La comunidad internacional se ha mostrado interesada en resolver el deterioro ambiental que sufre el planeta. La “Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo” llevada adelante en Río de Janeiro en 1992 puede ser considerada, en este sentido, el punto de partida de las acciones realizadas (Acosta y Viale, 2017). Años más tarde, en septiembre de 2015, se llegó, no sin un arduo trabajo previo, a la aprobación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) por parte de los 193 países que integran la Asamblea General de las Naciones Unidas (CEPAL, 2016). Posteriormente, se celebró en Quito, Ecuador, la “Conferencia sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible Hábitat III” con el objetivo de plantear la necesidad de avanzar hacia un hábitat sostenible e inclusivo, haciendo hincapié en la superación de la pobreza, el desarrollo económico y la sostenibilidad ambiental.
Sin embargo, estos intereses plasmados en las agendas globales no encuentran su contrapartida en resultados positivos respecto a los problemas que intentan resolver.
En este sentido, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ya en el año 2000 advertía que la configuración de esta amplia agenda social y ambiental no se veía acompañada de flujos de recursos internacionales necesarios para apoyarla, de una institucionalidad mundial que le sea propicia, ni tampoco del compromiso de los países centrales de traducirla en políticas nacionales consistentes (CEPAL, 2000). Años más tardes, esta institución terminó por destacar que la dificultad central para llevar adelante las transformaciones necesarias radica en la economía política, es decir, el conjunto de intereses y alianzas que predominan y que definen las reglas del juego, tanto en el plano internacional como en el interno. De esta forma, diversos actores, tanto públicos como privados, tienen interés en proteger sus inversiones y la distribución presente de rentabilidades, lo que se refleja en la contradicción existente entre las declaraciones de las instituciones internacionales y las reglas que gobiernan la dinámica económica (CEPAL, 2016).
Este punto es central. Mientras las agendas globales se proponen alcanzar una forma de desarrollo que sea verdaderamente sostenible, el apego por mantener, aunque de forma ampliada, el concepto original con que nace la teoría del desarrollo es el principal obstáculo para superar la crisis ambiental.
En este sentido, los estudios sobre el desarrollo comienzan con una concepción que implica la adopción de normas de comportamiento, actitudes y valores identificados con la racionalidad económica moderna, caracterizada por la búsqueda de la máxima productividad, la generación de ahorro y la creación de inversiones que conduzcan a la acumulación permanente de los individuos y, en consecuencia, de cada sociedad nacional (Dos Santos, 2002). De esta forma, el sostenimiento de estas ideas puede explicar la carrera continua tras la acumulación, tanto de las naciones como de los capitales individuales, que se contrapone a la necesidad de crear nuevos paradigmas de desarrollo.
El problema no es menor. Si las tendencias actuales persisten, la humanidad terminará por modificar de forma dramática los ecosistemas naturales (Lubchenco, 1998). Nuestro planeta se ha alterado en los últimos dos siglos con una intensidad sin precedentes en la historia de la humanidad (García, 2006). Esto ha provocado alteraciones en las temperaturas, en el nivel de precipitaciones, en los caudales de ríos y disponibilidad de agua. También es la causa de la profundización del retroceso de los glaciares, el aumento del nivel del mar, el deterioro de las zonas costeras, la extinción masiva de especies a nivel global, y disfuncionalidades ecológicas a escala planetaria, entre otros efectos negativos de la crisis ambiental (Gudynas, 2015; IPCC, 2013).
La CEPAL sostiene que “la humanidad se encuentra ante un punto de no retorno: el impacto ambiental del estilo de desarrollo dominante pone en peligro su supervivencia y la de otras especies” (CEPAL, 2016. pp. 53), siendo una particularidad de esta época que los impactos de los estilos de desarrollo que adopta cada región dejan de ser locales para ser globales y afectar recursos comunes a toda la humanidad (Ibid, 2016).
Por este motivo, es necesario detenernos en la idea de estilos de desarrollo para intentar acercarnos al problema de la sostenibilidad.
Aníbal Pinto (1976) define a un estilo de desarrollo como el modo en que “dentro de un determinado sistema se organizan y asignan los recursos humanos y materiales con el objeto de resolver los interrogantes sobre qué, para quiénes y cómo producir los bienes y servicios”. A su vez, señala en los estilos dos conjuntos de rasgos: a) los que componen la base estructural de la organización productiva, en especial la estructura sectorial del producto y del empleo, los diversos estratos tecnológicos y el tipo de relacionamiento externo predominante, y b) los elementos dinámicos del sistema, que se revelan a partir del análisis del nivel y composición de la demanda y de sus antecedentes, que son el nivel y distribución del ingreso.
Latinoamérica posee un estilo de desarrollo que se basa en una estructura productiva cuya competitividad depende de la abundancia y la explotación de forma predatoria de los recursos naturales (CEPAL, 2016). Sin embargo, como se ha explicitado anteriormente, aun adoptando un estilo de desarrollo que se considere sostenible en la extracción de recursos, generación de residuos y emisión de gases, los efectos de los estilos de desarrollo no son locales sino globales, lo cual implica esfuerzos colectivos a nivel internacional. A su vez, y dada la situación crítica actual, cabe preguntarnos si hay espacio ambiental o bienes ecológicos suficientes para que algunos cientos de millones de personas en el mundo se incorporen a lo que implica esta concepción del desarrollo basado en la acumulación y el superconsumo (Riechmann, 2006). Pregunta que se puede responder fácilmente si tomamos en cuenta que la huella ecológica mundial ya superaba en más de un 20% el nivel sostenible en la primera década de este siglo (García, 2006).
Entonces, detenernos en corregir los estilos de desarrollo para definir dentro de un sistema que producir, cómo producir, y para quienes producir, nos hace olvidar la pregunta esencial que debería ser entonces: ¿para qué producir?.
Una primera respuesta puede ser: para cubrir las necesidades materiales elementales de la vida, sin embargo, una respuesta más acertada a lo que ocurre actualmente sería: para cubrir las necesidades del modo de vida impuesto por el norte global, al que algunos autores como Acosta y Brand (2017) se refieren como modo de vida imperial, debido a que, mediante medios políticos, jurídicos y/o violentos, presupone el acceso ilimitado a recursos naturales, espacio territorial, fuerza laboral, y sumideros de contaminación.
Este modo de vida se ha ido expandiendo paulatinamente por el sur global, y basa su arraigo en la sociedad a través del acceso al consumo de bienes de estatus como autos, casas unifamiliares y productos industriales. De esta forma, la prosperidad se concibe como la continua expansión económica, y la satisfacción que genera el consumo de bienes materiales, que no está atado solamente a las necesidades fisiológicas, sino que además es promovido por una cultura consumista que genera una competencia por el estatus que daña psicológica y socialmente a las personas (Jackson, 2009).
Este camino adoptado por la CEPAL de repensar el estilo de desarrollo, que se puede dar tanto dentro de un país capitalista desarrollado o subdesarrollado, como en uno socialista desarrollado o sub desarrollado (Pinto, 1976), se enfrenta a la limitación planteada por Lang (2011) quien sostiene que en el siglo XX el modelo capitalista y el socialista se asentaron en el ideal de desarrollo hegemónico explicado anteriormente, y este último, el socialista, no lo analizó como uno de los dispositivos claves para afianzar y expandir el capitalismo y su lógica de producir colonias, que ata el bienestar solamente a la capacidad de consumo de la población.
Por este motivo, si las agendas globales tienen como objetivo modificar los elementos que definen los estilos de desarrollo sin transformar el sentido del mismo, estos cambios pueden no resultar eficientes para enfrentar la crisis ambiental y alcanzar un modelo de desarrollo que sea verdaderamente sostenible en el tiempo.
El objetivo de este trabajo, entonces, es analizar las agendas globales y derivar del análisis, posibles delineamientos que busquen superar estas limitaciones.