América Latina constituye un complejo escenario marcado históricamente por la tensión entre rasgos heterogéneos y procesos comunes. Su temprana integración mundial marcó el devenir histórico en el que se ha destacado frecuentemente su alta conflictividad e inestabilidad sociopolítica, así como la diversidad y heterogeneidad de los sujetos sociales presentes en sus luchas1.
Tomando en cuenta que la región constituye un amplio escenario de pueblos y tradiciones, enmarcados en una división territorial definida por las guerras de independencia y las posteriores guerras por la constitución de los Estados-nación más o menos similares, puede pensarse que estos ciclos de violencia podrían estar asociados a los mecanismos de acumulación de capital y las crisis cíclicas por las que atraviesan los distintos sistemas productivos en cada uno de los países analizados. Consideramos que las formas de solucionar las crisis de acumulación de capital son las que producen olas de violencia, por lo que el Estado, siempre en constante lucha y reestructuración, reorganiza sus fuerzas productivas y su territorio de dominación. Independientemente de los diferentes rumbos que los países de América Latina han seguido, los conflictos sociales, económicos y políticos aparecen como una constante durante la construcción de alternativas de organización social y política, sobre todo, la capacidad siempre presente de utilizar la violencia para organizar la dominación territorial y en la construcción hegemónica de nuevos sentidos.
Partimos de la idea que la producción de lo social se realiza a partir de un constante conflicto y reestructuración de las formas de violencia, ya que las formas organizativas existentes en la actualidad se generan al subordinar el poder material y subjetivo de los cuerpos, construyendo así diferentes territorios de dominación. Conflicto y violencia suponen, entonces, que el orden social se articule con los procesos de expropiación de la «energía» de los cuerpos y de sus condiciones materiales de existencia a partir de la producción de bajas humanas, lo cual tiene dos efectos: a) la construcción de una dominación objetiva sobre los cuerpos a partir de la muerte y la amenaza de muerte; y b) una construcción subjetiva de la propia existencia de quien ha sido derrotado. La baja humana en el sentido amplio de construcción de cuerpos derrotados –material y subjetivamente- es, entonces, el hecho a partir del cual se produce la ruptura de las relaciones sociales y se impone la realización de otras a partir de la muerte o la amenaza
de muerte. La muerte, al igual que la prisión para Foucault, contiene la paradoja de no servir a quienes se les ha privado de la vida, sino que es un instrumento de dominación para aquellos que aún siguen con vida.2 En este sentido aparece la idea de construcción de una territorialidad social.
De igual manera, para Žižek existe una violencia «sistémica», producto del funcionamiento de los regímenes políticos y económicos, que causa consecuencias catastróficas sobre las relaciones cotidianas, sin que éstas sean del todo visibles, pero que son el antecedente lógico de la violencia «visible»: «La violencia objetiva es precisamente la violencia inherente a este estado de cosas normal. La violencia objetiva es invisible puesto que sostiene la normalidad de nivel cero frente a lo que percibimos como subjetivamente violento».3 Al igual que Žižek, el surgimiento de la violencia como dimensión de análisis se ha renovado últimamente debido a que algunos países han pasado o están pasando por oleadas de profunda desintegración o reestructuración territorial con altos costos humanos. Llama la atención que a los tradicionales tipos de violencia sobre los cuerpos humanos parece haberse sobrepuesto otras nuevas formas, que visibilizarían nuevas expresiones del poder adquirido por nuevas fuerzas sociales también sobrepuestas a las tradicionales. Por ello es necesario hacer inteligible cuáles son los conflictos que se encuentran en la base de las formas actuales de violencia.
El objetivo del presente artículo es desentrañar los modos de territorialización de poder en la nueva etapa de globalización y transnacionalización del capital, cuya crisis da pie a nuevas formas de instalación de violencia. Es por eso que se busca reflexionar con base en las siguientes preguntas: ¿cómo se expresa la actual etapa de acumulación de capital en cada uno de los territorios elegidos? En este sentido, ¿cuáles son las formas que adquieren las bajas humanas y de qué modo son efecto de la conflictividad y violencias en cada uno de los países analizados?
Pensamos que en la actual etapa de globalización y transnacionalización del capital, lo que está ocurriendo en el territorio escogido para el análisis es una violencia subjetiva que expresa las condiciones de desenvolvimiento de una violencia objetiva a través de la reconfiguración de las relaciones sociales y ambientales que el capital financiero transnacional genera con la salida a la crisis de acumulación. Llamamos a esto la
reconfiguración territorial y es la base objetiva sobre la cual se asienta las nuevas formas de expresión de lo que vulgarmente se ha llamado “violencia”.
Para alcanzar este objetivo, se analizaron las bajas humanas producidas en cuatro países latinoamericanos con diferentes regímenes políticos: los casos de Colombia y México son paradigmáticos como regímenes de continuidad neoliberal; y los de Argentina y Bolivia, donde la historia de la violencia política ha estado presente de forma constante ya que sufrieron varias interrupciones del régimen democrático con fuertes y sistemáticas represiones por parte del Estado sobre la población y las respuestas organizadas y sostenidas de grupos armados contrainsurgentes, pero actualmente transitan por un proceso de reconciliación y redistribución del ingreso, convirtiéndolos en casos paradigmáticos de la transición hacia modelos progresistas en el cono sur.