El sistema de partidos del Paraguay, en más de cien años de historia, demuestra especificidades que lo diferencian de manera importante de los sistemas vigentes en los cercanos países de la región, siendo una de éstas la alta tasa de afiliación partidaria que se registra en el país.
Así, según datos electorales actuales, más del 80% de los electores está afiliado a uno o más partidos, siendo los principales partidos de afiliación el Colorado (ANR) y el Liberal (PLRA), es decir, los partidos tradicionales. Específicamente, la ANR registra la afiliación de más de 2 millones de ciudadanos (alrededor del 50% del electorado), mientras el PLRA registra un millón y doscientos mil afiliados (alrededor del 30% del electorado). No sorprende entonces que, desde la vuelta de la democracia en 1989, estos dos partidos hayan mantenido conjuntamente más de dos tercios de la representación parlamentaria, y que el Partido Colorado por sí solo haya detentado casi interrumpidamente la presidencia del país. La única excepción ha sido el periodo 2008-2013 con la gestión Lugo-Franco, que se sostuvo en una coalición que tenía como fuerza principal al Partido Liberal.
Ahora bien, ¿qué determina este algo grado de afiliación partidaria y la siempre previsible victoria estos partidos? Estudios anteriores sobre las actitudes políticas del electorado paraguayo, tales como el de Nichols (1970) y el de Morínigo y Silvero (1986), han llamado la atención sobre el fenómeno de la “identidad partidaria”, donde la toma de decisiones políticas se sustenta en la existencia de un vínculo afectivo del elector hacia un determinado partido. Se trata de un vínculo afectivo en cuanto es construido sobre una base psicológica y de contigüidad familiar, y no se sustenta sobre una afinidad ideológica o programática, sino más bien sobre un sentimiento de pertenencia y apego.
El estudio que llevamos adelante con el Centro de Estudios y Educación Popular Germinal busca justamente ahondar la comprensión acerca de este fenómeno, verificando si el mismo es realmente característico y determinante del sistema político paraguayo, resultando ser el elemento central que impulsa a la gran mayoría de los electores en la toma de decisiones en campo político y electoral. Por ello buscamos identificar cómo se construye la identidad partidaria en Paraguay, y como la misma ha incidido y continúa incidiendo de manera determinante en las actitudes y prácticas políticas de la gran mayoría de los electores paraguayos. Para ello hemos realizado una encuesta nacional y 4 encuestas departamentales (en departamentos con características socioeconómicas diferentes entre sí), así como varios focus groups con militantes y activistas de base de los partidos tradicionales, y una serie de entrevistas con líderes políticos nacionales de todo el arco parlamentario.
El trabajo realizado nos ha permitido comprobar que la gran cantidad de afiliaciones registradas a los partidos tradicionales no se estructuran sobre la base de una construcción personal del electorado al llegar a la mayoría edad, como teorizaron para el caso estadounidense Campbell, Converse, Miller y Stokes (1960), sino más bien se determinan por adscripción, pasando como una herencia familiar de padres a hijos, y a la casi totalidad de los miembros de una familia (aunque con algunas excepciones), que están afilados al mismo partido. Esta afiliación “familiar” se sustenta entonces sobre elementos afectivos y psicológicos, y no políticos ni ideológicos, y permite al afiliado-elector desarrollar un sentido de “pertenencia” que, dependiendo de su intensidad, define su disponibilidad de votar por “su partido” en los procesos electorales (internos y generales), y eso independientemente de sus programas o propuestas.
De hecho, a través de una serie específica de preguntas realizadas a través de las encuestas, hemos podido verificar que la afiliación partidaria no tiene ninguna coincidencia con el posicionamiento ideológico de cada elector. Así, estando la afiliación basada sobre elementos afectivos e identitarios familiares, es posible encontrar en los afiliados de cada partido tradicional posiciones tanto progresistas como conservadoras, pero que finalmente quedan totalmente desligadas de las decisiones electorales (en elecciones internas al partido o generales), ya que éstas se sustentan casi exclusivamente en afectividad y relacionamientos personales con los candidatos.
Esta fidelidad al voto llega a más de dos terceras partes de sus afiliados-electores en los partidos Colorado y Liberal, desligando totalmente al candidato de cualquier obligación a “rendir cuentas” o “cumplir programas”, porque el voto que reciben no tiene más que una limitada conexión con su actitudes y discursos, estando más bien relacionado con su inserción en esta lógica identitario-afectiva.
Esa condición finalmente instala a la clientela y la prebenda electoral como elemento central del proceso de construcción del consenso que determina los votos necesarios para ganar elecciones. De este modo, en lugar de las propuestas, lo determinante para acceder a cargos públicos es que el candidato prometa - y cumpla - “ayudar” a cada elector tomado individualmente, lo que ocurre a través de una red de activistas que operan localmente. Cabe además apuntar que no se trata de una estructura netamente “comercial”, es decir, basada sobre el simple intercambio de favores contra votos, sino más bien es parte integral de la cultura política del sistema, elemento esencial de la identidad partidaria, dado que la clientela solo puede proporcionarla el candidato del partido del afiliado y no de otro, que por su parte ni siquiera aceptaría una clientela que no proceda de su partido.
Y tampoco resulta ser, como en otros países, un instrumento dirigido hacia los sectores sociales más pobres y necesitados, dado que el 80% de los electores paraguayos (independientemente de su nivel educativo o status social) consideran que resolver los problemas “específicos” de los afiliados, a través de una clientela o una prebenda, es una “obligación moral” del candidato, algo irrenunciable y que revela su “compromiso” con el pueblo.
De esta se puede afirmar que el sistema político paraguayo se sustenta en esta estructura de identidad afectiva donde las propuestas y los programas no tienen incidencia alguna (excepto en aquella parte minoritaria de la sociedad que no se reconoce en estos dos partidos tradicionales), y lo que cuenta es cómo el candidato resuelve los problemas de “su pueblo”. Una realidad donde lo que permite la construcción de los liderazgos en un partido tradicional no es el carisma, la propuesta política o la visión de estadista del candidato, sino más bien la manera en la cual éste pudo construir una serie de relaciones identitarias y afectivas con los electores de su partido, para de esta manera sobreponerse a los otros líderes partidarios. Y la misma competición electoral no se centra en una confrontación de visiones políticas y esquemas ideológicos, sino más bien en convencer a los afiliados que vayan a votar, algo que se consigue instalando una red prebendaria vasta y cumplidora. De esta forma la contienda electoral acaba siendo sustancialmente rígida, reducida a dos alternativas en los cargos uninominales (Presidente, Gobernador, Intendente): entre un candidato del partido Colorado (de afiliación mayoritaria) y un candidato de una alianza entre el partido Liberal y los sectores no tradicionales; imposibilitando otras alternativas y manteniendo al sistema político paraguayo en una estabilidad que resulta mucho más similar a un verdadero estancamiento.