La noción de Democracia es uno de los conceptos más controvertidos, desde su origen hasta el día de hoy, quizá porque en la práctica la democracia también es un proyecto que nunca se encuentra finalizado. En nuestra América Latina el problema de la democracia ha sido el problema político por excelencia del siglo pasado, y por tanto, en el siglo XXI nos coloca en una coyuntura difícil de articular. Tal si la pensamos desde sus fundamentos endógenos, como en sus justificaciones exógenas.
En todo caso, nos tiene en un borde de imprescindible análisis, pues sus efectos -desde cualquier contenido que se le atribuya- no parece que termine de abarcar aquello que a la voluntad del pueblo corresponde, es decir, ésta no termina de ser el eje rector de ningún gobierno desde nuestras geografías, del Río Bravo hasta la Patagonia, y -por contra- vemos cómo los derechos y libertades se encuentran concentrados para los cúmulos de poder, mientras que la mayoría de la población continúa sin recibir el mínimo básico que requiere para producir, reproducir y desarrollar su vida. Es por esto que, pensando en y desde América Latina, elegimos analizar la crisis democrática o su vaciamiento como el eje de conflicto que nos convoca al estudio, en tanto incide en cada uno de nuestros contextos a diversos niveles. Siguiendo esta línea, la exposición se concentrará en dos puntos de análisis:
1. El campo conceptual, en tanto construcción contemporánea y problematización de la democracia y sus fundamentos teóricos en su constante vinculación al pensamiento liberal.
2. El estudio del campo académico con el fin de relacionar la emergencia conceptual con el desarrollo del trabajo intelectual, desde el contexto político-cultural en el que surge.
Ahora bien, tanto la democracia como el liberalismo son sistemas políticos que no nacieron a la par, les separan siglos y presupuestos, empero, al día de hoy pareciera que la primera no puede existir fuera del pensamiento liberal y éste ha utilizado el discurso democrático para alcanzar alguna clase de legitimidad. Sobre esto, nuestra exposición se propone cuestionar si acaso mucho del vaciamiento de la democracia está vinculado a una falla de origen en tanto se le asuma como democracia liberal y, de manera particular, se encontrará circunscrito al contexto de nuestra América Latina, no sólo por ser el lugar desde el que se escribe sino también por lo crítico del escenario actual. Si la democracia, por una parte, supone un gobierno inclusivo, en el que toman voz primordial los pueblos y, por otra parte, el liberalismo (como unidad de sus dos vertientes: político y económico –distinción más conceptual que concreta-) ha permitido la expansión de un sistema de exclusión y dominio de una minoría sobre el resto de la humanidad, entonces decir “democracia liberal” pareciera un oxímoron.
Entendemos que en el siglo XX la discusión respecto al término Democracia se dio en dos direcciones. Por un lado, la derivación procedimental, donde la democracia queda restringida a sus funciones institucionales y del juego electoral; mientras una segunda corriente, pretendía revestirla de procesos más complejos y menos instrumentales. Pero, si bien la primer corriente es la que termina por constituirse en el mainstream académico y político, la segunda corriente siguió problematizando respecto a los procesos de democratización y la acción colectiva. Por tanto, vemos una relación y necesidad de explorar ambas trayectorias no sólo por la importancia de ordenar los conceptos y los marcos teóricos, sino también con el fin de entender que dicha preocupación teórica es parte de un contexto particular: la crisis de la democracia y su vaciamiento, a partir de la implementación de las políticas neoliberales.
Y, precisamente, a través del neoliberalismo, el curso de la historia ha ido confirmando, no sólo la interdependencia del carácter político y económico del liberalismo, sino que ha permitido la preeminencia misma de la economía sobre la política. De esta manera, al tomar al liberalismo como calificativo inmanente, la democracia se abría el camino con el pie izquierdo, puesto que tendría que sortear las dificultades que representaban afirmar, por un lado, un principio ético de igualdad y, por otro, un modelo de mercado competitivo. Además, ante una sociedad de esta naturaleza, surgía la imperiosa necesidad de una estructura de derecho civil y penal para poder gobernar a individuos potencialmente conflictivos y egoístas, con deseos infinitos de satisfacerse a sí mismos. Se concluyó entonces que las leyes deberían garantizar la propiedad individual y la igualdad quedaría subordinada a la seguridad, pero entendiendo que ésta se trata del resguardo de la propiedad o de los propietarios. El principio de la exclusión.
En este proceso, se reafirmó la idea del hombre como un consumidor y la sociedad como una relación entre estos individuos (funcionando análogamente al sistema de mercado) de entre los cuales unos serán los ciudadanos-consumidores y otros los proveedores de la mercadería política. Este modelo se presenta con un carácter descriptivo, explicativo y justificativo; aunque los últimos dos aspectos –las más de las veces- aparecen de forma indistinta. Cuando justificación y explicación aparecen íntimamente vinculadas, este modelo reconoce sus imperfecciones pero apela a que es lo mejor que se puede hacer; o, en su defecto, vuelve a plantear la supuesta soberanía del consumidor. Pero, en la medida en que se empatan analógicamente el mercado político y el mercado económico, se traspasa al campo político el medio de poder definido en el campo económico: el dinero. Por tanto, el dinero en el mercado político resulta en fuente de poder, anulando cualquier tipo de equilibrio o soberanía del consumidor y, de esta manera, se vierten los conflictos económicos en las relaciones políticas. Aumenta la desigualdad, el oligopolio (por no decir, incluso, plutocracia) y la apatía (al limitar –casi anular- la participación política de la ciudadanía, en general). Por tanto, ante tal modelo, nuestra ponencia busca reconocer -desde el pensamiento crítico- la urgente necesidad de abrir nuevas alternativas, hacia la configuración de una nueva forma de entender la naturaleza humana y la sociedad que integra.