En los últimos lustros, del 2000 al 2017, el llamado periodo de la postransición, con el que se suponía que México había arribado a la democracia una vez que se dio la alternancia en la presidencia de la República en el año 2000, con el triunfo del PAN y la derrota del otrora partido hegemónico, el PRI, han emergido en México movimientos sociales, mostrando una gran capacidad de resistencia, movilización y lucha social y una enorme inventiva y destreza para innovar en lo referente a los repertorios de movilización y a sus estrategias de lucha.
Pero ese enorme caudal de inconformidad y malestar social, esas oleadas de movilización, protesta y rebeldía, se han encontrado de frente con los llamados “poderes fácticos” y con un Estado capaz de resistir con gran fortaleza para impedir una profundización democrática que permita el reconocimiento y pleno ejercicio de los derechos de ciudadanía (políticos, sociales, económicos, culturales, sexuales, medioambientales, etcétera), que en más de una ocasión han sido los detonantes de las distintas movilizaciones y protestas.
Dicho de otra manera, esas movilizaciones y protestas sociales surgidas en México en los tres primeros lustros del siglo XXI (el zapatismo, las protestas antidesafuero del 2005, la APPO, el MPJD, el #YoSoy132, o las jornadas por Ayotzinapa) obedecen a distintas causas; algunas de las cuales son reivindicaciones de la identidad cultural y la lucha por el reconocimiento de los derechos indígenas y su autonomía, otras veces responden a problemas político-electorales, o bien son protestas antisistémicas, unas veces más manifestaciones contra la violencia, o exigencia de derechos para la diversidad sexual, o demandas estudiantiles o de jóvenes insatisfechos con la actuación de algunos poderes fácticos o de políticos en torno a los cuales se construye una imagen ficticia, haciéndolos parecer un “rockstar” y los salvadores y constructores de un nuevo país.
Hoy más que nunca, los movimientos sociales, tanto en México como en muy distintas latitudes de la geografía mundial, se caracterizan por cuestionar abiertamente el poder establecido en un contexto de globalización económica de corte neoliberal que abre cada vez más la brecha entre quienes detentan el poder económico y obtienen grandes beneficios y quienes no tienen nada o muy poco y apenas les alcanza para la sobrevivencia, construyendo así sociedades sumamente inequitativas en donde la pobreza y la extrema pobreza imperan, lacerando a millones de seres humanos; donde la desnutrición infantil es extenuante e impide, o dificulta, pensar en un futuro promisorio para las sociedades que ello experimentan; donde el desempleo crece por la aplicación de políticas neoliberales inhumanas; y las enfermedades, muchas veces curables, matan a miles o cientos de miles de niños, mujeres, indígenas, ancianos.
Todos estos movimientos sociales, nos dice Holloway, son luchas, son gritos, son rabias, son proyecciones de esperanza desde la desesperación, desde un mundo donde parece que ya no hay esperanza. Todos estos movimientos son gritos al cielo desde la profundidad de la tormenta que estamos viviendo, son movimientos de resistencia y también muchas veces de rebeldía.
Estos movimientos de resistencia son un polo de un antagonismo, son respuestas a una agresión constante y violenta. Esa agresión tiene un nombre. Su nombre es el Capital; esa forma actual de organización social, que tiene su fundamento en la mediación de las relaciones sociales a través del dinero.
No obstante, estos movimientos también representan el inicio de la lucha por fundar un sistema político verdaderamente democrático; son resultado de grupos sociales, jóvenes, indígenas, estudiantes, campesinos, trabajadores de la educación, profesionistas, mujeres, que han intentado imaginar un México sin simulaciones, que se han esforzado por desvelar un sistema autoritario cubierto con un velo democrático. Estas movilizaciones buscan construir un sistema sin autoritarismos, sin represiones ni violencia; intentan, al mismo tiempo, abrir canales democráticos de comunicación e interlocución mucho más horizontales entre gobernantes y gobernados; ampliar el acotado espectro de la participación ciudadana, de la deliberación. Son movimientos que constituyen un fuerte viraje en lo que se refiere a la cultura política.
Sobre todo esto trata la ponencia.