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Resumen de ponencia
Las drogas: Un discurso social, un discurso de poder

*Roberto García



Las drogas: Un discurso social, un discurso de poder
(Jóvenes y violencia: de la muerte y el orden silencioso)

La presente ponencia tiene como objetivo, partiendo de la premisa de que en todos los niveles de la sociedad se ejerce el poder en forma de relaciones de fuerza para desplegar control y vigilancia tratando de mantener en la oscuridad al que lo ejerce aunque presione hasta llegar al juzgamiento y castigo, en el campo de las drogas reflexionar el fenómeno a la luz de la expresiones de la violencia que siempre está presente en todas sus formas.
La existencia de los jóvenes en la narcorrealidad nacional ha increpado la pertinencia teórica de ciertos enfoques que pretenden explicar su involucramiento con las organizaciones criminales del narcotráfico, a través de la desestructuración familiar o por ausencia de valores o de creencias religiosas y algunas explicaciones pertenecientes a la psicologización. Al respecto de este ejercicio de enmascaramiento gubernamental es menester evidenciar que entre el año 2000 y el 2008, en el país se registraron 93,979 asesinatos, un promedio de 10,442 homicidios cada año, es decir, 28.6 muertes al día.
Del total de homicidios registrados en 2008:
71 fueron perpetrados contra niños menores de 1 año; 84 se cometieron contra niños de 1 a 4 años; 50 se contabilizaron en el grupo que va de los 5 a los 9 años; 140 correspondieron a quienes tenían entre 10 y 14 años; 1,109 tenían entre 15 y 19 años de edad al momento de su muerte. Como dato sumario se puede afirmar que hay 3 muertes diarias por homicidio en este grupo de población.
Los jóvenes también se relacionan con la violencia como agresores, algunos estudios internacionales muestran que los jóvenes entre 14 y 25 años tienen una alta participación en delitos. De 2000 a 2008, en México, jóvenes entre 18 y 29 años fueron presuntos delincuentes en el fuero federal, representaron el 41.1% del total; en el fuero común, jóvenes de 16 a 29 años significaron la mitad de presuntos delincuente en el país.
En este entramado de violencia y drogas encontramos enunciaciones que destacan el vínculo de la droga con patología y criminalidad, cuya relación es más que la presencia misma de la sustancia y los daños individuales y colectivos atribuidos a su consumo. La demonización y la persecución a las drogas y a los consumidores, responden a los mecanismos doctrinales que las instituciones han logrado imponer desde el discurso social periodístico. La práctica médica-psiquiátrica lleva al sujeto consumidor al sujetamiento de la autoridad disciplinaria, al considerar linealmente que los consumos se vinculan con la práctica delincuencial. Esta práctica se observa en la dinámica entre medicina y justicia, y su funcionamiento en conjunto, cuando un presunto delincuente debe someterse obligatoriamente a un peritaje psiquiátrico que acompaña al dictamen de los juzgados y tribunales.
Los criterios patologizantes son impuestos por el poder autoritario de la disciplina bajo funciones normalizadoras allende a la existencia de enfermedades y demandas del usuario o consumidor. La patologización y criminalización se expresó en la forma implícita del discurso, como práctica ideologizada de la medicalización psiquiatrizante cuyo estatus dominante confinó a los sujetos a la gobernabilidad social de la distinción entre normalidad y anormalidad, con la empresa siempre impostergable de restituir a toda costa la normalidad abstemia.
El análisis de los conjuntos discursivos difundido en las noticias, alude a las sustancias como marihuana, LSD, crack, cocaína, éxtasis, etc., sin referirse a sus criterios taxonómicos como criterios de legalidad o aceptabilidad social o efectos a nivel del SNC. Este dispositivo conlleva a la construcción de la «subjetividad adictiva y peligrosa juvenil» sin diferencias y consideraciones con respecto a la circunstancia de vida, desempeño social, interrelaciones sociales, etc.
Las enunciaciones se refieren a las drogas como un todo monolítico e indiferenciado, y destacan de ellas lo que es prioritario de acuerdo con el objetivo de la política del enunciado y de quien la produce y la difunde, éste cobra un significado propio en quienes lo reciben (los destinatarios) sin oportunidad de interpelación, desvelando las características del discurso-monólogo y la construcción de un destinatario desde el imaginario del sujeto de la enunciación. La violencia que se da también en el discurso de las drogas como otros discursos vinculados con ésta (delincuencia, deterioro de la salud, criminalidad), sufre una suerte de institucionalización que ameritó su análisis más allá de su condición de peligrosidad, y especialmente desde su vínculo con la estigmatización.
Se pudo desvelar y afirmar que las drogas jugaron y juegan un papel central como mampara político/ideológica, a fin de enmascarar las condiciones de poder y riqueza que se derivan de la cadena de producción, distribución y venta de las mismas. Se desvelan las condiciones históricas que han dado como resultado procesos histórico-discursivos medicalizados fortaleciendo los procesos de estigmatización de los consumidores denotándoles como enfermos, situándolos en el plano de la segregación, diferenciación y exclusión, visibilizándolos desde la producción discursiva y su difusión como sujetos anulados por la producción del discurso hegemónico.
La violencia es una característica clara del discurso-monólogo en el que la posibilidad de interpelación por parte de los destinatarios es nula y la ideologización es evidente como práctica diferenciadora y excluyente. El discurso social divulgado por la prensa, es el discurso de poder detentado desde las instituciones por los considerados “expertos” bajo argumentaciones respaldadas en el ámbito del poder de la verdad científica, mediante la cual los intereses personales/institucionales y el ejercicio de las acciones de política preventiva sobre aquellos a quienes los consumos ilícitos, y los irresponsables consumos en los lícitos, les han llevado a perder su facultad, credibilidad, autonomía y libertad para ser escuchados y respetados.
El sujeto de la enunciación fue desvelado como un yo o un nosotros institucional, intelectual orgánico, un locutor colectivo representante de una posición institucional que lo define y configura no como persona o individuo o sujeto, sino como poseedor de una posición clasista experta determinada por la coyuntura política.
Las operaciones de identificación y autoidentificación configuraron la postura de los sujetos de la enunciación en el terreno de la positividad para salvar a los consumidores desde la negatividad asumida respecto de las drogas de forma indiferenciada. En cuanto a la estructura temática, hubo una ausencia absoluta de la interpelación de los consumidores a las afirmaciones/aseveraciones y promesas defectivas, así como la colectivización de los mismos.
La violencia en el Discurso Institucional hacia los consumidores, es colocada en la forma implícita del discurso bajo el contexto de exclusión, bajo principio de prohibición, bajo el de la separación y/o rechazo, elementos del poder estigmatizante para acallar al consumidor, convirtiendo su silencio en el principal castigo. El discurso tiene gran impacto entre quienes lo producen y quienes lo reciben, las prohibiciones y el rechazo son claros vínculos con el poder y el control social. Se pudo afirmar que los programas institucionales responden a prácticas discursivas cuya armazón coacciona las acciones hacia los diferentes actores involucrados en el ámbito de la llamada prevención o tratamiento del fenómeno de las drogas.
Los consumidores son acallados en su condición de sujetos quienes representan la fuerza confrontada a los criterios de estigmatización impuestos por la visión especializada; y que responden a las formaciones imaginarias de emisor y receptor y de referente, como objeto imaginario.
En este caso, es de destacar que las emisiones del discurso (quién lo dice y qué dice) no son individuos concretos, sino posiciones determinadas en la estructura de una formación social, por ejemplo, el lugar que ocupa el especialista y el consumidor. Las misiones y visiones institucionales son discursividades cifradas principalmente en el terreno de la salud y en el plano de lo legal, así como de lo extra-jurídico, lo que da como resultado un discurso social de estigmatización y criminalización en los conceptos de patologización y delitos recurrentemente vinculados a los consumidores y reproducidos en la prensa.
Para finalizar, se deriva del ejercicio del poder la capacidad para imponer castigos mediante las promesas defectivas que terminan siempre en la coacción al realizar actividades al destinatario y no para el destinatario, lo que permitió observar un ejercicio del poder que provoca resentimiento y resistencia de los destinatarios por no considerarlos, y sí in-visibilizarlos.




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* García
El Colegio de Michoacán - COLMICH. Zamora, Michoacán, México