El regreso de la derecha a la administración del Estado en América Latina, provista de un aggiornado discurso de bienaventuranzas de derrames económicos, fundado en voluntarismos de ayuda y apoyo al emprendedurismo, ha revitalizado las alianzas entre el Estado, las organizaciones no gubernamentales, las entidades internacionales de crédito y el sector empresarial local y foráneo de diversa escala. Tales alianzas, en su conjunto existentes desde hace décadas, sino más de medio siglo, con objetivo en el llamado Tercer Mundo y enmarcadas en la idea-fuerza de Desarrollo, avanzan sobre el polo marginal de la economía con renovado vigor. Sin embargo, no todos estos actores conservan la misma preeminencia que hace algunos lustros atrás. Las organizaciones no gubernamentales parecieran cernirse en retirada en aquellos ámbitos donde las empresas han acomodado su discurso para absorber la gestión de su imagen social. Empresas verdes, solidarias, comprometidas, son algunos de los nuevos modismos de esta jerga. La combinación de proyectos empresarios ecológicos y con “compromiso social” se han ido desplazando hacia empresas cuya carta de presentación es dinamizar el “cambio social y ambiental” que, pocas veces supera el enunciado y, de hacerlo, acarrearía nuevamente considerables problemas sobre los “grupos objetivo” a los que pretende ayudar. Consideramos que este retorno de la “ayuda” como referencia de ciertas marcas (brands), evidencia un giro retrogrado y conservador sobre las ya nocivas campañas en gestión de imagen del sector empresario vinculadas a la “economía social”. En el caso de la producción de algodón biodinámico producido por un pequeño número de familias qom de Pampa del Indio, provincia del Chaco, Argentina, este se lleva a cabo a través de un proyecto del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) vinculado a una empresa argentina de las características antes mencionadas. Teniendo como antecedente un fallido proyecto de muy similares características en el marco del comercio justo y la agroecología, esta empresa -y las anteriores- centra su argumento de venta en el carácter solidario de la cadena textil al participar en ella actores “abandonados” por el Estado, quienes no reportan “ninguna actividad económica” y sobre los que la ayuda esgrimida –es decir la compra de la producción de algodón de determinadas características- produciría el anhelado “cambio social”. El componente étnico aquí es tan central como la caracterización de sectores marginados, produciéndose una mercantilización de la etnicidad. Sostendremos que la mercantilización de la etnicidad es un proceso que convierte en valor de cambio el carácter étnico de una población, objetivándolo mediante el encubrimiento de las conflictivas, históricas y asimétricas relaciones sociales, para inventar una otredad étnica estandarizada y universalizable. El valor de cambio de las mercancías, ya no reside en la cantidad de trabajo abstracto contenido, sino que se ha sumado el componente étnico que en ellas encierran. Es decir, ya no es solamente su condición de abstracción homogeneizadora en el intercambio de trabajo indiferenciado, sino que se genera plusvalor a partir del carácter distintivo y único que proporciona –invención mediante- la etnicidad. En esta particular relación el Estado, supuestamente ausente del todo, actúa como agente garante y subvencionador de la empresa, proveyendo el acceso –en este caso- a las familias qom, la asesoría de técnicos, capacitaciones, semillas y la gestión del proyecto. Inicialmente con ocho familias (2016) el proyecto cuenta hoy con la participación de sólo dos de ellas, cuestión que no ha mermado el mentado y grandilocuente discurso empresarial de la ayuda y el cambio social que se refleja en su comunicación institucional. Este proyecto se enmarca en un período de crisis algodonera que sufre hace décadas la provincia. Esta es una de las razones por las cuales se ha abandonado este cultivo en Pampa del Indio, puesto que no resulta económicamente rentable para el productor. Por otra parte, y contra el argumento empresario de rescatar este “cultivo ancestral”, el algodón tiene en la historia qom una larga tradición de explotación de su fuerza de trabajo vinculado a la colonización de la región por el Estado-nacional y a la perdida de sus territorios. No es este un cultivo ancestral sino uno de los medios por los que el pueblo qom se vio forzado a integrarse al mercado y a la sociedad nacional con el fin de sobrevivir. Nos proponemos en el presente trabajo, realizar una crítica a la mercantilización de la etnicidad, característica de los proyectos socioproductivos que vinculan a la población indígena con empresas privadas, desde la teoría de la colonialidad del poder y contraponiendo, a modo propositivo, la perspectiva proporcionada por la noción de solidaridad económica, puesto que pensar solamente en economía solidaria nos priva de la perspectiva histórica y de conjunción entre “lo” económico y la autoridad colectiva, vinculación necesaria para las transformaciones descolonizadoras. Para ello es preciso pensar las prácticas de la solidaridad económica comenzando por una revisión del contexto, el que debe ser acorde tanto institucional como en su subjetividad, recalando en el modo comunal de organización social y la democracia directa, resaltando la relación de interdependencia entre lo político emancipatorio y lo económico.