No se puede desconocer el papel protagónico de la pedagogía a lo largo de los siglos y la relación estrecha que ha mantenido con los modelos socioeconómicos del Estado, los cuales han marcado los fines educativos y el ideal de hombre que se desea formar. Aunque es latente la interdependencia que existe entre cultura, sociedad y sujeto, es la política pública la que delimita el camino que una nación recorre en materia educativa siendo evidente en las últimas décadas el surgimiento de políticas educativas dirigidas a la ciudadanía y la convivencia para fortalecer la transformación social, promoviendo la democracia y la participación.
Teniendo en cuenta que es la educación el objetivo central de la escuela y que es ésta una de las responsabilidades de los dirigentes, los Gobiernos se implican en la construcción de las políticas públicas que brindan los lineamientos centrales para su funcionamiento, implementado en las últimas décadas una serie de políticas educativas desde la mirada de los derechos humanos, la ciudadanía y la convivencia social direccionados por instancias internacionales como la Organización de las Naciones Unidad ONU, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud, entre otras; sin embargo los docentes y estudiantes se involucran de manera cotidiana en las aulas de clase convertidas en espacios de interacción que reflejan una realidad social, económica y cultural, desarrollando diariamente herramientas pedagógicas para su abordaje y ejecutando tareas como respuesta a necesidades que surgen en la escuela en el momento de reunir realidades diversas, situaciones de marginalidad e identidades diferentes a partir de sus historias, sus experiencias y sus condiciones, no como respuesta a una legislación específica, sino como parte de su quehacer educativo, vivencias que deben tener voz y extenderse para enriquecer las prácticas en los diferentes contextos mundiales.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura UNESCO plantea en su agenda educativa 2030 fomentar la cohesión social y promover una educación integradora, apoyando en el asesoramiento técnico para el planteamiento de políticas públicas que permitan las prácticas pedagógicas inclusivas, los cual, no es sólo una tarea marcada a nivel mundial sino es un llamado a la creación de espacios incluyentes que deben nacer en la escuela para extenderse a las poblaciones.
En el ámbito social enmarcado por la institucionalidad, se encuentran varias estrategias que persiguen la adaptación de los sujetos, aunado al problema de que persiste una pedagogía autoritaria y represiva que trae como consecuencia la simulación de comportamientos, a pesar de esto, prevalecen escuelas donde predomina el análisis reflexivo que permite resignificar creencias, percepciones, condiciones y concepciones del mundo y de la realidad tanto objetiva como subjetiva.
La praxis educativa en el contexto socio político en la actualidad, requiere trascender a las creencias e imaginarios que definen a la escuela como institución para el saber académico y la disciplina, buscando integrar diversas acciones que impliquen a toda la comunidad educativa en espacios de conocimiento y reflexión dirigidos a la interiorización de elementos que favorezcan la convivencia social.
Es muy importante valorar los sujetos como seres capaces de reflexionar, cuestionar, problematizar sus necesidades y dificultades, dentro de un conjunto social que en este caso de manera directa o indirecta los segrega y discrimina.
Estos sujetos a partir de la reflexión crítica y de la interiorización en busca de la identificación y reconocimiento de factores tanto individuales como sociales deben estar en la capacidad de proponer alternativas de transformación, dando nuevos significados a sus procesos de socialización y convivencia dentro de la dinámica cotidiana que reúne poblaciones diversas, multiculturales y permeados por problemáticas que afectan su desarrollo.
La convivencia vinculada al ejercicio de relacionarse con los demás desde un desarrollo de elementos implícitos en la dinámica social en los que se incluye el reconocimiento de un sistema de derechos y deberes sociales, la apropiación de roles, los valores éticos y morales, la comunicación, el autocuidado y el cuidado del entorno, entre otros, se desenvuelven de acuerdo a unos procesos de formación que, iniciados en la familia, se extienden a los contextos en los que la socialización se genera.
Para Ortega (2007) “la escuela, que es una de las grandes instituciones sociales, es visualizada, en este sentido, con la exigencia de ser un ámbito de convivencia pacífica, democrática y respetuosa de los derechos de todos sus integrantes; sólo así adquiere significado la tarea educativa.” Argumento que atribuye al contexto educativo institucional la responsabilidad de reconocer su espacio como una forma en la cual la socialización se evidencia y además se aprende a partir de la experiencia relacional que allí se construye.
Son las experiencias pedagógicas inclusivas, las que han aportado no sólo en la construcción de ambientes de aprendizaje para la convivencia, sino que han permitido acercarse de manera reflexiva a la realidad para que cada miembro de la comunidad educativa se identifique como agente activo de la misma y como responsable de la transformación de su entorno, a partir del reconocimiento y la aceptación a la diferencia.
El enfoque diferencial posibilita reconocer las condiciones y posiciones de los diferentes actores sociales vistos como sujetos de derecho desde una mirada diferencial de estado socioeconómico, género, etnia, discapacidad e identidad cultural, y de las variables implícitas en el ciclo vital (infancia, juventud, adultez y vejez). Esta mirada, fortalecida desde de la Educación Social como posibilidad de adquirir competencias sociales, definida como: “la acción conducente al aprendizaje de aquellas virtudes o capacidades sociales que un grupo o sociedad considera correctas para la integración…” aporta las herramientas que permiten construir una escuela diversa y que acoja la diferencia como un rasgo positivo dentro de sus procesos identitarios.
Estos conceptos desarrollan una serie de aspectos a intervenir entre los que vale la pena destacar:
1. La influencia en el sujeto de los espacios primarios, secundarios y terciarios de la socialización (familia – escuela – pares – barrio – organizaciones – instituciones – medios de comunicación – políticas públicas –etcétera).
2. El lenguaje como factor de aprendizaje emocional y de competencias.
3. La construcción y el fortalecimiento de la identidad personal.
4. Actitudes de aceptación para la inclusión y adaptación para el cambio social.
Un educador observado desde este enfoque, debe iniciar su labor a partir del análisis de los fenómenos políticos y sociales en los que se encuentra inmerso el ser humano, no debe limitarse a plantear una serie de hipótesis que desemboquen en teorías utópicas encaminadas a la construcción de una sociedad justa y solidaria, que otros grandes autores ya han planteado como resultado de una larga vida de investigaciones; sino que debe orientarse hacia la ejecución de acciones concretas que permitan el aprovechamiento de los recursos y los avances que se presentan a lo largo de la historia y que por consiguiente, aporten al mejoramiento de la vida del hombre y su participación constante dentro de la realidad que le corresponde.
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