En 2018 se cumplen 50 años de la edición de El derecho a la ciudad (1968), referencia irremplazable a la hora de pensar la ciudad a partir de una consigna que le da sentido político como territorio especifico de disputa.
Desde el comienzo, Lefebvre advierte que su abordaje se parece a la visión de un caballero andante, porque para entender algo tan complejo, dinámico, inaprensible y heterogéneo como es la ciudad se debe relegar la pura teorización en pos de atravesar una experiencia espaciotemporal. Es por eso que, como afirma David Harvey (2013), El derecho a la ciudad funciona simultáneamente como queja y reivindicación: del dolor existencial de una crisis agónica de la vida cotidiana en la ciudad a la exigencia de mirar de frente aquella crisis y crear una vida urbana alternativa menos alienada, más significativa y gozosa. Este trabajo transita entre ambas sensaciones.
Por una parte, la “queja” producto de las consecuencias de la crisis de los modelos de ciudad construidos globalmente y promovidos localmente a partir de la sinergia entre organismos internacionales, sectores privados y gobiernos locales, cuyos resultados más palpables son la precariedad, la desigualdad y la violencia. Una crisis de representación que, en clave urbana, significa que quienes hacen la ciudad no son elegidos para dicha tarea.
No obstante, se pretende un enfoque particular en la “reivindicación” de las alternativas propuestas por movimientos sociales y ciudadanos, que miran de frente a estos paradigmas dominantes construyendo y experimentando prácticas políticas que, en su misma existencia, anticipan otros modelos posibles y deseables de vida.
En concreto, es a partir de estas alternativas en funcionamiento que se propone analizar la actualización de los repertorios de acción colectiva urbana focalizando en la experiencia de Ciudad Futura en Rosario, Argentina, un partido de movimiento cuya clave distintiva es su lógica de construcción política, aquí denominada política prefigurativa, que se traduce y materializa tanto a nivel territorial como institucional, planteando una disputa simultánea en las tres dimensiones estructurantes de la realidad: el Estado, la sociedad y el mercado.
Crisis de representación urbana y movimientos ciudadanos
La socióloga italiana Donatella Della Porta (2015) acuñó el concepto de crisis de responsabilidad al referirse a la contracción de la capacidad estatal para contener y revertir procesos de creciente desposesión y desigualdad ante la actualización de formas de acumulación neoliberal, cuya característica más visible es la disociación entre las instituciones de representación democrática y el quehacer cotidiano de una parte creciente de la sociedad. Se propone pensar este concepto en clave urbana. Es decir, como una crisis de representación urbana que se manifiesta en la erosión de las practicas hegemónicas de representación y acción en las ciudades.
Se entiende que esta crisis excede la cuestión electoral. Más aun, es una crisis de representación urbana porque quienes deciden sobre la gestión concreta de los bienes comunes urbanos no son elegidos para dicha tarea y su motivación principal es la territorialización de la competencia y la ganancia económica. Lejos de reducir la importancia de las variables espaciales, la mentada financiarizacion del mundo tiende a exacerbar las características relevantes de cada lugar como un campo fértil para extender el espacio de la competencia. Sobre esa premisa se basa el modelo de “Ciudades Competitivas”, impulsado por el Banco Mundial e implementado como horizonte, a través de la intervención directa de cientos de gobiernos locales de diferentes tamaños y regiones durante la última década.
En el señalado contexto la ciudad de Rosario , Argentina, resulta ser un caso privilegiado de estudio por la cercanía con este modelo competitivo, principalmente por los cambios significativos que experimentaron las principales políticas públicas locales en los primeros años del siglo XXI. En un nuevo escenario económico, el gobierno local decidió ajustarse al crecimiento de la construcción, proceso tan contundente que recibió el nombre de “boom inmobiliario”, cuya conducción estratégica pasó principalmente por la iniciativa privada. Es así que el gobierno local, conducido por el Partido Socialista - que continúa hasta hoy desde hace 29 años - se convirtió en promotor de un giro especulativo-inmobiliario que incorpora la competitividad como valor central de sus políticas públicas. El nuevo paradigma propuesto se caracterizó por la fuerte sinergia público-privada cuya síntesis es el PLAN URBANO 2007-2017.
No obstante, el modelo de “concertación” y “articulación”, aparentemente virtuoso, mostró en la práctica numerosos conflictos que ofician de contra ejemplos a sus principales supuestos: desigualdad, desalojos, segregación urbana, economías informales y, como corolario, una inédita crisis de violencia urbana, cuyo rebrote significó un verdadero quiebre en la historia de la ciudad.
Pero la crisis de representación urbana se expresa tanto en la proliferación de conflictos como en la emergencia de nuevos sujetos, complejos y plurales, que son expresión de las principales problemáticas que atraviesan a los modelos de ciudad y, tal vez, el germen de algunas alternativas. Es el caso de Ciudad Futura, que surge en el año 2013 a partir de la confluencia de dos movimientos sociales autónomos -Movimiento Giros y Movimiento 26 de junio-, que desde hace una década promueven acciones en los territorios de la periferia en torno a las dos problemáticas estructurales del modelo Rosario: la distribución de la tierra y la violencia urbana .
Además de su origen, la novedad que aporta la experiencia de Ciudad Futura es que construye una interfaz entre la participación individual y colectiva de la ciudadanía a partir de una forma de organización compleja centrada en la construcción material de nuevas institucionalidades territoriales ampliamente participativas, lo que aquí se denomina practicas prefigurativas, es decir, anticipatorias de futuras políticas cuyo contenido y forma se alejan de las prácticas políticas tradicionales. La prefiguración en clave urbana podría sintetizarse como la creación de nuevas institucionalidades que anticipan otros paradigmas de gestión de los bienes comunes urbanos (la producción y distribución de alimentos, la cultura, la educación, etcétera) cuestionando y desbordando la lógica estatal-privada, a la vez que proponiendo alternativas realmente existentes al modelo de ciudad en crisis.
Pero también dicha experiencia condujo el camino de la disputa institucional a partir de la creación de un instrumento político local y provincial mediante la participación electoral. Por eso Ciudad Futura se reconoce como un partido de movimiento. Los proyectos prefigurativos -un tambo, una fábrica de quesos y dulce de leche, un bar/espacio cultural, dos escuelas secundarias, un jardín de infantes, un sistema de compras comunitarias contra la inflación, entre muchos otros- son traducidos en políticas públicas y programas electorales, lo que llevó a obtener cuatro bancas en el Concejo Municipal, constituyéndose como tercera fuerza política a nivel local, y expandiéndose a otras localidades del territorio provincial.