Proponemos una revisión de la trialéctica del espacio lefebvriano: vivido (espacios de representación), percibido (práctica espacial) y espacio concebido (representación del espacio). Lefebvre, cuando desarrolla estos conceptos lo hace para crear una teoría unitaria del espacio, ya que el espacio antes de su teoría, para ser analizado era fragmentado y abordado por las distintas disciplinas según el campo de interés.
Por ejemplo, el espacio no es el mismo cuando se aborda desde una concepción disciplinar tradicional para un arquitecto, urbanista, geógrafo, sociólogo, antropólogo, economista, filósofo o artista, y ni se diga para un desarrollador inmobiliario. Lefebvre nos enseña que el espacio es uno solo y que posee tres faces que interactúan entre sí dando distintas combinaciones de problemáticas. En la producción del espacio Lefebvre señala que el espacio “real”, o lo que consideramos como espacio real, es la interacción inmanente, contradictoria y relacional de esta triple dialéctica.
Si bien cada una de estas tres fases de la dialéctica están en permanente conflicto, particularmente nos interesa la confrontación beligerante entre el espacio vivido (espacio dominado y utilizado por la gente de manera común y natural) y el espacio de representación (burócratas, técnicos, gestores), ya que es una lucha que consideramos clave para defender lo público y lo común de las ambiciones del capital en el presente.
Además, según Lefebvre, en esta dialéctica (vivido-espacio de representación) es central la política y la ideología. El pensamiento único de las clases dominantes, con sus técnicos, especialistas abordan el espacio –sólo- desde la perspectiva moderna, cartesiana, racional, ilustrada, fragmentaria, mercantil, por lo tanto capitalista, es decir, el espacio se lo entiende como mercancía. Saber descifrar estas luchas, sus arenas y poder entender lo que sucede en esencia se vuelve clave para las resistencias en la sociedad urbana (Lefebvre 1975).
Desde hace unos pocos años con la financiarización del capital, las contradicciones propias de producción del espacio capitalista se habrían acelerado de manera dramática, no solo afectando el medioambiente, sino amenazando la propia subsistencia de la especie humana creando una crisis múltiple o una crisis civilizatoria.
El espacio sometido bajo el modelo capitalista, utilitario y de necesario crecimiento exponencial ha construido en poco más de 200 años su propia era. El Capitaloceno habría comenzado con la revolución industrial, aunque con el cambio de milenio los geólogos advierten por un lado una aceleración exponencial en la devastación del medioambiente; y por el otro, revelan un dato societal positivo, aunque para nada suficiente, los investigadores señalan que por primera vez existe una toma de conciencia del impacto humano sobre el medioambiente global (Svampa, 2016).
En este contexto rotundamente adverso, grupos sociales heterogéneos luchan en defensa de sus territorios (sociedad urbana), además, importantes líderes mundiales desde hace algún tiempo expresan su descontento y arengan por un cambio que no sucede; por ahora, solos “gritan en el desierto”. Luchar por un trato diferente con el medio ambiente es luchar contra el sistema capitalista en su conjunto, una tarea de magnitudes colosales, que de igual manera, eclosiona en cada sitio, en la ciudad, en los pueblos, en los campos y en cada lugar donde se expresan los desequilibrios del modelo.
En este sentido, retomando a Lefebvre, los proyectos que crean el nuevo espacio son planes y proyectos “concebidos” y justificados por signos que oprimen lo “vivido” a partir de una cotidianidad programada que domina la vida urbana (Lefebvre, 1975). Esa planificación racional no pasa desapercibida y agita revueltas sociales sumando conflictos que explotan de modo intempestivo o como respuesta directa a las decisiones de racionalidad instrumental del poder en, y sobre, el territorio. La industrialización creada por los países centrales les impone una urbanización globalizada, que pretenden mantener en estado de “pureza europea” intentando contener las olas migratorias que desplazan las inequidades, mientras que a los países periféricos les asignan una urbanización desigual, violenta, dependiente y subordinada al interés del capital.
La relevancia de conocer el espacio y su historia nos permite desnudar el instrumento de realización de una hegemonía de clase, y por lo tanto, habilita una praxis emancipatoria y contrahegemónica. El modo de producción, que es a su vez medio de dominación, crea su espacio y acumula capital por producción, pero además, también lo hace por despojo (Harvey, 2005). En ese contexto, el “derecho a la ciudad” debe ser asumido como antídoto y bandera por las resistencias al modelo hegemónico de acumulación.