Los efectos del discurso patriarcal en el cuerpo del otro
por Adriana Laura Semelman
“La sociedad patriarcal –o bien, el Patriarcado- es una institución familiar y social de existencia milenaria en la humanidad. Si bien se ha ido modificando con el devenir de las civilizaciones (romana, griega, cristianismo e incluso el capitalismo), la estructura de las relaciones sociales intrafamiliares y a nivel de la sociedad global (...) ha quedado incólume” (Macoc, 2011: 162)
El patriarcado, entonces, tiene la inteligencia de diseñar un esquema distributivo de funciones muy específicas: unos mandan, otros obedecen y resisten, una relación intervincular de poder que ha tenido (y tiene) la capacidad de modificarse y adaptarse a los cambios históricos, políticos, sociales por los que ha atravesado buena parte de la humanidad, sin embargo, esta variabilidad es sólo aparente, pues su matriz de sentido se conserva intacta.
Un aspecto relevante de este discurso autoritario es su naturaleza performativa, la fuerza de su lenguaje normativiza el comportamiento de los otros, y lo logra tanto en el ámbito público como en el privado. La persistencia de este sistema de relaciones intersubjetivas, que vive en los capilares más finos de nuestra sociedad, demuestra su eficiencia histórica en dominar a otro u otros. Una dinámica que impregna los cuerpos de marcas manifiestas y ocultas, señales que dan cuenta del impacto que tiene en cada uno de nosotros el ejercicio continuo del discurso patriarcal.
El femicidio, la guerra, el genocidio, la desocupación, el hambre, tragedias humanas diversas son significantes que remiten a esta matriz convalidada por las grandes mayorías sociales que la aceptan y la celebran. El patriarcal, entonces, es un discurso que se organiza como un andamiaje sumamente lógico, alimentado por un esquema ideológico altamente productivo y estable que se propaga hacia todas direcciones, cobrando formas diferentes.
El melodrama cinematográfico representa, de algún modo, este esquema de funcionamiento patriarcal.. No es el único, existen tantos otros que lo materializan a través del arte de montaje y escenificación. Pero, en este tipo de cine, siempre aparece una oposición de fuerzas muy conservada: un espacio de significación ocupado por el malo, el dueño de estancias, el empresario, el hacendado, en fin, el patriarca, y en oposición, la heroína, la buena. A medida que avanza la historia, las imágenes registran la jerarquía, el malo somete y la buena o las buenas y buenos, acatan y, al mismo tiempo, resisten. Así, podemos observar a ese personaje que ejerce funciones como someter, dominar, manipular, castigar, despreciar, direccionadas hacia ese otro u otra que lo acepta pero,al mismo tiempo, resiste y aparentemente, derrota la fuerza dominadora del poder patriarcal.
En algunas historias melodramáticas se repite inexorablemente este final y la victoria se celebra con el casamiento del héroe y la heroína. Detenernos en esta escena implica hablar de una serie de sentidos que desbordan el marco de la representación, pues allí el rito simboliza la concreción de un pacto jurídico y religioso, en donde el pobre triunfante es habilitado a ingresar el mundo de los ricos.En ese mundo virtual, que dura un instante, se teje una pequeña utopía cotidiana: el espectador o a la espectadora se ilusiona con formar parte de esa verdad, y es tal la fuerza de la escena que su ilusión resiste no sólo la repetición sino el paso del tiempo.
El melodrama Arrabalera, estrenado en 1950, sirve de ejemplo para ver cómo la imagen materializa y escenifica el ejercicio de la fuerza patriarcal. En este caso, hay un varón malo que funciona como malevo y que golpea con furia a su mujer, con un embarazo incipiente, porque ella se niega a entregarle su salario. Al final, lastimada y sin fuerza, se sostiene de la pobre baranda de la escalera y busca huir de tanta crueldad, Simultáneamente, la cámara registra la presencia silenciosa de los vecinos que, mientras la miran, dicen por lo bajo: “no te metás, por algo será”.
En esta escena, la víctima es castigada doblemente, por el varón malo y por la indiferencia de los vecinos. Las voces del no te metás materializan un discurso que vive en el espeso entramado histórico de nuestra sociedad, incrustado en nuestras prácticas sociales y culturales. Y al escucharlas, cobran suma importancia a la hora de reflexionar el funcionamiento patriarcal, sobre todo cuando pensamos que esta misma frase ha legitimado, entre otras cosas, la desaparición forzada de personas durante la última dictadura militar.