Los debates existentes en torno a la frontera en el mundo colonial americano han planteado el problema en términos dicotómicos. Es decir, separan dimensiones claramente diferenciadas, como los espacios conquistados de los no conquistados y a la civilización de la barbarie. Tradicionalmente se privilegiaba el carácter violento de estas regiones destacando bien, el arrojo de los conquistadores o el carácter indómito de los indios en resistencia, replicando en ambos casos la narrativa imperial expansionista. No obstante, nuevas aproximaciones como los Estudios fronterizos la han situado como una categoría que permite pensar otras dinámicas transicionales tales como el mestizaje, la aculturación los intercambios comerciales, la evangelización y otras instituciones de negociación; sin embargo, esta aproximación, marca una nueva oposición entre guerra y paz.
Este trabajo propone, sin negar el principio de sujeción, y procurando trascender las dicotomías entre conquista y resistencia, entre guerra y paz, concebir a la frontera como una dinámica que, con diferencias temporales y regionales, desencadena múltiples procesos creativos, tales como, la etnogénesis, la subjetivación de nuevos actores coloniales, la adecuación de las estrategias de imposición colonial y, en última instancia, la resignificación de lo americano y de lo normal colonial.
Se pretende así, analizar las fronteras, tanto materiales como simbólicas (espaciales, territoriales, subjetivas, ideológicas) como parte de las diferentes estrategias dominación y dispositivos de poder ejercidos durante el proceso colonial en el mundo americano. Es decir, entender a la frontera como un dispositivo de dominación, pero no como el avance de la civilización sobre la barbarie, ni como el último espacio de la resistencia indígena, aunque tampoco se presentará como el lugar privilegiado del encuentro y el sincretismo fraterno. En cambio, la frontera se entiende como un espacio cuya dinámica permitió que se gestaran en ella cambios radicales en la subjetividad tanto de colonizadores como de colonizados, dando lugar al surgimiento de nuevos sujetos históricos y a novedosas formas de interacción entre ellos.
Bajo este enfoque, se preguntará por los alcances hermenéuticos de la noción de frontera para descolonizar la historia colonial. Para ello resulta indispensable 1) centrar la atención en las capacidades de adaptación y creación de todos los agentes, pues al generar formas de comunicación con el otro e incorporar nuevos elementos a su repertorio cultural, sacan provecho de los recursos ajenos y así desafían a las estructuras políticas y jurídicas coloniales que se esforzaban en mantener jerarquías y espacios nítidamente diferenciados. 2) pensar la frontera con perspectiva continental y fuera de la impronta de los paradigmas nacionales. Esto último permitirá conceptuar identidades múltiples, nómadas, intersticiales y constituir a los sujetos históricos marginales como el posible núcleo articulador de la dinámica colonial.
La hipótesis central de este trabajo es que el heterogéneo abanico de fronteras del mundo colonial americano puede articularse en tres tipos: a) la frontera territorial que empujan las huestes militares y que avanza por intereses económicos y/o pastorales; b) la frontera creativa (fundada en el “poder creador” postulado por Guillaume Boccara) que, al propiciar dinámicas de subjetivación, de negociación material y simbólica, de adaptación técnica y vital, de reinvención identitaria, de conflicto y de resistencia e incluso procesos de etnogénesis, permite el surgimiento de sujetos históricos nuevos que trascienden la falsa dicotomía entre cambio y permanencia; c) frontera heterotópica (Según m. Foucault, “lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sin embargo sean efectivamente localizables”) que remite a aquellos emplazamientos insertos en el núcleo de la sociedad existente pero que son impugnados o subvertidos y que de ese modo quedan fuera del canon vigente e incluso lo amenazan. Este sería el caso de quienes de debaten en las fronteras entre la ortodoxia y la herejía, entre la santidad y la perversión, entre el pecado y el crimen, entre el placer y la culpa etc.
Siguiendo esta ruta, es posible subvertir el lente desde el que miramos el orden colonial; ya no desde el esfuerzo imperial por imponer un modelo, sino desde el espacio fronterizo en que se despliegan las nuevas alteridades: blandengues, bandeirantes, capitanes de amigos, ladinos, civilizados abominables, cimarrones, cautivos y tránsfugas, náufragos, etc. Al centrar el énfasis en el poder creador y devolverle la agencia a aquellos sujetos tradicionalmente marginados al otro lado del espacio colonial civilizado, la frontera, no desatiende el conflicto y la violencia, pero enmarca las dinámicas de reformulación social que llevan a cabo aquellos “otros” sujetos que rondan el espacio liminal. Finalmente, la frontera permite al presentar un dominio colonial fracturado, no sólo en términos territoriales sino en el seno mismo de su matriz civilizatoria, cuestionar la idea de un imperio homogéneo y todopoderoso que empuja e impone su poder en los territorios, los cuerpos y los saberes de los colonozados.