Por casi un lustro se extiende la crisis del ciclo de gobiernos progresistas. Gatillada por el agotamiento del ciclo económico que permitió impulsar importantes políticas sociales redistributivas, ha derivado en un deterioro creciente de las alianzas de clase que los sustentaran y en un desfonde que, en varios países, ha afectado a gobernantes y agrupaciones emblemáticas, que sufren derrotas en las urnas y por la vía autoritaria. Lo incierto de este panorama no ha hecho sino mantener abierto el debate respecto a las causas y consecuencias de tal giro progresista. Así pues, desde dentro de los propios procesos en cuestión, los intelectuales han tendido a converger en una interpretación similar de defensa del legado de este ciclo: la de entender lo que se ha denominado “giro conservador” o “restauración neoliberal” como un paréntesis dentro de un proceso histórico que aún persistiría, cuya pausa o entrampamiento actual sería fruto de resabios neoliberales no atribuibles a las experiencias progresistas latinoamericanas, sino a una etapa neoliberal previa. Es decir, atribuyendo los giros y debilidad actual de tales experiencias a limitantes ajenas, identificadas como neoliberales, y no a los límites exhibidos por sus propios proyectos políticos, más allá de la obvia autocrítica presente.
De ahí un Sader (2015) negando la existencia de un “fin de ciclo”, y apelando más bien al fin de una primera fase, enfrentada aún a las herencias económicas del neoliberalismo de los años noventa; un García Linera (2016) endosando los reveses electorales de estos gobiernos a los efectos no deseados de una redistribución sin cambio cultural, que no logra transformar el conservadurismo de la población beneficiada; o un Marco Aurélio Garcia (2017) achacando la crisis del PT y sus gobiernos a la incomprensión de estos ante los cambios que sus propias políticas de ampliación del consumo provocan en la estructura social brasileña.
Se trata de una convergencia interpretativa que separa a las experiencias progresistas del neoliberalismo o, al menos, no reconoce como endosables a la gestión de estos gobiernos los elementos neoliberales presentes hoy en sus sociedades. Esto ocurre, sin embargo, en medio de una deriva extractivista desatada en muchos casos y una agudización del desacople entre las fuerzas políticas y los movimientos sociales, pueblos y comunidades que llevaran al poder a estos gobiernos, a partir de nuevas formas de clientelismo estatal y control burocrático, arrastradas incluso desde antes de la crisis de los commodities.
El objetivo de esta ponencia, entonces, es tensionar tal interpretación. En específico, poniendo en perspectiva histórica y teórica lo que hay de cambio y continuidad en el neoliberalismo realmente existente en la región, más allá de nociones como las de “posneoliberalismo” o “socialismo del siglo XXI” con que se intentara nominalizar el desarrollo nacional de la última década y media, y cuya base es la supuesta excepcionalidad de una América Latina en la que el dominio neoliberal -identificado reducidamente con la aplicación del Consenso de Washington en la mayoría de los casos- habría sufrido una crisis resuelta políticamente con su superación, en contraste con la realidad de un Primer Mundo en el que el neoliberalismo se profundiza.
En vista de ello, se propone, a través de material empírico, revisar críticamente tres “puntos ciegos” o muy desigual y arbitrariamente tratados en el debate académico y político contemporáneo, que son claves a la hora de aquilatar las transformaciones producidas en el Estado, en los modelos de desarrollo y en la subjetividad social dentro de los países que han sido parte de esta denominada oleada progresista.
1. ¿Estado versus mercado?
Lo primero a tratar es la supuesta oposición entre Estado y mercado. En efecto, al abordarse la gran transformación que produce el giro neoliberal en la región, parte de su efecto hegemónico es la espuria asociación que se ha entre este y una “desregulación sistemática”, en el sentido de una transferencia desmesurada de funciones desde el Estado al mercado. Esto, sin embargo, es apenas un ideologismo, puesto que los cambios son impulsados por el Estado en concomitancia con la correlación de fuerzas que internamente experimenta cada país y la situación de presión que ejercen los organismos multilaterales. Los Estados reestructuran los mercados locales para abrir paso a la valorización de capitales externos, al beneficiarlos con nuevas reglamentaciones en materia fiscal, monetaria, financiera, comercial, laboral y de gasto público, que, por lo mismo, restringen el desarrollo de los mercados internos. En ese esfuerzo, con el giro neoliberal, se releva al sector primario-exportador dentro de las economías locales, a la vez que se relativiza la importancia de la demanda interna; se permite mayor penetración de relaciones de mercado en diversos ámbitos de la economía y la sociedad en general; se enfrenta la espiral inflacionaria mediante la liberalización financiera que da centralidad al capital financiero; y se ajusta en el precio de la fuerza de trabajo el cumplimiento de tales objetivos.
Buena parte de las bondades que se ven en el posneoliberalismo respecto al Estado vienen dadas por la lectura que sobre este se impone en los años ochenta y noventa, respecto a su “retirada” o “minimización”, el predominio de la “globalización” y la pérdida de soberanía de los Estados frente al capital financiero internacional. Es lo que explica el hecho de que el problema se presente bajo la falsa dicotomía sobre si debe haber más Estado o más mercado. Ahora bien, no hubo “menos Estado” ni el Estado tuvo menos centralidad política en lo político-económico durante los años noventa, de modo que lo que hay con los progresismos no es una “vuelta del Estado”, sino más bien un cambio en sus funciones (Faletto, 1989) y, de modo dispar dependiendo de la especificidad de cada caso, de su carácter social, entendido como el producto de la alianza de intereses potencialmente contradictorios o alianzas de clases que le da contenido. Ellas, en lo fundamental, fueron reorientadas hacia el objetivo de empujar un capitalismo lo más nacional y más popular posible, aunque no necesariamente menos neoliberal.
2. ¿Qué es una política neoliberal?
Ligado estrechamente a las distorsiones que provoca la idea de un “Estado mínimo” o “menos Estado” en el neoliberalismo y la “vuelta” a este como clave del ciclo siguiente, se encuentra la poca claridad respecto a qué es una política social neoliberal hoy. En efecto, ciertamente con amplias variaciones dependiendo del régimen de bienestar existente en cada país, lo que se asienta como paradigma en la región desde los años noventa es una modalidad subsidiaria de acción estatal. Una que, en sus principios filosóficos y políticos, busca la redefinición del objeto de las políticas sociales, en el sentido de reorientarlas, por un lado, hacia la reducción de la pobreza y extrema pobreza -por la vía de transferencias monetarias, condicionadas o no, o reduciendo a estos sectores sociales el público objetivo de los deteriorados servicios públicos que permanecen en pie- y, por otro, a la creación de condiciones para que los “no pobres” resuelvan por su cuenta, en el mercado, su reproducción social. Esta racionalidad, a partir de la cual se busca ordenar a la sociedad, está a la base de la producción de subjetividad neoliberal, en tanto promueve la competencia y el individualismo que dinamiza el gobierno de sí mismo (Laval y Dardot, 2013). Y, más allá de los casos extremos de su aplicación en la región -como ocurre en Chile-, estuvo detrás de algunas de las más importantes políticas sociales de los gobiernos del ciclo progresista.
Más aún, como hipótesis, en la presente ponencia se sostiene que lo que hoy los principales intelectuales de este proceso denominan déficit de “cambio cultural” -esto es, la incapacidad que muestran sus proyectos políticos para capitalizar (por ejemplo, en las elecciones) sus logros económicos y sociales entre la población, redirigiéndose entre ella, por el contrario, el reconocimiento de los méritos respecto a las mejoras en sus condiciones de vida hacia su esfuerzo propio o la decisión divina, en desmedro de las iniciativas de estos gobiernos-, encuentra, a lo menos en parte, su explicación en esto.
3. Del desarrollismo a la crítica al desarrollo: ¿salto sin mediaciones?
Cabe considerar, como tercer elemento, la tensión que se produce, al calor de estas mismas experiencias políticas, entre, por un lado, una crítica a la idea de desarrollo y al desarrollismo del siglo pasado (consolidada en las críticas al extractivismo), y, por otro, a un desarrollo económico basado en los últimos años en un aumento considerable del peso de las materias primas en las economías latinoamericanas, intensificándose con ella su dependencia en los commodities aún en mayor medida que en el precedente ciclo desarrollista, aunque sin los afanes industrializadoras de este último.
La hipótesis respecto a ello es que las críticas al desarrollo no han logrado hacerse cargo del hecho de que en el posneoliberalismo siguen predominando los mismos marcos limitantes del desarrollo tradicionalmente presentes en América Latina, permaneciendo como prioridades fundamentales el combate de la exclusión social y política y la desigualdad. En tal sentido, y más allá del necesario enfoque ecológico, civilizatorio e intercultural que ha dado lugar a planteamientos como los del buen vivir, se propone situar el análisis de la reciente experiencia progresista en relación a si sigue siendo -más allá de que se busque una idea de desarrollo diferente- la tensión incorporación/exclusión el principal problema para el desarrollo latinoamericano, tal como lo fuera en las décadas de 1950-60 cuando se asumió como puntal de la iniciativa estatal la promoción de un consumo popular.