El acceso universal a servicios de energía limpios y asequibles es una condición clave para impulsar el desarrollo y la equidad económica y social. Su consumo en el ámbito doméstico permite cubrir necesidades básicas, mejorar la calidad ambiental, y participar en prácticas de consumo, habituales y esperadas, con significado social y cultural. En los países más pobres, el problema energético se concentra esencialmente en la ausencia de recursos energéticos o en la falta de acceso a tecnología moderna para explotarlos; en los países con índices de desarrollo más altos este problema se encuentra asociada al alto costo de la energía y la ineficiencia de las tecnologías disponibles para utilizarla. La estrategia que despliegan los hogares para adaptarse a estas condiciones tiene una dimensión de género que debe ser considerada al analizar el impacto de este problema y al formular políticas que lo aborden.
Históricamente, en la división sexual del trabajo, las mujeres son las principales responsables de la gestión cotidiana del hogar y del cuidado de la familia y, por ende, de la realización de actividades y la gestión de recursos que permiten sobrellevar la pobreza energética. La recolección y/o compra de combustible para cocinar y aclimatar la vivienda (leña, residuos agrícolas, kerosene), el lavado manual de ropa y utensilios de cocina, la recolección de agua, entre otras actividades domésticas, son tareas derivadas de la pobreza energética que impactan en el bienestar físico de las personas y en su capacidad de desarrollar una vida plena. De esta forma, la pobreza energética puede contribuir a la feminización de la pobreza, al condicionar el tiempo que las mujeres dedican a actividades domésticas y de cuidados no remuneradas. Esta sobre carga de los tiempos de trabajo puede deteriorar la salud de las mujeres (por el uso de combustibles insalubres y la realización de actividades pesadas) y obligarlas a resignar tiempo de trabajo en la realización de otras actividades tanto reproductivas como productivas remuneradas.
En la literatura, la pobreza energética es generalmente analizada desde un enfoque de subsistencia, centrado en el gasto que realizan los hogares en combustible (leña, electricidad, gas, etc.) para alcanzar un adecuado nivel de confort térmico, tanto en términos absolutos como en relación con sus ingresos, o desde un enfoque consensual, que utiliza un índice de privación relativa para resumir las condiciones de la vivienda y la percepción de las personas respecto a la satisfacción de sus necesidades energéticas. La expansión de esta temática desde el Reino Unido hacia otros países europeos impulsó el debate académico en torno a estos enfoques. En la actualidad, los estudios coinciden en el carácter multidimensional de la pobreza energética: ingreso de los hogares, eficiencia energética de las viviendas, precios de la energía, y factores socio demográficos de los miembros del hogar. Ambos enfoques, sin embargo, restringen el problema a la incapacidad de los hogares de lograr niveles adecuados de confort térmico, cuando en los países en desarrollo el problema de acceso a la energía engloba una variedad de privaciones físicas y sociales que condicionan la calidad de vida de la población, como la cocción y refrigeración de alimentos, el calentamiento de agua para el aseo personal, la iluminación adecuada de la vivienda y la participación en actividades de entretenimiento.
A partir del método de Necesidades Básicas Insatisfechas, presentado por la CEPAL para medir la pobreza en la década del 80 y los aportes de Amartya Sen al debate sobre privaciones y capacidades, García (2011, 2013) propone un nuevo enfoque para América Latina. Este enfoque se centra en las Necesidades Absolutas de la Energía (subsistencia, protección, entendimiento, placer y creación), y en los satisfactores y bienes económicos que cubren estas necesidades. Los satisfactores cambian a través del tiempo de acuerdo con percepciones culturales y sociales y pueden incluir procesos tales como alimentación, trabajo, descanso, cuidado, entretenimiento, etc. Los bienes económicos son los equipos y electrodomésticos que consumen la energía y permiten hacer un uso práctico de esta energía, mejorando la calidad de vida de las personas. Los bienes económicos generalmente considerados son heladera, cocina, computadora, acceso a internet, lámpara, televisión, etc.
Actualmente, Argentina transita un proceso de ajuste de las tarifas energéticas, que busca revertir a pasos acelerados el desfasaje entre los costos de producción y la tarifa que abonan los usuarios finales. En el proceso, la política energética del gobierno nacional ha otorgado instrumentos para mejorar la eficiencia energética en las empresas y reducir el gasto en energía de los hogares más pobres (a través de una tarifa social para los servicios de Electricidad y Gas por redes y el Programa Hogar para los usuarios que utilizan garrafas y no están conectados al servicio de gas natural por redes). Estas políticas, sin embargo, han sido formuladas de manera desarticulada, con un alcance limitado, para incidir en algunas dimensiones del problema, pero sin ser concebidas como parte de un mismo plan o estrategia.
El presente estudio analiza la pobreza energética de los hogares urbanos en Argentina y su incidencia en la feminización de la pobreza. Se parte de considerar los distintos enfoques conceptuales y metodológicos utilizados para comprender este fenómeno socio-económico y el alcance y calidad de la información disponible en Argentina para medir la pobreza energética y su incidencia en las mujeres. La literatura trabajo plantea una serie de interrogantes que guían el desarrollo de este trabajo, tales como ¿cuál es el mejor enfoque conceptual y metodológico para medir la pobreza energética en Argentina? ¿Cuáles son las limitaciones y las oportunidades que presenta la información actualmente disponible en el país para abordar este tema? ¿Cómo impacta el género en la pobreza energética? ¿Cómo incide la pobreza energética en el tiempo de trabajo doméstico y de cuidados de varones y mujeres en Argentina? La investigación parte de la hipótesis de que la pobreza energética incide en el tiempo de trabajo que las mujeres asignan a las tareas domésticas y de cuidados en el propio hogar.
García, R. (2011), Satisfacción de necesidades energéticas básicas. Una propuesta conceptual y metodológica para integrar la pobreza energética en la dimensión social del desarrollo sustentable, Investigación ganadora del Premio Gustavo Cabrera Acevedo 2011.
García, R. (2013), Household Energy Poverty and the Method for Meeting Absolute Energy Needs. A conceptual and methodological framework to measure and analyze the energy poverty in Mexico and Latin America, Naciones Unidas. Santiago de Chile.