una suerte de imágenes instantáneas desconectadas, hicieron emerger un mapa de relaciones, de las diferencias y de las repeticiones, que a su vez se conviertieron en la invitación para atender a otras conexiones y tensiones vitales respecto de las luchas por los derechos de las mujeres, que no emergen solamente en los momentos de crisis o que no se anudan necesariamente en un discurso reconocido como político.
Sin embargo, es importante hacer notar que las mencionadas fracturas no ocurren uniformemente ni constantemente y muchas veces, más bien, contradictoriamente. Es una suerte erosión que si bien fractura los sentidos establecidos y tienen efectos en lo común, no se anuda necesariamente en formas de movimientos políticos, pero además, conviven con ciertas lógicas de dispositivos de control de los cuerpos y los afectos.
Así pues, en las siguientes páginas me propongo hacer un ejercicio de cartografías de transfiguraciones que, a modo de álbum de fotos, habla de imágenes familiares. Sin embargo, el ánimo no está en asimilarlas a una narrativa personal y privada, sino más bien sirvéndome de la potencia de una escritura etnográfica personal, busco desplegar ambigüedades y tensiones que haga pensar de una forma otra el feminismo y lo cotidiano, o más bien pensar unos feminismos de lo cotidiano. Feminismos que no se encierran en un meta relato y no se encuentran necesariamente bajo un discurso identitario y cuya narración despliega una fuerza transformadora.