Según el último Censo Nacional de Población y Vivienda (2012), la ciudad de El Alto es la segunda urbe más poblada (843.934 habitantes) del país, luego de Santa Cruz (1.453.549 habitantes). Al mismo tiempo tuvo un rol importante en el mapa político de Bolivia y de latinoamérica. Fue el centro de los levantamientos populares-aymaras de octubre de 2003 y de mayo/junio de 2005 (Mamani Ramírez, 2004) que dieron lugar al quiebre del ciclo neoliberal vigente en el país desde 1985 hasta la llegada de Evo Morales al poder en el año 2006.
Cabe destacar que el crecimiento urbano de El Alto se vincula estrechamente con el proceso de urbanización y metropolización de la ciudad de La Paz. Este se inició principalmente a partir de las transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales que contrajo la Revolución de 1952. En un tiempo relativamente corto, de barrio marginal de La Paz se convirtió en una ciudad reconocida por el Congreso Nacional.
Generalmente, es definida como un enclave urbano homogéneo: el más pobre de la región metropolitana de La Paz y un espacio étnico (aymara) que posee una baja provisión de infraestructura básica en relación a La Paz (Gonzálvez, 1996; Adad Torrico, 2004; Guaygua, 2011 y Arbona, 2008) . Por tal motivo, El Alto es considerado una ciudad aymara que es uno de los rasgos que permanece pese al proceso de urbanización y metropolización. Es descripta como una ciudad andina joven y de migrantes por su reciente conformación (septiembre de 1988) y por la composición de su población.
La presente ponencia se propone analizar los lazos que sostienen los hogares de migrantes con sus comunidades rurales de origen y la relación con sus trayectorias migratorias (residenciales y laborales) para indagar el supuesto proceso de descampenización que presentan las urbes latinoamericanas, y en particular las ciudades andinas. A su vez, se ponen en debate los postulados de la teoría de la modernización así como la visión Lefebvriana (1969) acerca de la tendencia a la urbanización absoluta. Por este motivo, nos preguntamos: ¿Cómo se distribuye la población migrante de origen rural en la urbe alteña? ¿Qué lazos establecen con sus lugares de origen? ¿Existen condiciones socioeconómicas en la ciudad que puedan favorecer estos lazos?
Desde el punto de vista teórico, el estudio de la dinámica urbana implica una doble dimensión, una vinculada al hábitat y otra al habitar. La movilidad urbana no sólo expresa una manera de habitar, de usar, de representarse y de apropiarse la ciudad sino también la configuración territorial o el hábitat (Gutiérrez, 2012; Zunino Singh, 2013). En este trabajo se propone ampliar el estudio de la movilidad urbana, analizando los movimientos pendulares campo-ciudad como un aspecto o dimensión de este concepto.
Estos movimientos pendulares urbano-rurales son un rasgo específico de las urbanizaciones latinoamericanas, pero se expresan con mayor intensidad en los países andinos, particularmente Bolivia, Ecuador y Perú. Por su parte, pueden convertirse también en un indicador de la multilocalidad o plurilocalidad (Nuñez Villalba, 2011) en tanto conforman espacios territoriales entre las comunidades de origen y las de destino. De este modo, las trayectorias migratorias, entre las que se pueden distinguir las laborales y las residenciales, están ancladas y tendidas entrediferentes localidades.
Estas trayectorias conllevan un análisis longitudinal de la movilidad (residencial y socio-económica) que permiten examinar sobre los distintos modos de habitar la ciudad entre (y al interior de) las clases sociales (Duhau, 2003; Dureau, 2004; Di Virgilio, 2011; Sassone, 2006; Cosavoc, 2014).
Un componente crucial que contribuye a definir el curso de estas trayectorias son las estrategias residenciales (de acceso al hábitat) y las laborales respectivamente, que forman parte de las estrategias familiares de reproducción en un contexto estructural que las condicionan. Por ende, se forja el interrogante acerca de las estrategias habitacionales y laborales desarrolladas por los migrantes de origen rural y su ligazón con la intensidad de la movilidad urbana. Esta última se convierte en un indicador de la condición de pobreza de la población medida por el tipo de hábitat de residencia y de inserción laboral.
En esta dirección, el estudio de la movilidad urbana permite analizar las posibilidades al acceso al derecho a la ciudad (así como al derecho al área rural) concepto acuñado por Lefebvre (1969). Este último incluye una diversidad de derechos ya que implica un hábitat integrado a los servicios, a la infraestructura urbana, a las oportunidades educativas y laborales, entre otros.
Por último, este trabajo se basa en una investigación para tesis doctoral realizada previamente y que utilizó una estrategia metodológica multimétodo, combinando procedimientos cualitativos y cuantitativos. La reconstrucción de las trayectorias migratorias se realizó a partir de entrevistas semi-estructuradas en profundidad y se aplicó una encuesta –con un muestreo estratégico no probabilístico– a miembros de cien hogares en los barrios 16 de Julio y El Porvenir I. La encuesta permitió indagar sobre la intensidad desigual que presentan los lazos campo-ciudad, además de las características sociodemográficas y laborales más generales de la población bajo estudio.