En la comunicación se presenta un análisis de los cambios ocurridos en la política científica del Estado venezolano a la luz de los criterios e indicadores que se han asumido, sobre todo desde el Programa de Estímulo a la Investigación y la Innovación (PEII), el Plan Nacional de Ciencia y Tecnología y la llamada "Misión Ciencia". El sistema de medición y recompensa de la ciencia moderna –como la cienciometría- estuvieron en cuestionamiento desde los organismos que dirigen la política científica nacional, del mismo modo como la ciencia en su totalidad estuvo en cuestionamiento. Desde el gobierno de Hugo Chávez (1999-2013) se asumió que la política científica debía comportarse como un mecanismo de inclusión social, a tono con los programas de "misiones sociales" que motorizaron la política social de entonces; de este modo, se consideró que nuevos actores sociales podían contribuir a incrementar el rango de los conocimientos nacionales más allá de los espacios académicos tradicionales. En términos concretos, con el trabajo se busca identificar el modo como la política revolucionaria en CyT se asemeja o aparta de los mecanismos estandarizados, sobre todo en lo concerniente a la medición del logro científico. A pesar de la retórica y el emplazamiento de la política científica en tiempos de Hugo Chávez hacia una nueva ciencia revolucionaria, la medición de dicha política en poco se distanció de las técnicas tradicionales empleadas para medir el logro científico, básicamente por cuanto no se logró articular una nueva forma de producir conocimientos que superara las “contradicciones” de la ciencia “burguesa”, más allá de la implementación de un esquema de clientelismo y populismo científico.
Tanto como la política científica y tecnológica del Estado venezolano estuvo cargada de una gama de enunciados tendientes a la inclusión social, el reconocimiento de actores sociales y comunitarios y la soberanía científico-tecnológica, el fin último –desde esta perspectiva- era lograr construir una nueva “ciencia socialista” a tono con el nuevo modo de producción venezolano. Enunciados que, sin embargo, no parecer trascender la retórica discursiva, al no haber hallado un lugar de distanciamiento real con la ciencia “burguesa” que tanto se cuestionó desde el gobierno. Y no se trata de criticar la incorporación de nuevos actores que procuraron mecanismos de inclusión social desde la política científica, por cuanto ampliar el ámbito de acción de la ciencia más allá de las universidades y de los institutos de investigación bien podría ser considerada una labor coherente –ideológicamente hablando- de un gobierno que plantea una revolución socialista.
La dificultad fundamental estribó en que no existieron -ni existen- elementos concretos o indicadores (cualitativos o cuantitativos) que permitieran observar los logros de tal política de inclusión. Si previamente las técnicas de la cienciometría habían logrado, aun con sus críticas, implementar métodos internacionales estandarizados para medir el logro científico, la retórica de una “ciencia revolucionaria” no cristalizó en lo concreto el desmontaje de criterios productivistas –ni aún con el PEII-. Básicamente por cuanto los indicadores siguieron siendo casi los mismos, y lo que se ha hecho ha sido una modalidad de reformismo en la medición de la productividad científica y tecnológica, que le ha permitido al gobierno nacional mostrar un número creciente de “investigadores” e “innovadores”, sin que ello signifique una comunidad científica nacional más robusta y más productiva en términos de número de artículos publicados, de patentes realizadas y reconocidas, de innovaciones significativas, por ejemplo. .
A pesar del impulso dado por el gobierno, los espacios sociales y comunales para CyT han aportado muy poco al crecimiento de la ciencia venezolana, tal vez no por el hecho de que no tengan la capacidad para ello, sino porque –según nuestra perspectiva- no existe una verdadera voluntad política por incentivar la producción comunitaria de saberes. A pesar de los cuestionamientos y recortes presupuestarios, los actores científicos tradicionales siguen cargando con el peso y la responsabilidad de hacer ciencia aún en las condiciones más adversas.