Tanto en Europa como en las Américas, en la actualidad se destaca la instrumentalización política del odio entre distintos grupos y una multiplicación concomitante de violentos crímenes de odio. Un factor común tanto en el Norte global como en el Sur global es el resentimiento social, pero a primera vista su naturaleza no es exactamente la misma. En el Norte global, tanto las clases medias como las clases obreras están fragilizadas económicamente. La desindustrialización y la precarización de empleos, lo que se podría llamar “la uberización” de los mercados de trabajo, perjudica a todos los trabajadores, sea cual sea su etnicidad, ya que muchos son inmigrantes o descendientes de inmigrantes, incluso los provenientes del otrora mundo colonial de estas metrópolis. El futuro de los jóvenes parece cada vez más desolador. Sin embargo, los trabajadores “blancos” experimentan su situación como una pérdida de identidad y de aquellos privilegios que consideraban derechos asegurados por haber internalizado la lógica de jerarquías raciales incrustada en la modernidad “liberal” de los colonizadores. Tanto en Estados Unidos como Europa, el resentimiento provocado por esta crisis existencial ha sido instrumentalizado políticamente por populistas xenófobos de la derecha, expresándose en la xenofobia contra inmigrantes en general y la islamofobia en particular. Donald Trump consiguió derrotar la clase política establecida de su país por medio de dirigirse discursivamente, aunque sea engañosamente, a los resentimientos de los ciudadanos que se sienten abandonadas por dichas elites. El discurso de este plutócrata es engañoso porque “América primero” quiere decir intensificar la transferencia al exterior de las contradicciones estructurales de la economía y sociedad estadounidense, pero a la misma vez seguir desarrollando la utopía conservadora de un estado “mínimo” como estado de bienestar social, pero mayor en términos de su militarización del control social y sus intrusiones a la privacidad de personas.
En el mundo del capitalismo neoliberal financiarizado, las elites entreguistas de América Latina están promoviendo un giro a la derecha orientado a reconvertir la región en una zona de extracción, aunque esta vez tanto de rentas económicas como de materias primas, ampliamente apoyadas por las redes transnacionales de la derecha estadounidense. En lo que se refiere al resentimiento, en Brasil el tipo de resentimiento que ha dado el más fuerte impulso al giro a la derecha es el resentimiento de capas sociales dominantes que no se aguantan el ascenso social de sus “inferiores” en términos de clase y/o raza que resultó de las políticas sociales de los gobiernos petistas, cuyo mando democrático fue cancelado por el golpe de 2016 y la embestida de “lawfare” que llevó al encarcelamiento del expresidente Lula. Estamos de acuerdo con el sociólogo brasileño Jessé Souza cuando insiste que este último episodio en el largo ciclo de golpes brasileños tiene que ser entendido en términos específicos, es decir, en términos de la centralidad de la esclavitud en la conformación del país. El legado esclavista no solamente sigue influyendo en las posturas de la clase empresarial hacia los trabajadores sino también en toda su estrategia de acumulación de corte rentista, la cual busca maximizar ganancias a corto plazo, saqueando a la población en general por medio de tasas de intereses altas y liquidando los recursos naturales sin pensar en el futuro. Sin embargo, el caso de Brasil también pone de manifiesto muchas convergencias entre el Norte y Sur global, incluso en términos de las tendencias autoritarias del capitalismo neoliberal a nivel global, cada vez más acompañadas por el crecimiento de una política ultraderechista basada en la instrumentalización del odio y resentimiento. Tanto en el Norte como en el Sur global, la seguridización de cuestiones de pobreza y de una migración internacional (en gran medida provocada por las intervenciones económicas y geopolíticas del Norte en el Sur), ha fortalecido una militarización de la seguridad interna que castiga las comunidades pobres en general, pero castiga especialmente a las pobres no blancos, junto con una criminalización de los movimientos sociales. A la misma vez el estado neoliberal sigue desarrollando sus intervenciones burocráticas en las vidas cotidianas de los pobres para “disciplinar” a los grupos sociales más castigados por los intentos de las elites de mantener un modelo de acumulación de capital cada vez más vulnerable a crisis estructural. Aunque incluso fuerzas conservadoras han pensado en alternativas menos coercitivas para lidiar con dicha crisis, incluso en la idea de ofrecer un ingreso básico universal a toda la población, en el caso brasileño el golpe ha producido una oleada de violencia cada vez más desenfrenada contra los activistas que militan en contra del actual modelo de acumulación por desposesión, tanto en las ciudades como en el campo.
El hecho de que el asesinato de la concejal Marielle Franco en Rio de Janeiro provocó una reacción de repudio a nivel nacional demuestra que el cambio social también ha producido contra-movimientos a favor de la tolerancia, aunque los intentos de la derecha de desprestigiar a esta luchadora social por medio de una descarada campaña de “fake news” difamatoria también mostraron la fuerza actual de la política del odio. En general, los pasos hacia una sociedad más tolerante de la diversidad y más orientada a buscar la igualdad siguen provocando reacciones violentas, sobre cuestiones de los derechos de mujeres y preferencia sexual, por ejemplo. Sin embargo, la desigualdad social produce odio de otras maneras y en distintos niveles de la sociedad. En una sociedad como Brasil, en que la ley y la policía sirven principalmente para mantener a los descendientes de los esclavos en su debido lugar de marginación social por medio de la represión, y las políticas de encarcelamiento en masa promovidas por una clase política sin escrúpulos sirven solamente para aumentar los niveles de violencia y criminalidad, no se asombra que algunos jóvenes pobres y negros experimentan placer en matar a policías, a pesar del hecho de que la mayoría de las protestas contra la violencia policial y la injusticia social sean pacificas. Tampoco es de asombrarse que grandes segmentos de la población brasileña ya odian a todos los políticos. Otra vez, a pesar de tener sus dimensiones nacionales especificas, este tipo de fenómeno es de mucho mayor alcance, tanto en el Norte como en el Sur global.
Cualquier tipo de sentimiento de recelo, odio y resentimiento que surja espontáneamente en las condiciones de vida cotidianas actuales en sociedades cada vez más desiguales e incapaces de ofrecer esperanzas a las nuevas generaciones se presta a ser amplificado e instrumentalizado políticamente por los nuevos movimientos de la ultraderecha, de una manera que, en general, mina la posibilidad de mantener formas de gobierno democráticas. Sin embargo, es importante ir más allá de un análisis de la política del odio “desde arriba hacia abajo” que solamente sirve para reforzar la idea de que las masas son siempre “manipulados” por los medios (convencionales o sociales) o por medio del clientelismo, o simplemente engañadas por “discursos populistas” (sean de la derecha o de la izquierda). Por lo tanto, y en base a nuestras propias investigaciones etnográficas en comunidades pobres en Salvador, Bahía, en este trabajo pretendemos ofrecer una perspectiva complementaria “desde abajo” sobre la polarización social alimentada por las nuevas fuerzas de la derecha a nivel nacional y por las redes norte-sur que pretenden fortalecer la regresión social. Nuestro análisis destaca varios tipos de divisiones y conflictos dentro de este tipo de comunidades, y por lo tanto promueve una perspectiva que reconoce la “resistencia” de miembros de las clases subalternas a las imposiciones de actores más poderosos, junto con su capacidad de hacer sus propios análisis, pero también nos permite indagar sobre los límites de su capacidad de resistir y las formas en que la derecha política puede penetrar y arraigarse en ciertos segmentos de las clases populares. Documentamos las formas en que los conflictos entre lideres y residentes de estas comunidades que han surgido después del golpe de 2016 pueden producir posturas de rabia y odio entre los diferentes actores políticos dentro de la comunidad, dividiéndolos e polarizando posiciones más a la derecha contra las defensoras de posturas de izquierda, a la misma vez que otros han quedado decepcionados con todos los partidos políticos y/o con una situación en que podría ser negada la opción de votar por Lula, y por lo tanto amenazan a dar su voto en blanco. Nuestro objetivo no es el de fomentar ni el pesimismo ni el optimismo político, sino aportar algunos datos y análisis relevantes para mejorar nuestro entendimiento de las dinámicas de la política del odio a nivel popular, para fortalecer los proyectos políticos que insisten en la necesidad de luchar de una manera más radical contra la desigualdad y exclusión social para conseguir sociedades donde la democracia y tolerancia pueden prevalecer para todos.