En esta ponencia me interesa explorar el vertiginoso desplazamiento, al cambio de milenio, de la memoria de la experiencia a la experiencia de la memoria, un eslabón más en la incesante crisis de la memoria instaurada por la modernidad. La instrumentación política e ideológica de la memoria, propiciada fundamentalmente por los estados e imaginarios nacionales, ha ido cediendo terreno a su instrumentación económica, auspiciada por los mercados y el principio de equivalencia general de la mercancía y el signo. Mientras la primera garantizaba al sujeto las confortables certezas de la identidad, la segunda le promete las seducciones inacabables del goce individual. Es así que la mercantilización de la vida y la experiencia ha despojado a la memoria del que fuera su referente último: la experiencia, convertida en mercancía, permite mercantilizar también la experiencia de la memoria. Y vale recordar que la forma mercancía es incompatible con la memoria. Se completa así el pasaje del homo politicus al homo economicus.
Este proceso revela la emergencia y propagación, a escala global, de un nuevo régimen de memoria, modelado de acuerdo a las tecnologías digitales sin duda, pero en última instancia ensamblado al régimen de acumulación biocapitalista y el modo de regulación neoliberal. La progresiva digitalización de la memoria —de vastísimas consecuencias de orden psíquico, cognitivo, político y social—, si bien es instrumentada por novísimas tecnologías de la memoria, se sustenta en (y a su vez sustenta a) una profunda transformación epistémica y civilizatoria. Este régimen de memoria está imbricado a la emergencia de nuevos modos de socialización y de vida, la plasmación de un nuevo modo de percepción (la configuración de un nuevo sensorio), la revolución de la concepción del tiempo y el espacio, la transformación de la experiencia y la irrupción de nuevas subjetividades.
Como consecuencia, la memoria —como práctica y experiencia, tanto individual como colectiva— experimenta un inédito y aceleradísimo proceso de desmaterialización, amnesia, obsolescencia, abstracción y privatización de consecuencias aún difíciles de estimar. La obesidad de la capacidad de archivo oblitera sus funciones cognitivas, la memoria de corto plazo fagocita la memoria de largo plazo y el presente absoluto de la experiencia de la memoria banaliza las huellas de la memoria de la experiencia.
¿Cuál es el impacto de estas transformaciones en América Latina? Si los traumas ocasionados por las violaciones a los derechos humanos incurridas por los regímenes neofascistas en las últimas décadas del siglo pasado avivaron un ingente y necesario trabajo de memoria que aún continúa, la urgencia en desatar el trauma primero, y la obsesiva, melancólica adherencia al mismo después, auspiciada por la exitosa interiorización e institucionalización de nuevos dispositivos de control social, ocultaron la emergencia y consolidación de un nuevo régimen de memoria de consecuencias mucho más profundas e insidiosas que los crímenes del terrorismo de estado, un régimen de memoria de dimensión mundial afín a las tecnologías digitales, la ideología neoliberal y el régimen de acumulación biocapitalista. A pesar de haberse implementado de manera desigual y a tropezones, el neoliberalismo transformó las sociedades argentina, chilena y uruguaya hasta la médula.
Mientras en Argentina la crisis de la memoria se ha librado fundamentalmente en el terreno político —y también en Uruguay, aunque en menor medida—, en Chile el anhelo de memoria se ha sublimado en fantasías hedonistas individuales implementadas desde el mercado. Si bien buena parte de la sociedad chilena continúa exigiendo el recuerdo de los crímenes neofascistas y la recuperación de memorias reprimidas, la concertación diseñada en los años ochenta por políticos liberales y socialistas fue enormemente exitosa en desplazar la crisis de memoria con el fin de preservar el status quo y expandir las políticas, instituciones y principios neoliberales implementados bajo el régimen neofascista. A pesar de su consolidación y del consenso social en torno al modelo neoliberal chileno, exhibido como un experimento económico exitoso y una democracia floreciente, varios intelectuales han expuesto vigorosamente el consenso cómplice construido en torno a una no-memoria neoliberal, condición de posibilidad de un sujeto individualista, históricamente insensible y socialmente autista, el homo economicus. Sin embargo, en Argentina y Uruguay —no obstante la retórica anticonsumista y la vida personal austera del Pepe Mujica—, el campo intelectual, salvo excepciones, permanece ensimismado en los efectos políticos de la crisis de memoria provocada por la represión neofascista, descuidando la mucho más radical, persistente e insidiosa aniquilación de memorias realizada por el nuevo régimen de memoria neoliberal. Y aquí también se juegan derechos humanos.