El siglo XX ha sido escenario de una serie de genocidios en todo Occidente, mucho se ha escrito respecto de la violencia y del “mal”. Grandes discusiones teóricas y filosóficas se han desarrollado en búsqueda de explicaciones de los genocidios sucedidos durante ese siglo (y que no parecen en vías de desaparecer tampoco en este). La violencia es sin dudas una de las preocupaciones más generales y frecuentes de las ciencias sociales, me interesa en esta oportunidad pensar en particular la violencia ejercida desde los Estados. Los aparatos represivos estatales, en sus múltiples facetas, ostentan el monopolio de la fuerza legítima, es decir que serían los únicos autorizados a ejercer esa violencia física en términos legales.
Sin embargo desde esos mismos aparatos se han perpetrado los crímenes más espantosos, esa violencia legítima ha dado lugar a los terrorismos de Estado, los genocidios y los delitos de lesa humanidad en general, esto ha sido nombrado como el mal radical, el mal absoluto. La idea de la “banalidad del mal” formulada por Hannah Arendt reconstruye la centralidad del armado social de esas violencias, quienes fueron parte de esos procesos no fueron monstruos, ni siquiera muchas veces sujetos particularmente sádicos,
Si bien el término genocidio es un neologismo creado por Raphael Lemkin en 1944, los procesos de aniquilamiento previo remiten a épocas anteriores. Es sin dudas un debate abierto todavía si los genocidios cometidos durante el siglo XX tienen características diferentes que las matanzas anteriores o simplemente es un modo diferente de nombrarlas. Siguiendo a Feierstein entiendo que si bien el genocidio es la búsqueda del aniquilamiento de un grupo en tanto tal, hay algunas características propias de los genocidios modernos tanto en sus formas como en sus consecuencias que los hacen un fenómeno distinto.
A partir de estos procesos mi artículo avanza en preguntarse respecto de la construcción de la memoria colectiva en términos generales y en particular de las políticas de memoria. La construcción de un relato respecto de su propio pasado ha sido, sin dudas, una de las tareas de las que ninguna sociedad ha escapado históricamente. Las categorías para pensar ese pasado han sido, seguramente entre otras, las de historia y memoria, complejas cada una de ellas y en las múltiples relaciones que establecen entre sí.
Se ha dicho que la memoria es incluso capaz de cuestionar esa victoria que podría pensarse eterna de quienes han vencido. Aparece entonces la discusión respecto de la importancia la palabra de aquellas personas que están llamadas a construir esa memoria, que son a la vez víctimas y sobrevivientes, testigos y protagonistas.
Una pregunta atravesó el siglo pasado y todavía hoy no pierde vigencia, la necesidad del “nunca más” respecto de estos crímenes que acabaron con la vida de millones de personas, y el cómo lograrlo. En Argentina durante muchos años se buscó mediante indultos a los perpetradores de estos crímenes, y luego mediante las leyes de obediencia debida y punto final, tender un manto que cerrará definitivamente este proceso, e incluso las reflexiones que pueden suscitarse al respecto. Creo que en este punto el ejercicio de la memoria funciona como una práctica de resistencia, sin dudas parte de un continuum de resistencias mucho mayor practicadas desde los lugares más diversos.
El artículo aborda en primer término un rastreo histórico en las construcciones teóricas de la idea de memoria en el entendimiento de que la memoria puede concebirse según dos facetas, como un deber y un deber de manera dialéctica, entrelazándose de manera compleja. La posibilidad de la memoria y su necesidad; la prohibición a su ejercicio y la casi obligación que se genera. Sin dudas esta ambigüedad puede permitirnos entender, o al menos reflexionar sobre, cómo se han dado estos ejercicios de memoria que muchas veces intentamos problematizar.
Sin dudas esto implica un derrotero complejo, se ha hablado incluso de una “obsesión” en los últimos tiempos por la memoria, la experiencia vivida adquiere una forma propia de la modernidad, una vivencia individual, efímera, frágil. Esto ha llegado a aparecer incluso en múltiples formatos y recursos turísticos. La construcción de esa memoria es entonces, como puede verse, un terreno de disputa. Luego de esto no podríamos ya acercarnos a la idea de memoria desde una perspectiva ingenua en absoluto. La memoria es parte de una disputa que incomoda a quienes tiene poder, que modifica la forma de ver nuestras sociedades y que carga de una gran responsabilidad a quienes la practican.
Partiendo entonces de este marco conceptual intento avanzar sobre tres ideas particularmente, la memoria como recuperación de voces que intentaron ser desaparecidas (incluso físicamente), como una lectura que modifica las propias prácticas presentes y como ejercicio de resistencia.
La memoria, como se desprende de lo dicho, implica de algún modo la reconstrucción de un pasado basado en aquellas voces que no han sido las ganadoras, las que pudieron imponerse e escribir la “historia”, el relato oficial. De este modo no solo hablamos de relatos particulares, sino de aquellas que no han sido escuchadas.
Respecto de por qué interrogar esas voces vencidas, la historia ha sido contado por quienes han podido hacerlo, sin embargo, l*s vencid*s han tenido la memoria, su memoria, escrita en líneas heterogéneas, con faltantes, sin continuidad, incluso con contradicciones. Esa memoria recuperada desde la resistencia al discurso único funciona para, al menos, dejar de creer en ese progreso neutro, inofensivo, inocuo del que nos alertaba Benjamin.
La memoria de las/os vencidas/os, tal vez precisamente por no contar por un discurso oficial que se presente homogéneo, lineal y sin fisuras, se organiza a partir de las brechas, de los detalles.
Ahora bien, el hecho de que la construcción de la memoria sea un ejercicio siempre desde el presente podría parecer casi una obviedad, no solo porque quienes son sobrevivientes piensan desde su actualidad sino porque quienes resultan oyentes de esos discursos solo pueden escucharlos en la medida en que les resulten aprehensibles, asimilables a algo que les resulte conocido, a una pregunta que pueda ser por ellas/os formulada. Sin embargo, esa condición de pensarse desde el presente no implica un distanciamiento con una fórmula de veracidad de esos testimonios, la pregunta por la fidelidad aludida por Pilar Calveiro entre otras/os autoras/es tiene que ver precisamente con esto con la necesidad de que el repensar desde el presente no implique apartarse de aquello que sucedió y se recuerda. Entender los debates vigentes en cada momento histórico respecto de esa construcción es una condición necesaria para evitar las ingenuidades a la hora de analizar la categoría.
A continuación recuperar que el ejercicio de la memoria puede ser leído, en si mismo, como un acto de resistencia. Frente a la voluntad de imponer un determinado discurso, una historia, una versión, aparece la memoria, en las brechas, en las encrucijadas, en su complejidad y sus preguntas abiertas. Esta resistencia sin dudas no es ni más ni menos que un paso más en un largo camino de resistencias que pueden ejercerse incluso durante el genocidio. La memoria aparece, de este modo, en resistencia a un mandato de olvido; o en realidad a un mandato de construir una memoria donde quienes resultan vencidas/os no aparezcan. Está aparece directamente nombrada como una lucha, de algún modo como una resistencia directa enfrentándose, simplemente por recordar, a un poder dominante. La justicia es imposible en tanto posterior, no hay modo de llevar las cosas al mismo punto de comienzo, de desandar el mal ocasionado. Sin embargo es un reclamo estratégico, es una forma de al menos dejar de manifiesto el carácter injusto de lo sucedido, la deuda de resarcimiento que se genera como sociedad, la necesidad de intentar de todos los modos posibles cualquier grado de reparación, y sin dudas, una primera es volver a escuchar esas voces, aceptar esa memoria. Es interesante ver estos actos (muchas veces micro) de resistencia como un hilo conductor para estudiar estos procesos. Estos se han dado desde los propios campos de concentración que buscaban generar una permanente denigración de sus víctimas. Se establece entonces una disputa permanente, tal vez menos explícita que otras, entre la deshumanización intentada por los victimarios y la búsqueda constante de las/os prisioneras/os de su propia humanidad.
A partir de esta búsqueda de una memoria colectiva se han desarrollado las llamadas políticas de memoria, como una forma de entender y de interpretar esos pasados trágicos. Estas memorias logran colectivizarse y avanzar en relación a la memoria social siempre y cuando haya habido cambios en relación a la política imperante en determinados regímenes. Esto no implica en absoluto entender que mientras los estados no retoman esa memoria de las víctimas esta no exista, por el contrario hay otras multitud de manifestaciones de construcción de esa memoria, en la literatura, el cine, las narrativas populares que se han encargado de generar esa otro relato respecto de lo sucedido, ese relato que, como todos los de las/os vencidas/os se diferencia del oficial por ser fragmentario, inconcluso, e incluso muchas veces contradictorio. Sin embargo las políticas de memoria, organizadas desde el estado con la participación de otros actores es una muestra evidente de un cambio en una correlación de fuerzas, si quienes fueron víctimas hoy logran imponer determinadas consignas relatos o perspectivas es porque de algún modo su situación se ha transformado.
En este entramado de resistencia y poder entonces la memoria puede leerse, lejos de la neutralidad y la objetividad, como una disputa entre actores en relación al pasado pero también al presente y que pretende incluso transformar a partir de eso políticas que se encuentran en manos del Estado.