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Resumen de ponencia
La Territorialidad de los Comunes y la Geografía Feminista: la experiencia del colectivo de Geografía Crítica del Ecuador

Grupo de Trabajo CLACSO: Territorialidades en disputa

*Sofia Zaragocin



El Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador nació en Quito en 2012, formado por mujeres y hombres, geógrafas y geógrafos, investigadoras e investigadores sociales de diferentes orígenes, militantes comprometidas con el cambio social. A lo largo de estos años, hemos construido herramientas y análisis con el propósito de que sean útiles para la defensa de los territorios amenazados por los grandes proyectos del capital y, más recientemente, por el recrudecimiento del patriarcado. Frente a la amenaza del avance patriarcal, nos hemos enfocado en la lucha contra cualquier forma de violencia de género y en la lucha feminista en los territorios. Como Colectivo, hemos acompañado a diferentes organizaciones y comunidades, buscando apoyarlas a partir de herramientas prácticas y teóricas de la Geografía Crítica, a partir de la cual vamos ampliando y diversificando nuestras posturas teórico-políticas. En este sentido hemos publicado dos cartillas; una sobre geografía feminista y la otra sobre procesos territoriales en relación a los comunes. Debido a que los casos de estudio determinaron la utilización de los enfoques de geografía feminista y los comunes, en esta ponencia, estaremos reflexionando sobre la relación conceptual entre estos dos enfoques que han tenido muy poca interconexión teórica. A continuación, explicaré el razonamiento, detrás de las dos cartillas elaboradas por parte del Colectivo de Geografía Crítica, y algunas ideas que serán desarrolladas en esta ponencia.

Descubrir el componente espacial del género – para modificar lo que conlleva de violencia y opresión – es un aporte clave de las geografías feministas. Las geografías feministas agregan la mirada de género al análisis geográfico y sostienen que el espacio (re)produce relaciones de género y las relaciones de género (re)producen espacio. Las diferencias/desigualdades de género marcan definitivamente las experiencias socioespaciales de cada sujeto. Por ejemplo, ser mujer en una sociedad patriarcal significa muchas veces tener limitado el acceso al espacio público, ejercer roles específicos (y sumisos) en el espacio privado del hogar o del trabajo, así como roles y capacidad de intervención también limitados en el espacio comunitario. Al mismo tiempo, esos espacios se configuran de acuerdo a la segregación de género: calles donde se dificulta el tránsito de las mujeres, casas donde los espacios de cuidado son tradicionalmente asociados a la mujer, etc. El cuerpo de las mujeres, nuestro espacio más íntimo y primer espacio apropiado – el “cuerpo-territorio” – suele ser objeto de control y constantes violaciones, expresadas por violencias agresiones que van desde la moralización de las políticas de reproducción sexual – como la criminalización del aborto – hasta los feminicidios. El cuerpo, al mismo tiempo, recibe esas violencias y se modifica.

Las geografías feministas apuntan, por lo tanto, a desnaturalizar las jerarquías de género a partir de una mirada espacial, es decir, explicitando que las desigualdades y opresiones de género tienen una expresión espacial específica, que necesita ser desvelada si se quiere reinventarla en términos más justos y equitativos. Asimismo visibiliza las formas específicas en que las mujeres y los sujetos asociados a lo femenino, con sus cuerpos socialmente organizados por el género, viven y habitan la vida en relación con su inherente dimensión espacial. La geografía feminista, como campo político y académico, sostiene que las relaciones de género son socioespacialmente creadas. Las relaciones de género se crean con el espacio y por eso decimos que la lucha feminista por los territorios debe incluir también al espacio en sus análisis y propuestas.

A su vez, se ha hablado mucho de los comunes en los últimos tiempos. Para algunos, los comunes son bienes que hay que proteger frente a la llegada de las empresas, los especuladores o incluso el Estado. Son bienes que pertenecen a todas y todos, que todo el mundo puede utilizar y que hay que defenderlos de unos cuantos que pretenden apoderarse de ellos. Generalmente, estos bienes están muy ligados al territorio: los bosques, las montañas, el agua etc., aunque también pueden ser cosas un poco más abstractas, como la biodiversidad o la soberanía alimentaria. Los comunes, más que estos bienes a los que nos hemos referido anteriormente, son las formas por las que la gente se organiza para mantenerlos, para poder administrarlos sin que se agoten. Visto así, los comunes son procesos, no cosas fijas: una junta de agua comunitaria que tiene reuniones frecuentes para administrar el riego en su territorio, un grupo de mujeres que se organizan para crear y gestionar de forma cooperativa una guardería en su barrio o en su pueblo, el cabildo de una comunidad que se moviliza para decidir cómo gobernar su territorio y frenar la intromisión de empresas o el Estado. Habiendo remarcado la existencia de estas otras formas para que los pueblos e individuos puedan vivir una vida digna, conviene realizar algunas consideraciones. En primer lugar, estos mecanismos –cooperativas, organizaciones, asociaciones etc.- no están totalmente separados de los otros dos ámbitos mencionados (el mercado y el Estado). Muchas cooperativas de producción agropecuaria venden sus productos en las ciudades, o muchas asociaciones comunitarias que administran la biodiversidad de sus territorios reciben fondos de los Estados u organizaciones internacionales. A la hora de destacarlas y distinguirlas, lo que cuenta es cómo funcionan por dentro, qué tipo de lógicas rigen en la participación, la toma de decisiones, la distribución de los beneficios, la carga de trabajo, los mecanismos de sanción. Estos aspectos son las que las hacen diferentes en relación a los organismos estatales o las empresas privadas. En segundo lugar, este tipo de organizaciones no están exentas de problemas. No debemos de partir de una perspectiva romantizada según la cual las cooperativas u organizaciones comunitarias funcionan en un ambiente de justicia, equidad y armonía con la naturaleza, sencillamente no es así. Al igual que el resto de organizaciones que construyen los seres humanos, los modos en que este tipo de sujetos colectivos producen o administran los bienes de los que son responsables excluyen a ciertos grupos de la comunidad y benefician más a unos que a otros. Los barrios y pueblos se componen de grupos y personas muy heterogéneos que ejercen diferentes grados de influencia sobre este tipo de organizaciones que, en teoría, velan por lo común. La relación de los comunes con el mercado y el Estado y las relaciones de poder que constituyen a los comunes. Nos proponemos así realizar una geografía de los comunes realmente existentes. También queremos dejar claro que este documento no es una crítica gratuita sino todo lo contrario. Parte una necesidad sentida de reflexionar con las propias organizaciones de lo común sobre sus problemas y desafíos, sobre las maneras en las que pueden transformar las contradicciones mismas de la práctica, que todos los que hemos participado alguna vez en movimientos colectivos conocemos muy bien.

Esta ponencia se enfocará en la relación conceptual entre una geografía emergente feminista y una geografía de los comunes existentes. Las cartillas desarrolladas por parte del Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador se han nutrido de propuestas metodológicas y conceptos co-elaborados con las comunidades y movimientos sociales, por lo que el análisis que cruza miradas territoriales y feministas.




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* Zaragocin
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Ecuador - FLACSO. Quito, Ecuador