El objetivo de la ponencia es exponer mi experiencia de casi de 3 años trabajando en un programa de desarrollo comunitario enfocado en comunidades rurales de República Dominicana, específicamente a través de un proyecto de creación de cooperativas comunitarias de ahorros y préstamos para el financiamiento de pequeños emprendimientos económicos.
Mi experiencia comenzó en el año 2015 cuando a pocos días de haber comenzado a trabajar como Oficial de Monitoreo y Evaluación para la ONG Food for the Hungry, me enviaron a la comunidad de Sierra Prieta, ubicada a 60 kilómetros al norte de la capital, Santo Domingo para realizar un grupo focal, cuyo tema central era, y cito textualmente “surgimiento de la esperanza” El surgimiento de la esperanza era un indicador de impacto fundamental para la ONG que en líneas generales trataba de medir como los habitantes de esa comunidad percibían su futuro, si tenían sueños, planes, proyectos con posibilidades lógicas de cristalizarse, y sobre todo la convicción de que el día de hoy es mejor de lo que fue el día de ayer y que el día de mañana será mejor de lo que es el día de hoy.
Un hecho que llamó particularmente mi atención es que a pesar de que era una reunión abierta a toda la comunidad, casi la totalidad de los asistentes eran mujeres, y al consultar esta particularidad con mis colegas, varios de ellos me dijeron que este escenario se repetía en casi todas las reuniones convocadas para proyectos de salud, de educación, empleo, de medios de vida o desarrollo comunitario. A simple vista parecía que las mujeres eran las únicas interesadas en la búsqueda del progreso de sus familias y, por ende, de sus comunidades.
Con el fin de despejar esta incógnita y de romper el hielo que mi condición de nueva y mi acento extranjero suponía, mi primera pregunta en aquel grupo focal fue: ¿por qué todas las asistentes a esta reunión son mujeres? Esta pregunta además de generar varias risas y miradas de complicidad entre las asistentes me abrió la posibilidad de comenzar a escuchar testimonios sumamente interesantes.
Sería imposible relatar todos los testimonios que pude escuchar durante esa conversación que se extendió por más de dos horas, pero lo que sí puede asegurar es que de esa reunión salí con una visión mucho más clara de lo que significa ser mujer, ser campesina y ser pobre en América Latina.
Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) casi 30 % de las mujeres en América Latina ha sido madre antes de cumplir los 20 años y el 90% de aquellas que entran en esta estadística pertenecen a los niveles socioeconómicos más desfavorecidos De igual forma, la CEPAL afirma de cada 10 hogares rurales en el continente, 6 no poseen un ingreso insuficiente para cubrir sus necesidades elementales, y de 4.8 ni siquiera tienen lo necesario para obtener una canasta básica de alimentos. Del mismo modo la firma consultora Accenure, afirma que el 60% de la población latinoamericana no está bancarizada; es decir no poseen cuentas, ni tarjetas de crédito, ni ahorros, ni ninguna posibilidad de acceder a un financiamiento por vías oficiales ante la inexistencia de un historial crediticio.
Estas tres estadísticas traducidas a la realidad de la comunidad de Sierra Prieta era cientos de mujeres que no tuvieron la oportunidad de decidir en qué momento de sus vidas se encontraban física, psicológica y económicamente preparadas para cuidar de otros seres humanos, en una comunidad donde el acceso a métodos anticonceptivos es escaso y rodeado de mitos y tabú, ya que el poder de las iglesias cristianas, especialmente las evangélicas pentecostales, todavía sigue fomentando estereotipos sociales que invitan a la mujer a tener un rol pasivo en la sociedad, dedicándose a la maternidad, el cuidado del hogar y la atención del marido. El embarazo precoz, prácticamente anula las posibilidades de las jóvenes de seguir estudiando ya que el tiempo de asistir a clases lo tienen que dedicar al cuidado de sus hijos, por lo que la deserción escolar en los primeros 3 años de bachillerato es una constante y las mujeres no tienen otra opción que dedicarse a la agricultura como medio de vida, oficio que han aprendido y enseñado generación por generación. Pero la agricultura que se practica en estas comunidades es netamente de subsistencia, ya que no poseen los conocimientos técnicos, la maquinaria, las semillas, los fertilizantes, los espacios de almacenaje de granos, los vehículos y todos los elementos necesarios para producir grandes cantidades y extraer un excedente.
En tiempos electorales, nunca faltan los candidatos que se acerque a las comunidades a ofrecer créditos para el agro a cambio de conquistar los votos de estas numerosas familias. La mayoría de las ofertas solo quedan en promesas y las pocas que se cristalizan y logran sacar adelante una cosecha sufren las limitaciones propias de este tipo de proyectos como lo son el hecho de que en una isla tropical, donde el clima es impredecible, la sequía, los huracanes, los ciclones, las tormentas tropicales y las plagas suelen arruinar cosechas completas o de lo contrario suelen producir una cantidad enorme de cultivos que se dañan por falta de espacios refrigerados de almacenaje o que se tienen que vender por debajo de su precio de producción para evitar que se dañen y/o para poder competir con los precios de las grandes, poderosas y tecnológicamente superiores transnacionales agroindustriales.
¿Qué queda entonces para estas mujeres llenas de hijos, sin educación, sin empleo y sin acceso al crédito? ¿Cómo pueden levantarse cada día suponiendo que les espera un mejor porvenir si cada día de sus vidas ha sido exactamente igual al otro, generación tras generación?
Es allí cuando surge la idea de formar cooperativas de ahorro y préstamos comunitario con el acompañamiento de la ONG. La idea de la cooperativa era seleccionar entre 10 y 20 mujeres que tuvieran el deseo y la voluntad de emprender un proyecto de vida propio utilizando el único capital social que poseían: la confianza de sus vecinos. La dinámica del grupo consiste en reunirse de manera voluntaria una vez por semana para ahorrar una determinada cantidad de dinero que son depositadas en un fondo común. Una vez que las participantes decidan que desean comenzar, continuar o fortalecer un pequeño emprendimiento o negocio, tienen la oportunidad de solicitarle al grupo un préstamo a una tasa de interés muy inferior a las tasas del mercado y con un plazo de amortización mucho más flexible que el impuesto por las entidades de ahorro y préstamo. El resto de las participantes de la cooperativa debe decidir por consenso la aprobación del préstamo y además deben asumir el compromiso de apoyar el emprendimiento en la medida de sus posibilidades, ya que el éxito del negocio de la vecina se traduce en una mayor capacidad de pagar la deuda con la cooperativa y sus respectivos intereses.
Para llevar a cabo el funcionamiento del grupo es necesario que todas sus participantes reciban una capacitación técnica en ahorro y que cuenten con el acompañamiento constante de una organización con experiencia en este tipo de alternativas que sea capaz de solventar sus dudas y ayudarles en la logística del almacenamiento del dinero, educación financiera, manejo de fondos, tablas de amortización, entre otras.
Durante el desarrollo de la ponencia, se explicará cómo los grupos de ahorro ayudan a fomentar los valores fundamentales para el desarrollo comunitario tales como la confianza, la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad y la democracia, así como los resultados cuantitativos del experimento en términos de poder de convocatoria, empoderamiento femenino, bancarización rural, acceso al capital, educación financiera y generación de ingresos.
También se abordará los diferentes mecanismos que internacionalmente han funcionado en la tarea de promover y apoyar las cooperativas de ahorro, así como las iniciativas para sumar a la banca formal al desarrollo y la promoción de estos mecanismos utilizando los avances tecnológicos disponibles en el área de banca comunitaria, alfabetización tecnológica e inclusión financiera.
Al final de la ponencia se mostrarán los posibles caminos para fomentar el empoderamiento rural femenino sustituyendo el valor de la solvencia por el valor de la confianza.