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Resumen de ponencia
Otros posibles son posibles. Experiencias, prácticas y saberes en torno al agua en el Magdalena Medio colombiano: un camino hacia las transiciones

*Tatiana Paola Gutiérrez Alarcón



Esta ponencia dará cuenta del entrecruzamiento entre las conflictividades socioambientales y las tensiones comprendidas en clave socio-histórica, propias de la matriz desarrollista moderno/colonial dentro de una región colombiana como el Magdalena Medio, y unas experiencias de resistencia, prácticas y saberes, en torno a un elemento articulador en este contexto: el agua. A partir del cual, se puede repensar como "posibles" las transiciones hacia otras formas de vida en este territorio. Por supuesto, esta propuesta retoma la conocida fórmula del Foro Social Mundial, que tuviera lugar en Porto Alegre (Brasil) en el año 2001: “Otro mundo es posible”; y también, se afilia a la idea que Arturo Escobar (2015-2017) ha venido circulando cuando se ha referido a que nuestras sociedades están siendo convocadas a transitar hacia una nueva civilización bio–céntrica y comunal. En este sentido, la comunidad como el principio incluyente del cuidado de la vida concretaría la política de lo posible, en la capacidad de evidenciar que las condiciones de lo real y lo posible ya están siendo, y determinan desde lo personal hasta lo colectivo, tanto nuestra práctica política como nuestro sentido de la esperanza.

El Magdalena Medio colombiano es una región localizada en la cuenca media del Río Grande de la Magdalena y está conformada por territorios de 32 municipios desde Puerto Nare (Antioquia) y Bolívar (Santander), hasta La Gloria (Cesar) y Regidor (Sur de Bolívar), y ha sido configurada como un sistema territorial frente a otros espacios integrados a la Nación, que trascienden el mapa y en el que coexisten campesinos mestizos descendientes de indígenas, españoles y africanos, habitantes de la ribera del río y las ciénagas, que se han negado a construirse a partir de un solo referente cultural o en torno a un epicentro. Pero a la vez, se trata de un sistema territorial que se ha ordenado desde su génesis, alrededor de un modelo de desarrollo que intensifica la explotación y que ha derivado en lógicas de relación depredadoras y autoritarias, producto de las cuales se ha erigido una sociedad de supervivencia, resistencia y confrontación.

Vale la pena aclarar que aunque se hará alusión a la región del Magdalena Medio con el propósito de poner en tensión el sistema de división espacial territorial obsoleto en cuanto a lo político-administrativo centrado en las dinámicas departamentales colombianas, así como el curso de las conflictividades configuradas sobre el borde del río, la experiencia en la que se centrará la intervención de esta ponencia tiene lugar en la subregión del M.M. del Sur Bolívar, particularmente en diez de sus municipios.

La posición geoestratégica de la región del Magdalena Medio con el río en su corazón, se constituye en su mayor potencialidad, aunque paradójicamente le ha valido como causante (entiéndase como pretexto) de su marginalidad y peor aún, de los conflictos y confrontaciones que la han caracterizado a través de la historia. Esta paradoja, debe entenderse en el marco de la configuración socio-histórica y las dinámicas de ocupación nacional en las riberas del río, caracterizadas por una larga tradición de colonización y poblamiento acelerado, lo que permitirá comprender que el río haya sido considerado como límite y no como centro del ordenamiento territorial de la región.

En la actualidad esa estructura impuesta por la organización de la conquista y la colonia se mantiene intacta, el río actúa como frontera territorial y espacio de disputa, y el área de influencia de las riberas se reduce a ser el último rincón de cada una de las entidades territoriales aisladas de los centros de poder. La construcción en el país nacional de esta mirada excluyente sobre la región, en buena medida, explica por qué se ha profundizado y extendido en el tiempo, las diversas formas de violencia armada.

Aunque esta región nos pone de frente ante la magnitud del daño generado por la violencia, la ausencia estatal y la fragmentación del territorio, también nos muestra cómo se ha resistido por tanto tiempo y cómo la vida se ha abierto camino en medio de la muerte. De modo que a la par con la dinámica del conflicto armado, en la región han actuado diversas organizaciones y redes sociales, propias y foráneas, con el objetivo de construir escenarios de convivencia y mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes.

Según lo expresado por muchos de los habitantes del sur de Bolívar, el propósito de reconstruir su territorio y sus proyectos de vida, ha girado en torno a la defensa por la explotación indiscriminada del oro que implica el vertimiento de cianuro y mercurio a las fuentes de agua, la destrucción de zonas boscosas para el cultivo de coca, y la destinación de amplias zonas para el cultivo de la palma de aceite. Así mismo, se reduce la oferta de alimentos y la capacidad para garantizar la seguridad alimentaria de la población, y trae consecuencias negativas en el empleo por la baja demanda de trabajo que tienen los cultivos extensivos de palma.

La contaminación de las fuentes de agua ha reducido de manera drástica los recursos de pesca de los que se abastecía la población en varios municipios, limitando al mínimo la disponibilidad de peces para la alimentación de la población, así como los ingresos de los pescadores. La afectación ambiental a los cuerpos de agua como ciénagas desestimula las economías alrededor de la pesca y generan desplazamiento a otras actividades de carácter ilegal, lo que seduce a muchos jóvenes frente a las escasas posibilidades de empleo calificado que ofrece la región.

A propósito de este panorama Vandana Shiva (2003) plantea dos paradigmas enfrentados en torno al uso y gestión del agua: El agua como derecho humano o patrimonio vital, y el agua como bien económico o mercancía. Dentro del proyecto civilizatorio occidental-moderno, el paradigma del agua como bien económico o mercancía ha sido el más aceptado y puesto en práctica, de ahí que el agua sea considerada un recurso.

El argumento de la escasez se une al de la necesidad biológica del agua, dando como resultado que la mejor manera de lograr la preservación de este recurso, es a través de las reglas del mercado. Pese a esto, Villa (2012) muestra que el grueso del consumo – y de la contaminación - del agua en el planeta es realizado por los sectores productivos industriales y agroindustriales de los países más desarrollados, y no por los hogares a los que van dirigidas todas las campañas ecológicas para su conservación.

En toda Latinoamérica ha quedado al descubierto la consolidación de una matriz extractivista dentro de los territorios (agua, minerales, metales, hidrocarburos, y productos ligados al agronegocio), como evidencia de un modelo de desarrollo de corte netamente capitalista que ha producido el desbordamiento de los límites para mantener el equilibrio ecológico del planeta y la consecuente degradación de los territorios.

Desde la década de los noventa, autores como Arturo Escobar (1998), han propuesto asumir los debates sobre el desarrollo como un discurso de poder. De modo que, antes que preguntarse por lo que no ha funcionado en el desarrollo para poder mejorarlo, se debe historizar su emergencia. A partir de este ejercicio, Escobar evidencia los avatares de cómo hemos llegado a ser producidos por el discurso del desarrollo. Así, la estrategia política y analítica no es mejorar y profundizar el desarrollo (como si esto fuese posible), sino la de interrumpir la naturalización con la que usualmente somos imaginados desde el desarrollo, evidenciar las narrativas y prácticas a partir de las cuales se ha desplegado todo un gobierno de otros y de sí en nombre de este.

Hacia comienzos del siglo XXI intelectuales como Maristella Svampa, suma a esta perspectiva el carácter irresistible del extractivismo, evidenciando cómo se ha reproducido un patrón de dominación de la dimensión político-económica colonial, que se sustenta en la sobreexplotación, la lógica de enclave en contraste con la expansión de las fronteras del capital y la reprimarización de las economías como parte de la renovación discursiva de este tipo de desarrollo. Es así como, lo problemático de esta noción de desarrollo, es que agudiza las peores estrategias de socavamiento de la naturaleza (Escobar, 1994; Esvampa, 2008; Gudynas, 2011), haciendo insostenible la vida dentro de los territorios.

Pese a esta matriz desarrollista extractiva y depredatoria, y a las degradantes condiciones en las que se encuentran la mayor parte de las fuentes de agua de la región, las comunidades han venido resistiendo y reclamando al Estado la decisión de no conceder el uso del agua a los agentes privados, lo cual significa, que están apelando a la responsabilidad de los gobiernos nacionales y locales para que preserven los derechos de la población y más aún, para que defiendan la vida en los territorios que tienen bajo su gobierno. Pero también, han desplegado prácticas y saberes relacionados con el manejo y uso del agua desde pueden evidenciarse que esas rupturas ya están sucediendo. De manera que este sistema territorial ha venido resistiendo a la cultura centralista, y se ha venido proyectando en la construcción de redes organizativas que desplacen esos centros y posibiliten la puesta en circulación de símbolos culturales comunes, que generen identidad y cohesión en medio de la diversidad, así como formas de desarrollo participativas, democráticas y en favor de la vida.

El Magdalena Medio se percibe entonces como un mosaico de culturas, intereses y conflictos que confluyen en un referente común: el río, como eje de transmisión a través de los tiempos, carácter en el que reside su mayor potencia por cuanto se constituye en punto de convergencia para construir una región con futuros y sentidos comunes y propios.




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* Gutiérrez Alarcón
Centro de Educación para el Desarrollo. Corporación Universitaria Minuto de Dios - CED. Bogotá, Colombia