En las sociedades premodernas el destino social de una persona se podía prever fácilmente a partir de su origen; la posición en la estructura social que ocupaba al nacer casi sin excepciones se convertía en la posición social al momento de su madurez. Es que no había separación entre ambas instancias, y la suerte de la cuna suponía una imagen prácticamente especular de la suerte de la vida. La herencia social era inevitable. Pero la llegada de la modernidad generó una ruptura en esa relación; la desancló, si se considera el concepto que utilizó Giddens para analizar las consecuencias de la modernidad tardía. Es así que ya no es tan sencillo prever el destino social de una persona a través de su origen. Y esto no sólo constituye un fenómeno social manifiesto, sino que se construye simbólicamente como un mito (en el sentido barthesiano) de la sociedad actual. Es el mito meritocrático, del esfuerzo recompensado y de las posibilidades infinitas. Implica una explicación individual de las desigualdades, determinadas por la variabilidad del mérito, del sacrificio, del trabajo y del esfuerzo. Una esfera de sentido que es piedra angular de la sociedad actual.
¿Cómo abordar críticamente ese ideal? ¿Cómo medir la meritocracia? De alguna manera cierta perspectiva de los estudios de movilidad social ha apuntado a eso. El principio meritocrático supone que el destino de un sujeto sólo debe depender de su trabajo y su esfuerzo: todo el que consiga el mérito suficiente debería poder llegar, sin importar desde donde salga. Esto supone una hipótesis inicial de no asociación entre el origen y el destino social, el primero ya no debería ser un determinante esencial del segundo. Los estudios de movilidad desde esa hipótesis básica de independencia entre origen y destino hasta los desarrollos más complejos de determinación de los patrones más frecuentes de movilidad son considerados desde cierta perspectiva crítica como una prueba de la existencia empírica del ideal meritocrático. Y es a partir de esa perspectiva desde la que nace la investigación que aquí se presenta.
Su objetivo plantea un análisis de la movilidad social en Uruguay integrando otra de las variables que se considera determinante de las posiciones sociales de los individuos en la sociedad: el género. La equiparación de las tasas de actividad laboral de hombres y mujeres y la discusión teórica que ofrecieron autoras feministas a finales del siglo XX implicó que los estudios de movilidad que clásicamente sólo consideraban la posición social de los hombres jefes de hogar fueran progresivamente reviendo su abordaje metodológico y considerando la influencia del género como variable interviniente en los procesos de movilidad.
Es así que el objetivo general de esta investigación fue estudiar comparativamente los patrones de herencia y movilidad social intergeneracional entre hombres y mujeres ocupados mayores de 29 años en Uruguay; atendiendo posibles diferencias según región geográfica y explorando su relación con el nivel educativo como medio legitimado de ascenso social. El abordaje metodológico implicó la consideración de un esquema de estratificación social (se optó en este caso por el elaborado por la autora argentina Susana Torrado) para la construcción y procesamiento de matrices de movilidad origen-destino, que encuentra sus antecedentes clásicos en los estudios iniciales de David Glass a mediados del siglo XX y los desarrollos contemporáneos del autor británico John Goldthorpe. Se trabajó con datos secundarios provenientes de la primera ola (2012-2013) de la Encuesta Longitudinal de Protección Social (ELPS) coordinada por el Banco de Previsión Social.
Las tablas de movilidad, que se construyen como un cuadro de doble entrada con las variables origen (la posición social de padre o madre de cada individuo, cual sea mayor) y destino (la posición social de cada individuo en un momento de madurez laboral), permiten dos cuantificaciones distintas de la movilidad, según desarrolló pioneramente Goldthorpe. Por un lado la medición de la movilidad absoluta, a través de tasas generales y de la identificación de posiciones de mayor y menor retención, así como las de mayor y menor atracción; y por otro lado la medición de la movilidad relativa, que logra neutralizar el efecto del cambio histórico en el tamaño de las clases a través del cálculo de las probabilidades diferenciales de ir a cierto destino habiendo partido de determinado origen.
Este trabajo se enfocó principalmente en la determinación de las tasas y descriptores absolutos de movilidad, teniendo en cuenta un conjunto de hipótesis derivadas de los antecedentes internacionales y nacionales al respecto. En primer lugar, y en función de la no convergencia perfecta entre los patrones de movilidad de hombres y mujeres destacados por Marcelo Boado para Uruguay (2013; 2016), la hipótesis inicial anticipó que hombres y mujeres presentan tasas de movilidad absoluta diferentes (entre las que se destaca una mayor movilidad ascendente para las mujeres), así como distinciones en sus trayectos de movilidad. Esto supone esperar diferencias entre los principales destinos sociales según género, así como en las clases de mayor retención y en las fronteras más permeables. Esas diferencias se anticipan principalmente en una mayor atracción y retención de los hombres hacia las posiciones asociadas a los trabajos manuales calificados y la propiedad, y una mayor atracción y retención de las mujeres hacia las posiciones asociadas a los trabajos no manuales y manuales no calificados. A su vez, en referencia a la relación entre movilidad social y educación, a partir de la constatación de la feminización de la educación universitaria en Uruguay, se anticipó que la educación, es decir, el camino de cualificación formal, resulta más redituable para las mujeres que para los hombres.
Los resultados a los que se arribó confirmaron la hipótesis inicial: mujeres y hombres en Uruguay presentan tasas de movilidad que son estadísticamente diferentes. Para ambos se observa una asociación entre orígenes y destinos que no sólo implica porcentajes más altos de herencia que los esperables bajo la hipótesis de independencia estadística, sino afinidades diferenciales entre las distintas posiciones. Se observó en una primera instancia que los porcentajes de herencia son mayores para los hombres (34,6%) que para las mujeres (28,4%), en concordancia con los antecedentes recolectados para Uruguay, a la vez que las mujeres presentan tanto una tasa mayor de movilidad ascendente como de movilidad descendente que los hombres.
Además de esas distinciones en las tasas absolutas de movilidad, se encontraron divergencias localizadas en algunas posiciones específicas respecto a las probabilidades de herencia así como en los trayectos más frecuentes de movilidad. Se observó así para los hombres una mayor retención de la cumbre y del trabajo calificado, y para las mujeres la herencia más frecuente de las posiciones no manuales intermedias (cuadros técnicos y posiciones de administración y venta) y del trabajo no calificado. Si no heredan, por otro lado, la categoría más frecuente de destino para los hombres es el trabajo calificado, mientras las mujeres van con más frecuencia a las posiciones intermedias o al trabajo no calificado. Para el caso de las mujeres con origen en la cumbre, por ejemplo, es más frecuente el destino en los cuadros técnicos que la propia herencia.
En relación al destino social y el logro educativo, se advirtió primeramente que la cualificación como medio legítimo de ascenso social, como era esperable, se encuentra asociada al origen social: mayor es la formación formal cuanto más alto se ubique el origen en la estructura social. Más se cualifican, a su vez, las mujeres que los hombres. Esto implica evidencia para sustentar que parte de la asociación entre orígenes y destinos pasa a través de la conversión de las ventajas del origen a logro educativo.
Por otro lado, en el marco de la hipótesis sobre si reditúa más para las mujeres que para los hombres la cualificación formal, no se encontró evidencia que sustentara esa predicción, sino más bien su contraria: el logro educativo incide en los trayectos de herencia y movilidad tanto para hombres como para mujeres, pero parece favorecer más a los primeros que a las últimas. Es así que, desde los mismos orígenes, completar el nivel terciario supone mayores probabilidades de herencia de la cumbre o de ascenso desde otras posiciones sociales para los hombres que para las mujeres. Éstas, a diferencia, parecen encontrar en los cuadros técnicos y asimilados una posición de “contención”, en el sentido de Goldthorpe, que inhibe los trayectos a la cumbre al completar la educación terciaria.
El origen social incide por lo tanto no sólo en las chances de heredar esa posición o moverse hacia otras, sino en las posiciones hacia las que es más o menos probable ir, en un proceso de interacción con el género que especifica ese fenómeno si se es hombre o se es mujer. En Uruguay lo hace en tasas absolutas similares a lo que otros estudios han demostrado en los países occidentales. La relación entre orígenes y destinos, por lo tanto, más que neutralizada por el esfuerzo y el logro individual, como indica el mito meritocrático, supone un mapa complejo de afinidades y distancias entre las posiciones sociales, trayectos marcados y barreras, circuitos definidos y zonas despobladas que reproducen en el dinamismo la desigualdad inherente a la estructura social de la modernidad.