En el curso de las últimas décadas la democracia liberal ha contraído sus alcances potenciales de modo notorio. Esto es claramente perceptible en el desenvolvimiento de los países desarrollados y particularmente en Estados Unidos (un país que siendo el de mayor desarrollo se presenta como referencia obligada cuando se analizan tendencias de la sociedad), aun si se observan solo los retrocesos en relación con el respeto de derechos sociales conquistados a través de largas y dolorosas luchas sociales. El curso de las cosas hizo inevitable una contracción conceptual de este régimen político, a cuyo diseño contribuyeron algunos de sus más connotados partidarios. Éste, en efecto, fue reducido al precario ejercicio de procedimientos electorales. Ni la lógica ni la realidad brindaron apoyo al voluntarioso esfuerzo por rescatar para la noción de la democracia liberal unos rasgos normativos que, en el plano de la práctica, se desdibujaban sin remedio.
Este proceso ha sido percibido de manera más o menos generalizada en el ámbito de la ciencia social, sin desconocer la persistencia de un cierto optimismo que no parece estimar necesario detenerse en encontrar fundamentos sólidos que lo respalden. Pero las causas y la valoración del mismo en su contexto reclaman mayor atención.
La observación más inmediata y generalizada descarga las culpas sobre la conducción neoliberal que ha dominado durante este periodo. El “pensamiento único”, por aspirar a ser precisamente eso, una ideología imbatible, inevitablemente dominante, carece de empatía con valores pluralistas e igualitarios. Al mismo tiempo, en su práctica, el neoliberalismo ha hecho todo lo posible por dejar estampado en el devenir de la sociedad su desprecio por la igualdad. El maltrecho estado de la democracia aparece como una enfermedad adquirida, no como un mal endémico de la sociedad capitalista. Se trataría de una situación patológica susceptible de tratamiento mediante un nuevo estilo de conducción de la sociedad, uno que recapturaría los espacios para el despliegue de la participación social y la ampliación de los derechos sociales y políticos. La concepción de una correlación positiva entre el desarrollo económico y la expansión de la democracia, fuertemente anclada en la reflexión social de las últimas décadas, otorgaba cierta consistencia a este postulado.
Semejante enfoque se enfrenta a serios cuestionamientos: 1) El ejercicio más o menos amplio de la democracia liberal había entrado en contradicción con las necesidades de la acumulación ya antes de la introducción del neoliberalismo. El “desorden social” que acompañaba al agotamiento de la “época dorada” en Estados Unidos fue denunciado desde el seno de la élite intelectual dominante por pensadores como S. Huntington, cuyas ideas estuvieron en la base del proyecto de reordenamiento mundial impulsado por la Comisión Trilateral. El neoliberalismo buscó resolver esta contradicción y así liberar al capitalismo de las trabas creadas por su propia democracia; dio forma a la movilización de un potente mecanismo de autodefensa de la sociedad del capital. La ofensiva anti-democrática vino a satisfacer necesidades del sistema capitalista, y no simplemente a realizar convicciones ideológicas de algún sector de la sociedad. De hecho, también han participado en ello agentes socialdemócratas. 2) El hecho de que el actual periodo represente un periodo superior del desenvolvimiento capitalista, implica que en realidad no existe una correlación positiva entre el desarrollo económico y la expansión de la democracia. El propio desenvolvimiento social ha puesto en serio cuestionamiento el paradigma abierto por S. Lipset y que atrajo las preocupaciones de un buen número de pensadores sociales por un buen tiempo. Lo que puede apreciarse con claridad en este momento es que la expansión de la democracia y el desarrollo económico se están desenvolviendo en franco conflicto. La variable “desarrollo” está desmintiendo su supuesta linealidad respecto de su impacto en relaciones sociales clave y, por tanto, sobre las relaciones políticas. Este es el sello definitorio del presente periodo del capitalismo.
Para explicar este fenómeno fundamental es necesario recurrir a los rasgos de la acumulación en esta etapa. Y aquí sobresalen: a) La desorbitante concentración del poder económico, la que, a su vez, corre a parejas con la que se condicionar recíprocamente: la del poder político. El poder económico moviliza y controla el poder político; éste último refuerza y expande la fuerza del primero, y simultáneamente reduce el registro de privilegiados. La alta esfera se comprime en un grupo cada vez más pequeño y poderoso. b) La asombrosa desigualdad social que aleja cada vez más a los poderosos del resto de la sociedad. La concentración del poder (económico y político) es su causa más inmediata. Dentro de la población vinculada directamente a los procesos de acumulación, algunos sectores apenas participan en la distribución de la riqueza nuevamente creada y son objetos de un empobrecimiento relativo en relación con las élites económicas. Otros, la gran masa de la población, simplemente no acceden a mejores niveles de bienestar o son empujados hacia abajo en la escalera social y sometidos a procesos de empobrecimiento absoluto. c) La exclusión y el empobrecimiento de amplios sectores para los cuales el progreso tecnológico, en su versión y uso capitalistas, tan dado a la apertura de grietas sociales y a la creación de desempleo, carece de promesas de bienestar. El capital recurre a la máquina inteligente y ya no desplaza solo al trabajo rutinario y repetitivo, sino que avanza con creciente vigor sobre áreas cognitivas del proceso laboral, desplazando trabajo que hasta hace poco se consideraba reservado a las capacidades intelectuales del trabajador. Trabajadores calificados son forzados a competir por tareas que demandan pocas habilidades. Los sectores menos calificados incrementan las filas de los excedentes absolutos de población y buscan refugiarse en el trabajo informal y en la prestación de servicios precarios, sin necesidad económica para la acumulación del capital. En esas actividades estos excluidos logran sobrevivir en actividades paralelas a la acumulación y en algunos casos hasta pueden dar forma a actividades de utilidad para la misma, pero difícilmente ocultan su calidad de desechados por la economía dominante.
Para los efectos de determinar perspectivas, resulta crucial definir si estos procesos son o no inevitables en el marco del desenvolvimiento capitalista. Se debe reconocer de inmediato que la extrema concentración del poder económico y político observada en la actualidad en Estados Unidos, pero no solo en ese país, es una expresión de abuso incontrolado al cual los poderosos someten a la sociedad. Pero el capital puede todavía funcionar sin una apropiación tan extrema de la capacidad económica y del poder político. A su vez, y en sentido contrario, la acumulación no funciona sin los procesos de concentración y centralización. Es decir, de cualquier manera las tendencias del proceso capitalista apuntan a la concreción, más temprano o más tarde, de situaciones que hoy nos parecen que pueden ser frenadas. Debe insistirse en que el control que hoy podría ejercerse sobre las mismas no las elimina, solo posterga sus manifestaciones más extremas. Asimismo, las tendencias hacia la exacerbación de la desigualdad y la exclusión sociales apenas pueden morigerarse por algún periodo, pero no revertirse en el marco de la acumulación.
Así, el desarrollo capitalista, cuyo fundamento mismo es la desigualdad y la explotación, vive un periodo en que se está rencontrando con su esencia anti-democrática. No se puede ignora que se trata de un signo de su decadencia como sistema capaz de desenvolverse con alguna legitimidad. Por lo mismo, los desafíos que esta situación conlleva no se limitan a la defensa de los derechos civiles y políticos de la sociedad. La lucha contra los niveles exacerbados de explotación laboral, que debe apuntar a la lucha contra toda explotación, mantiene y acrecienta su importancia. Pero es, al mismo tiempo, de primera necesidad apoyar cuanta iniciativa surja de los sectores excluidos con vistas a organizarse productivamente a fin de proveerse de medios de vida. También allí se están gestando nuevas formas de organización productiva y nuevas propuestas para una democracia del trabajo.