La ponencia propone abordar los debates culturales desplegados en diversos medios oficiales cubanos entre 1963 y 1964 en torno de la práctica estética a desarrollar dentro de la Revolución y del papel del intelectual en ella. Para tal fin, se realizará una lectura crítica de las posturas asumidas por diversos funcionarios y artistas integrados al proceso en las cuales se manifiesta la coexistencia polémica entre líneas de pensamiento y de acción cultural disímiles.
Las fuentes a trabajar constan de artículos publicados originalmente en las revistas La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas, Cuba Socialista y Verde Olivo, producidos por integrantes del Instituto Cubano de Industrias y Artes Cinematográficas -ICAIC-, miembros del Consejo Nacional de Cultura, escritores, músicos y críticos literarios.
De esta manera se abordan, mediante una serie de debates específicos, los rasgos constitutivos del proceso cultural en Cuba durante los primeros años sesentas a través de propuestas y reflexiones vertidas por la propia intelectualidad cubana cargo de la gestión del área en la isla.
Como todo acontecimiento político de tal carácter y envergadura, la Revolución Cubana es un proceso caótico, complejo y dinámico. En él, la disputa interna entre tendencias políticas e ideológicas desde la toma del poder el 1 de enero de 1959 hasta cuanto menos el comienzo del denominado Quinquenio Gris (Fornet) en 1971 -que inauguró una nueva etapa en Cuba durante por lo menos un lustro- fue abierta y constante.
Las divergencias motivaron una prolífica cantidad de polémicas públicas a través de las cuales se delineó la acción política, social y cultural en el país, las cuales excedieron largamente el proceso de unidad entre las organizaciones revolucionarias: el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de marzo y el Partido Socialista Popular. En este marco, se pretende responder cómo se constituyó ese clima de época específicamente en el terreno cultural y qué lineamientos para la vida intelectual y la producción artística se pusieron en juego con posterioridad al surgimiento de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba en 1961, espacio de confluencia de la distintas corrientes que por entonces integraban la comunidad artística e intelectual de Cuba.
Fue precisamente en uno de los órganos de difusión oficiales de la UNEAC -La Gaceta de Cuba- que las discusiones se volcaron sobre el papel a raíz de una serie de artículos, réplicas y contrarréplicas acaecidas entre 1963 y 1964, cuyos coletazos se pueden encontrar en otras publicaciones del período. Por otra parte, esta serie de posicionamientos encontrados se efectuaron en el mismo momento en el que se debatió la orientación económica y el rumbo político que modelaron la estructura y la direccionalidad del Estado cubano para toda la década. Por ello, se considera que, más allá de las propuestas propiamente estéticas, tales debates se parcializan si no se los pone en diálogo con el Proceso al sectarismo iniciado en marzo de 1962 por Fidel Castro contra una fracción del propio movimiento revolucionario y el debate económico protagonizado por el Che Guevara contra los lineamientos más cercanos a la URSS en cuanto a la transición económica al socialismo a desplegar, la Ley del valor y la planificación socialista; conocido como El Gran Debate Económico.
En el ámbito cultural, con interpretaciones desemejantes de las “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro pronunciadas en junio de 1961, se articularon dos corrientes que pugnaron por hegemonizar el área y establecer lazos más orgánicos con el liderazgo político a partir de concretas discusiones respecto de problemáticas ligadas al cine, la literatura, la política cultural de la Revolución, la producción artística y editorial en términos generales y el rol del intelectual.
Asimismo, en contraposición a lo mayoritariamente establecido respecto de la homogeneidad del pensamiento revolucionario cubano, las polémicas no solamente labraron la política en los albores de la Revolución sino que fueron una derivación previsible de uno de sus rasgos centrales: la amplitud de su liderazgo en la convocatoria a los intelectuales del país a sumarse a la gestión cultural de la isla más allá de su escasa participación en el proceso insurreccional; lo que vuelve coherente, a su vez, la heterogeneidad de posturas sobre el quehacer estético presentes en el seno de la Revolución y provenientes muchas de ellas de grupos culturales dispersos que se integraron al proceso político recién luego de la toma del poder.
El análisis de estas polémicas permitirá establecer las características predominantes de los sectores que convergieron para la construcción cultural revolucionaria en la isla y también las peculiaridades de la política cultural establecida por el liderazgo político dentro de la construcción de un nuevo Estado, hecho que constituye un posible legado para el actual desarrollo del pensamiento crítico en nuestro continente.