Discutir el significado de salud no es un asunto insignificante. El concepto de salud ha cursado grandes variaciones a lo largo del tiempo. En la construcción de este, intervienen de manera determinante, los procesos económicos, políticos e ideológicos que marcan el rumbo de la sociedad en su conjunto (López, et al., 2011).
Para la medicina, la salud se busca combatiendo las enfermedades y la muerte, en el caso de la enfermedad hay que reconocer que antecede a la muerte, ambas inevitables. Por consecuencia, como lo mencionan López y cols. (2011) “[…]buscar la salud a partir de la lucha contra las enfermedades y la muerte es, cuando menos, una utopía” (López, et al., 2011).
¿Entonces desde que perspectiva debemos estudiar la salud?
La reflexión sobre los fenómenos (enfermedades) colectivos, mencionan Hernández y Cols. (2007) es casi tan antigua como la escritura y está dada en sus primeras descripciones sobre todo a enfermedades de origen infeccioso, desde el papiro de Ebers que menciona las fiebres pestilentes probablemente por malaria en el Nilo alrededor del siglo 1500 a.C hasta la actualidad en donde la epidemiología y la medicina han evolucionado por lo menos en dos campos de estudio principales (López & Hernández, 2007).
El primero, la medicina convencional hegemónica, que ha hecho de algunas de herramientas principales la farmacología, microbiología, patología y la epidemiología y de este último, aunque configurado hace la comprensión del entorno social y convertida en “epidemiología social” anglosajona, basándose en el enfoque de los determinantes sociales.
De hecho, de acuerdo con López y cols. (2011) la incorporación del humanismo y las ciencias sociales para el estudio de la enfermedad y comprensión de la salud ha sido retardada debido a la tendencia actual del discurso utilitario: lo que puede ser medible, calculado y expresado en términos matemáticos, reduciendo la idea del mundo a expresiones más evidentes y pragmáticas (López, et al., 2011).
Para contrarrestar de lo anterior tenemos el segundo campo de estudio, la Medicina Social y la Salud Colectiva Latinoamericana que cree firmemente que a cada sociedad corresponde un perfil específico de enfermedad el cual está íntimamente relacionado con el modo de producción económica y la forma en que se vinculan la economía, la política y la cultura (López, et al., 2011), además de que expresan hechos socio-históricos que afectan a los colectivos humanos (López-Arellano, 2013).
La iniciadora de esta corriente fue la Dra. Cristina Laurell en los 70´s quien ha sostenido que la salud y enfermedad no son entidades separadas sino partes indisociables de un proceso al que denomina “proceso salud-enfermedad”, esta mirada es complementada por el Dr. Eduardo Menéndez, ya que analiza las conductas que adoptan las personas frente a la enfermedad y esto forma parte de lo que se entiende por salud, propone ampliar la categoría a la de proceso “salud-enfermedad-atención” (López, et al., 2011).
Esta visión es más compleja que la que propone la biomédica y epidemiológica convencional, además de facilitar aproximaciones transdiciplinarias que permiten descubrir relaciones, contradicciones y tensiones que se establecen entre lo biológico, lo psicológico y lo sociocultural en distintos momentos y contextos. Por lo tanto, para abordarlo implica desenredar lo procesos de determinación y distribución más allá de su causalidad próxima y de la biología (López-Arellano, 2013).
En palabras de la Dra. López-Arellano (2013) “La determinación social del proceso salud-enfermedad se refiere entonces a la existencia de procesos sociales complejos que modelan y subsumen a los procesos biológicos y psíquicos de las personas, que requieren ser reconstruidos teóricamente en términos de su configuración histórica” , el cual requiere entender las diversas articulaciones entre estructuras y sujetos sociales con así como la forma en que expresan sus modos de vida y perfiles de salud de los colectivos humanos (López-Arellano, 2013).
La determinación social identifica y jerarquiza los procesos del salud y enfermedad, en lo singular, particular y general, para comprender la dialéctica de lo humano y la génesis de las desigualdades e inequidades. Es decir que no privilegia ni al sujeto ni a la sociedad, recoge la categoría de modos de vida tanto en procesos de producción como de reproducción, deterioro y desgaste (Morales-Borrelo, et al., 2013).
Este enfoque contrasta con lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) problematiza la salud y la enfermedad, mediante los determinantes sociales antes llamados “factores de riesgo”, que mantiene como dominante el paradigma de la salud pública y epidemiologia convencional, en lo cual se apuesta a la gobernanza y a la mejora distributiva a través de buenas políticas manteniendo una medición, explicación y propuestas de transformación en los limitados márgenes de la “tecno-intervención médico-sanitaria” . En este enfoque, las desigualdades en salud en sí mismas no son intrínsecamente problemáticas, son el resultado de elecciones libres de una persona. (Morales-Borrelo, et al., 2013).
En cambio, para la determinación social, la inequidad es entendida como el resultado de las desigualdades sociales en las relaciones de poder y dominación, configurando una matriz de “triple inequidad” conformada por la inequidad de género, etnia y clase social (Morales-Borrelo, et al., 2013).
Por ello, como lo desarrolla Morales y cols. (2013) , la participación política de los sujetos en las relaciones de poder es fundamental para identificar los procesos de trasformación social y para construir procesos de emancipación efectivos (Morales-Borrelo, et al., 2013)
En este trabajo se analiza la importancia de utilizar esas herramientas y construir un marco filosófico basado en la justicia social al analizarlo desde la perspectiva de las capacidades en salud. Así la tutela en salud se torna en condición necesaria de justicia social. El enfoque de las capacidades introduce la idea para cada capacidad, por debajo del cual se considera que los ciudadanos no pueden funcionar de un modo “auténticamente humano”, así como la protección de la salud debe darse dentro de los umbrales mínimos de justicia y la meta social debería entenderse en el sentido de lograr que los ciudadanos se sitúen por encima de este conjunto de capacidades entre las que se encuentra la salud (Vélez-Arango, 2015).
Los Derechos Humano son avances que han surgido de los grupos de presión, y es necesario comprender la forma de insertarlos en la medicina social y salud colectiva ya que son herramientas de construcción histórico y social, capaces de detener el uso indebido del poder, restringir los poderes del estado (Arévalo-Álvarez, 2001) en donde el bien jurídico juega un papel fundamental, el cual cito:
“[…]puede ser definido como un “interés vital para el desarrollo de los individuos de una sociedad determinada, que adquiere reconocimiento jurídico”
Es decir, el bien jurídico es creado (lo cual equivale a decir que el interés vital es reconocido) por el Derecho Constitucional y el Derecho Internacional (Kierszenbaum, 2009);
Descrito lo anterior, existe una necesidad de realizar la construcción de ese interés colectivo llamado bien jurídico, para ser protegido por el del Derecho a la Salud, y así que se puede analizar desde el marco filosófico de las capacidades colectivas, con la cual se pretendería que se transformaran diversos contenidos normativos.
Hobbes mencionaba que dichos términos deben verse por separado (Magris, 2008):
“[…]un derecho consiste en la libertad de obrar, o de no obrar: allí donde la ley determina y obliga a una cosa en particular, de tal suerte que la ley y el derecho difieren tanto en obligación como en libertad”