Resumen de ponencia
Las nociones de juego en el marco de la representación deportiva nacional: Puerto Rico en los Centroamericanos de 1966 y en los Panamericanos de 1979
*José Manuel Encarnación Martínez
Como atleta y como ser humano desarrollado en el mundo deportivo siempre me ha llamado la atención la forma en la que la prensa y la academia abordan las profundidades del ambiente. Tradicionalmente, en Puerto Rico las nociones que se han desprendido de estudios sobre el deporte no se han aventurado a enfocar la mirada desde una perspectiva amplia, donde este pequeño mundo sea pensado –más allá del juego, la recreación y el entretenimiento– como un fenómeno social de gran impacto, cuya profunda gama de complejidades –todavía hoy, con sus excepciones– mantiene abierta la puerta para que se atiendan múltiples asuntos que, para bien o para mal, permanecen bajo la sombra del olvido colectivo del país y, en términos generales, de la historia.
Ante eso, los objetivos de esta investigación historiográfica están enmarcados en la intención de elaborar una narrativa descriptiva y crítica sobre eventos deportivos que sirvan para entender que las complejidades envueltas en el deporte puertorriqueño, en el marco de nuestra condición colonial con los Estados Unidos y entendiendo el impacto internacional de una soberanía deportiva que no es sinónimo de autonomía en el escenario estatal, trascienden el imaginario del juego, del entretenimiento y la recreación.
Como lo planteó Kevin B. Wamsley, después de la Segunda Guerra Mundial, los Juegos Olímpicos [y añado: el escenario deportivo internacional] se convirtieron en uno de los espacios más importantes para poner en marcha de manera “simbólica” las políticas de la Guerra Fría. En ese sentido, en las olimpiadas llevadas a cabo durante este periodo convulso, las presiones generadas por la competencia [tanto política, como deportiva] extendieron los límites del rendimiento humano mucho más allá de las condiciones físicas de los atletas, así como de su desempeño y el del resto de los protagonistas del momento. Esto, a la vez que –a su modo de ver– ese devenir histórico se alineó con las nociones de progreso del siglo XX.
No obstante, más allá de las luchas de poder político y económico que marcaron la evolución del imaginario deportivo que aborda Wamsley, durante la segunda mitad del siglo XX la violencia y el fortalecimiento de movimientos independentistas alrededor del mundo terminaron avivando nuevos fenómenos sociales que bien sirven para conducir nuestra reflexión a un entendimiento más profundo sobre las nociones de juego en el contexto de la representación nacional y la identidad durante esos años de alta tensión social.
En Puerto Rico este fenómeno se ha hecho sentir y la historiografía parece no haber reconocido que, más allá de los datos, las biografías y la mención de hechos, también hay otras áreas que merecen atención y detenimiento. Los Juegos Centroamericanos de 1966 y los Juegos de Panamericanos de 1979 son dos espacios históricos cuyos contextos sociales reúnen problemáticas que al sol de hoy merecen pensamiento crítico.
Es claro que la soberanía deportiva ha sido una pieza fundamental en diferentes etapas de nuestra historia desde que Borinquen tuvo su primera aparición olímpica en los Juegos de Londres (1948). La definición de dicha soberanía no se materializó hasta julio de 1958, cuando el Comité Olímpico Internacional reconoció al Comité Olímpico de Puerto Rico como una institución “libre” del intervencionismo político norteamericano. No obstante, de acuerdo con el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, Puerto Rico está definido como un territorio no incorporado, por lo que para todos los efectos legales la soberanía política de Borinquen está sometida al poder congresional. En ese sentido, podemos inferir que –según estipulado en ley– el deporte no es interpretado como una instrumentalidad política sobre el papel.
Si bien Puerto Rico es deportivamente soberano y su condición territorial con los Estados Unidos limita las estructuras gubernamentales del aparato estatal, ¿hasta qué punto se puede confundir soberanía con autonomía deportiva y qué peso tiene eso al momento de pensar el deporte como una nación “indefinida” en términos de estatus? Es decir, queda claro que en el escenario internacional Puerto Rico cuenta con una identidad plena que se hace sentir mediante los poderes que otorga el Comité Olímpico Internacional. Sin embargo, esos poderes que avivan al Comité Olímpico de Puerto Rico y que ponen en marcha toda la logística para desarrollar deportivamente la colonia, no impiden que el gobierno territorial pueda manipular –según la filosofía política de turno (anexionista, separatista o colonial)– los objetivos y las prioridades para con el deporte nacional.
Y ese hecho hay que tenerlo presente, pues tanto en los Centroamericanos de 1966, como en los Panamericanos de 1979, [ambos celebrados en la isla] el gobierno de Puerto Rico estaba liderado por los poderes anexionistas, quienes hicieron todo lo posible por alterar el impacto político de los eventos y que, igual, a través de la historia se han dedicado a trastocar las capacidades del olimpismo boricua.