La escuela, la educación y los niños tsotsiles
Karla Berenice Del Carpio-Ovando**
Resumen
La escuela es un espacio clave en la vida de cualquier niño es por ello que dicho lugar es considerado como un segundo hogar para el pequeño. No obstante, varias escuelas ubicadas en zonas habitadas por comunidades indígenas en el sureste mexicano han enfrentado diversos retos para poder hacer de la escuela una casa para el niño indígena tsotsil ya que en este espacio se ha confirmado la situación de marginación en la que viven. Las malas condiciones de dichas escuelas han hecho que la impartición de clases sea difícil por la falta de mobiliario nuevo y equipo para laboratorios y talleres. Las máquinas de escribir son de poca utilidad y las sillas y mesas con frecuencia se descomponen. Un ejemplo de ello es la escuela ubicada en el pueblo indígena de San Jerónimo Amanalco, en México, la cual no recibe materiales nuevos desde hace más de 10 años. Las malas condiciones de las escuelas en comunidades indígenas y las carencias que sufren son solamente algunas de las dificultades con las que tienen que lidiar los estudiantes indígenas en la escuela. Otra problemática es que el enfoque con el que se les enseña es básicamente monolingüe-monocultural, es decir, se enfoca en promover la lengua y cultura del mestizo haciendo a un lado la lengua y cultura indígena. La cosmovisión del pueblo originario no tiene lugar en el proceso de enseñanza y aprendizaje además de que cuando se les dicta la clase a los niños de la comunidad los contenidos no tienen relación con el contexto en el que viven ni con su lengua o cultura. Los contenidos están pues escontextualizados, desconectados de aquello que es importante para el pueblo lo cual disminuye las posibilidades de un aprendizaje significativo. Lo dicho anteriormente se pudo encontrar a través de una investigación etnográfica realizada en una escuela primaria bilingüe en español y tsotsil en los Altos de Chiapas, México.
Palabras claves: Escuela, educación, niño, indígena, México
La sociedad de hoy
La sociedad actual se caracteriza por estar herida, fracturada y separada como consecuencia de los diversos problemas que la han dañado tales como conflictos sociocales, políticos y económicos. La sociedad llora y grita auxilio sobre todo aquellos pueblos que se sienten en el olvido debido a la situación de marginación, exclusión, desigualdad y carencias en las que viven. Dicha realidad es bastante conocida por los pueblos indígenas en América Latina, por ejemplo, por las comunidades indígenas tsotsiles en el sureste de México (Del Carpio, 2012); lugar donde centraré la atención de este trabajo.
La realidad desfavorecida de los pueblos originarios incluyendo la de la comunidad Tsotsil, en los Altos de Chiapas, no es nueva, es decir, ha existido desde siempre, lo peor es que se llega al punto de creer que dicha situación es normal, que es lo rutinario, que por ser así ésta debe o puede continuar. La sociedad se ha acostumbrado a ver estar realidad de dolor e injusticia como algo estándar o natural así como lo es el aire que se respira todos los días. En otras palabras, en muchas personas, las circunstancias en las que viven los pueblos originarios, ya no causa asombro, ya no causa sorpresa, ya no causa dolor o deseo por luchar o hacer algo para combatir dicha situación. Nos encontramos, pues, en una sociedad deshumanizada que muchas veces no siente el dolor del otro y como consecuencia actúa negativamente a pesar de que sus acciones puedan afectar al de a lado. Como resultado, surgen problemas en la sociedad tales como delincuencia, abusos de poder, contaminación ambiental extrema, violencia, entre otros (Alvarado, 2010). Se ha llegado al grado de solamente pensar en uno mismo; en el bienestar propio y no en el bien comunitario. En la sociedad deshumanizada se ve la pérdida de valores, de solidaridad, de justicia y de preocupación por aquello que afecta a la comunidad; a ti, a mí: a todos. Tristemente los errores del ayer se repiten el día de hoy. Un ejemplo de ello es la situación de opresión e injusticia que vivieron los pueblos originarios durante la época de la colonia. Se les impuso una lengua y una cultura como si las propias no hubieran tenido ningún valor, como si nunca hubieran existido. Jamás se les preguntó, jamás se les tomó en cuenta, jamás se pensó en el verdadero beneficio para ellos. El conquistador los despojó de su propia casa, de su propia lengua y cultura, de su propio país, de todo aquello que era significativo para ellos. Los forzaron a vivir en una realidad que no tenía sentido para ellos, que no consideraba su visión del mundo, ese amor por la madre tierra, por la montaña y por toda la naturaleza en general. Ese respeto que incluye desde el más pequeño de la familia hasta aquella persona llena de experiencia y sabiduría.
Vale la pena, pues, recordar esos episodios dolorosos de injusticia, de abandono y exclusión que no son parte de la historia sino del presente. Sí, del presente tuyo y mío. Por dicha razón, he dedicado los últimos 8 años a la investigación enfocada a las comunidades indígenas del sureste mexicano, en especial a la del pueblo tsotsil.
El pueblo Tsotsil
Los tsotsiles son un pueblo maya en los Altos de Chiapas, México, donde existen aproximadamente 298,000 personas pertenecientes a este grupo indígena. Anteriormente el término Bats'ik'op (tsotsil en la lengua tsotsil) significaba “hombre murciélago” (Obregón, 2003). Sin embargo, en la actualidad dicho término se traduce como “hombre verdadero o pueblo verdadero” (Guiteras, 1996). Cabe mencionar que los tsotsiles habitan en diferentes municipios de Chiapas entre ellos Chamula, San Cristóbal de las Casas y Zinacantán. Con frecuencia los tsotsiles especialmente los hombres jóvenes se mudan a la ciudad ya que es difícil depender de los recursos que existen dentro del municipio en donde viven. Por lo general, se mudan a zonas dentro del mismo estado de Chiapas (Obregón, 2003), pero hoy en día se observa que no solamente se mudan a otras áreas de su estado sino que también emigran a diversas ciudades de la República Mexicana. Esta situación obliga a la comunidad tsotsil y a muchos pueblos originarios a aprender la lengua dominante; el español. Al respecto Lastra (1992) menciona:
La necesidad de los campesinos sin tierra suficiente de emigrar a las ciudades en busca de trabajo y el hecho de que muchos padres conscientemente les hablen a sus hijos en español para que no tengan dificultades en la escuela son dos factores fundamentales que contribuyen al aprendizaje de la lengua oficial (para. 10).
Este pueblo tsotsil continúa hablando su lengua (especialmente los adultos y las personas de la tercera edad) además de que continúan preservando algunas de sus tradiciones como es el caso del uso de la vestimenta tradicional en los adultos y en las personas de la tercera edad, sus formas de organización social y política y creencias religiosas, entre otras (Obregón, 2003). No obstante, algunas de sus tradiciones han sido parcialmente afectadas por la influencia de los mestizos. Por ejemplo, con menos frecuencia se ve que las jóvenes tsotsiles usen la ropa típica tsotsilera o que preserven la tradición de bordar o tejer los vestidos tradicionales como lo hacen las madres de familia. Poco a poco, pues, se van debilitando algunos aspectos culturales del pueblo tsotsil.
Pérdida de costumbres
Los textiles y la vestimenta típica
Hoy en día muchas niñas indígenas no conservan la tradición de bordar, lo cual es una práctica común en las generaciones de mayor edad en la comunidad tsotsil. Sin embargo, aceptan que “les gusta observar cuando la madre o las hermanas mayores realizan textiles lo cual es curioso de notar y es que las niñas a pesar de que ya no aprenden el oficio consideran que cuando sean mayores y tengan hijas les gustaría que ellas sí aprendieran a hacer textiles” (Del Carpio, 2013, p.12).
Cabe mencionar que una de las razones que también ha contribuido a esta pérdida es que hay madres en la comunidad que a pesar de que sí saben tejer no han transmitido este conocimiento a sus hijas. Además de que por parte de las niñas existe poco interés que por aprender a elaborar textiles y quienes saben hacerlo –algunas de ellas- ya no quieren realizarlo (Del Carpio, 2013).
Si ya no están interesadas y si ya no hay motivación para aprender o seguir dedicándose al oficio, entonces, resulta comprensible la disminución de mujeres dedicadas a los textiles, pues, en ocasiones, como afirma Sennett (2009), “la motivación es más importante que el talento” (p. 350) (Del Carpio, 2013, p. 9).
En algunos casos la tradición de los textiles ha disminuido porque las nuevas generaciones ya no están interesadas en aprender esta actividad ya que tienen otras inquietudes, aspiraciones o porque no tienen tiempo ya que van a la escuela. Al mismo tiempo algunas de ellas consideran que si venden sus textiles la retribución económica será mínima por lo tanto no le ven el beneficio de hacerlo. Algunas pequeñas mencionan que no les gusta bordar, es decir, es poco el agrado que sienten hacia este oficio lo cual disminuye las posibilidades de que lo realicen. Es posible decir que para las nuevas generaciones llevar puesta la ropa tradicional no tiene el mismo significado como lo tiene para las personas mayores además de que existen “nuevas actitudes hacia los estilos de la indumentaria y hay nuevas formas de vivir y de vestir” (Del Carpio, 2013, p. 11). Es interesante ver cómo los jóvenes asocian el uso de la ropa tradicional con la discriminación, es decir, muchos evitan la vestimenta típica porque para ellos significa evitar ser discriminados. Han aprendido que aspectos folclóricos o tradicionales pueden ser motivos de discriminación (Del Carpio, 2013) siendo la lengua uno de ellos.