En este trabajo me propongo presentar algunos de los resultados de mi trabajo de campo, comprendido del 2013 hasta la actualidad, con víctimas querellantes de la dictadura del franquismo para mi tesis de maestría. Coincidiendo con Quirós, “se puede explicar describiendo” (2011, p.33), por lo que esté texto está organizado en base a una serie de situaciones de campo que consideré que ayudaban a imaginar, analizar e interrogar sobre aquellos que forman parte del proceso de demanda en Buenos Aires por los crímenes de la dictadura española.
Desde el 2010, año en el que se inicia la causa judicial, los querellantes en Buenos Aires de los crímenes del franquismo son: Darío, por el fusilamiento de su padre, Inés, por la muerte de su tío-abuelo, y Adriana, por el asesinato de su abuelo. Los tres construyeron desde el comienzo de la querella una relación de “amistad” muy fuerte a través de sus experiencias compartidas. “En el 2013 éramos conocidas, éramos querellantes… ahora somos amigas”, me explicó Adriana en una entrevista. El vínculo entre ellos se fue forjando al compartir un mismo espacio de reclamo y al transitar el mismo pedido de justicia por la muerte de “sus familiares”. Inés también me lo remarcó cuando nos conocimos: “Mirá, nosotros somos tres querellantes que nos llevamos bárbaro, que nos queremos. Si vos ves fotos nuestras en Internet vas a ver que estamos todos abrazados. Nos queremos mucho con Adriana, con Darío… Hemos ido a la casa de Darío a comer…”. Esta amistad, dentro del proceso de demanda cobra un sentido estratégico para Adriana, : “Yo como me formé con los derechos humanos de acá sabemos que lo colectivo es lo que mueve, uno solo te hacen así [sopla] y te tiran (…) Yo no permito, cuando hablan mal de Darío o hablan mal de Inés yo no lo permito, que vean que somos un cuerpo”.
Querellante es tomada aquí como categoría nativa y analítica. Es el adjetivo mediante el cual se definen las personas que denunciaron en Buenos Aires los crímenes hacia sus familiares cometidos durante la dictadura franquista y en términos jurídicos también es un actor en la escena judicial. El 14 de abril del año 2010 en Buenos Aires, Argentina, en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nro. 1, con la jueza Servini de Cubría a cargo, familiares de asesinados y desaparecidos durante la dictadura franquista y diversas asociaciones españolas y argentinas presentan la Querella 4591/2010, nominada “N.N. por genocidio y/o crímenes de lesa humanidad cometidos en España por la dictadura franquista entre el 17 de julio de 1936, comienzo del golpe cívico militar, y el 15 de junio de 1977, fecha de celebración de las primeras elecciones democráticas”.
La particularidad en esta causa es que las personas que se presentan como víctimas no son reconocidas como tales por su propio gobierno, como tampoco son escuchadas sus denuncias en sus juzgados; sin embargo, la justicia argentina los reconoce y buscan ahí el respaldo. Esto es, los delitos que denuncian siguen impunes por la vigencia de la ley de amnistía de 1977 firmada en el pacto de la Moncloa en España, y la justicia argentina interviene a través del Principio de Justicia Universal.
La querella contra los crímenes del franquismo devino en un espacio social y político donde se tejen redes, tanto de relaciones personales como jurídicas, locales o internacionales, intentando impulsar lo que llaman “verdad, memoria, justicia y reparación”. Las categorías “víctima” o “querellante” cobran fuerza y se ponen en juego constantemente en los diferentes contextos y lo que la identificación de los sujetos como una u otra represente allí o suponga frente al resto.
Adriana, Inés y Darío comenzaron este proceso como militantes, desde una búsqueda por la verdad de lo que a sus familiares les había sucedido y la reivindicación contra la dictadura española entendida como un genocidio. En el caso de Inés fue un interés por los archivos y los brigadistas de esa época, encerrada en su oficina entre una multitud de papeles aprendió a transitar por ellos hasta llegar a aquellos que hablaban sobre su familiar. Darío viajó de un lado al otro del océano intentando descubrir la verdad de la muerte de su padre y buscando justicia social por él. Y Adriana, aprendió a militar con los movimientos de derechos humanos en Argentina, fue en ese marco que conoció la historia española y en ella la causa de muerte de su abuelo, la cual se verificó tras la exhumación. Fue en el comienzo en esta causa judicial, que ellos se reconocieron también como víctimas, amparados por el derecho argentino, acompañados por abogados y organismos con una vasta experiencia en este ámbito. En Argentina no solo se encontró un respaldo judicial sino también social, de agentes como Madre de Plaza de mayo que cuentan con una trayectoria y experiencia en este campo, lo cual les ofrece un contexto que les da sentido y herramientas para desenvolverse como, ahora, las víctimas.
Con el paso del tiempo y la acumulación de experiencia fueron incorporando elementos que les sirvieron a la hora de ocupar otros espacios, y lograr, así, cierta autonomía: los querellantes. Con el refinamiento de los discursos, la profesionalización del lenguaje y la moderación de las emociones, intentan hacer prescindible la palabra de otros en su lugar, son capaces de hablar por sus familiares, por sus abogados y/o demás personas que intervienen, de lo que les dijeron que sucedió, del proceso de denuncia en el que están inscriptos, de sus propias vivencias en dicho espacio social, de los avances y retrocesos jurídicos, etc. Traducen la complejidad de las experiencias y de los contextos en un idioma legible para toda la comunidad que, a la vez, impacta, conmueve y genera adscripción. Por un lado, se concentran todos los poderes y llegan a un amplio sector social, como militantes, víctimas y querellantes, y, por otro, se logra la perdurabilidad de la memoria y una transformación a nivel de conciencia mediante la divulgación, legitimando su relato frente a otros.