Resumen de ponencia
La recuperación del espacio y la construcción de bienes comunes a partir de las iniciativas autogestivas de huertas agroecológicas universitarias, estudio de caso en universidades públicas en Bogotá 2011-2017
*Angie Paola García Patiño
*Maria Camila Diaz Espitia
*Myriam Alejandra Morales Albarracin
Bogotá es una ciudad con un alto nivel poblacional, sus habitantes se localizan en el área urbana a pesar de que su área es mayoritariamente rural y la vocación de sus suelos sea agrícola. El 30,8% de la población se encuentran en precarias condiciones socio-económicas y tienen dificultad para acceder a sus derechos (El Tiempo, 2017); adicionalmente, parte importante de esta población proviene del campo colombiano y reside en Bogotá a causa del desplazamiento forzado, fenómeno por el cual se ha transformado la ciudad. Bajo este escenario se debe reconocer que las huertas agroecológicas familiares se han convertido en una alternativa frente a las múltiples problemáticas que en la ciudad devienen, ahora bien ¿Cuál es el papel de las huertas agroecológicas universitarias?
En la actualidad en Bogotá se encuentran siete universidades públicas y más de 40 de carácter privado; en algunas ellas existen huertas agroecológicas; para el fin de la presente investigación se examinarán las experiencia de las huertas de: Huerta Sin Nombre creada por estudiantes de la Universidad Nacional, Huerta Mama Coca de los estudiantes de la Universidad Distrital Francisco de Paula Santander y Huerta la Wawa, perteneciente al Colectivo Huerta Agroecológica la Wawa, comprendida por estudiantes y egresados de la Escuela Superior de Administración Pública ESAP. Cabe mencionar, que hacemos parte de esta última y por ello el ejercicio realizado en a la investigación dará cuenta de un proceso de reflexión que requiere el re-conocimiento de las prácticas realizadas, en las que se incluyen el intercambio de saberes sobre la tierra con las otras dos huertas seleccionadas, así como también la relación entre huerta-entorno.
Se abordan las tres huertas urbanas universitarias de Bogotá con el propósito de identificar su labor referida a la recuperación del espacio, fortalecimiento del tejido social, en el marco de la construcción de bienes comunes. En ese sentido, se recalca el accionar colaborativo que han tenido las huertas por lo cual se tiene en cuenta su gestión en la construcción de escenarios de re-encuentro y construcción de saberes. De tal modo, se pretende indagar si las prácticas huerteras en estas universidades conducen o no a la consolidación de bienes comunes; entendiendo aquellos no como activos, sino, como relaciones sociales entre un grupo y su entorno social o físico caracterizados por sus prácticas colectivas y no comercializadas (Harvey, 2013 citado en Jiménez et al 2017). No obstante, se considerarán diversos abordajes teóricos que propendan a un análisis más exhaustivo y en el que el concepto de bien común no se considera inmutable.
En virtud del tema, según la INTA considera que una huerta es un espacio destinado a la producción de hortalizas y frutales, y se entiende por agroecológico a todo sistema de producción sustentable en el tiempo, que mediante el manejo racional de los recursos naturales (Centro Regional Chaco Formosa, 2011). En ellas, se contempla la diversidad biológica y no se accede a la utilización de productos de síntesis química, así pues el propósito es brindar alimentos sanos y abundantes, manteniendo o incrementando la fertilidad del suelo. Las prácticas de cultivo en una huerta agroecológica permiten escoger qué comer y cómo conseguirlo, lo que en últimas es la posibilidad de autocuidado y conciencia con el medio ambiente propiciando soberanía y seguridad alimentaria.
Por ese motivo en Bogotá se ha construido todo un tejido en forma de redes organizacionales que buscan la recuperación de saberes ancestrales sobre el cuidado y uso de la tierra, espacios solidarios que comparten conocimiento, semillas y alimento, por medio de jornadas de trabajo o talleres en los diferentes espacios que comparten las mismas prácticas. Este tipo de acciones han logrado demostrar que la revolución tecnológica no puede permear estos conocimientos, ya que sólo son transmisibles de voz en voz:
“Esta capacidad de observación e interpretación difícilmente puede adquirirse únicamente en los libros: ha de ser transmitida por quienes la realizan a diario. Esta forma de transmisión, así como este tipo de conocimientos, han sido despreciados desde que la tecnología y los conocimientos técnicos de la ‘revolución verde’ lo invadieron todo. No se trata de idealizar a unos ni de desautorizar completamente a los otros, pero es necesario buscar diálogos entre saberes y, sobre todo, poner esos saberes al servicio de quienes los busquen y los necesiten ” (Herria, 2014, p14).
Puede decirse entonces que una de las razones por las que se constituyen estas huertas universitarias, se debe a las falencias que presenta la academia frente a la articulación teoría-praxis debido a sus preceptos tradicionalistas. En consecuencia, se logran rescatar saberes que se consideraban inexistentes, retomando saberes de la cultura campesina e indígenas propios del territorio colombiano . Adicionalmente la necesidad de esparcimiento en los estudiantes dentro de universidades públicas han llevado a que se den espacios vitales para la participación como son las huertas. De acuerdo a nuestra experiencia, los integrantes de cada organización estudian diferentes profesiones y tienen diferentes campos de acción, es evidente que estos espacios son la reivindicación de la lucha pacífica dentro de los establecimientos públicos de carácter universitario.
Por otro lado cabe decirse que el concepto de bien común se encuentra en un proceso continuo de construcción, en él se sostiene todo un sistema de autogestión, derechos de consenso, relación para el control, acceso y utilización de los recursos. Los bienes comunes son producto de la población, como comprensión social compartida de quién tiene derecho de usar los recursos y sus condiciones, pues “llamaremos comunes a la manera de gestionar en común los recursos colectivos que permite establecer principios de cooperación, intercambio y explotación al margen del mercado. Cuando se habla de bienes comunes y de la mirada de lo común, el cambio ha de ser a partir del tejido social, ya que lo contrario sería una mera gestión colectiva del capitalismo.” (Gutierrez & Mora, 2011)
Al aproximarse de manera crítica a las tres experiencias de huerta puede afirmarse que aquellas se constituyen como bienes comunes debido a que sus prácticas disputan con el carácter individualista promovido por el capitalismo. La conjunción de epistemologías del sur en la agroecología propenden a la resistencia. En esa medida, es inminente la ruptura de las relaciones de subordinación y explotación ante el ejercicio de empoderamiento estudiantil a través de las huertas. Dado que estos cuerpos sociales rechazan los sistemas de alimentación y de siembra homogeneizados, industrializados y trangenizados que imponen a la clase subalterna el papel de receptor-consumidor.
Debe aclararse, que la comercialización ocasional de los alimentos para la subsistencia y no para la acumulación de capital no implica que que las huertas pierdan su carácter de bienes comunales. Dado que parte de los ingresos percibidos se terminan retribuyendo a la huerta a través de insumos. Por otro lado, en estas huertas se observa que los actos transformadores se despliegan en territorios que desbordan la ciudad de Bogotá y que por supuesto incluyen diversas comunidades y territorialidades; lo anterior, permite la construcción de redes de apoyo ante la indiferencia institucional y del estudiantado. Cabe destacar que, el trabajo realizado con otras huertas urbanas, con algunos municipios en la zona cundi-boyacense y con el pueblo indígena Arhuaco de Jwerwa evidencian el encuentro de algo que trasciende a los actores que procuran constituir bienes comunes en zonas urbanas y rurales. Por lo cual, se atiborra la dicotomía agricultura-ciudad instalada desde la revolución industrial (Degenhart, 2016) y que ha venido resquebrajándose no sólo a partir de procesos de movimientos sociales, sino también, con el marketing realizado por la economía “verde”.
El no reconocimiento y la confrontación por parte de los actores institucionales frente a la apropiación de los espacios universitarios y la realización de procesos colectivos han desencadenado en la minimización de los esfuerzos realizados; en consecuencia han ocurrido disputas que terminan con el daño a los espacios construidos. Parte del estudiantado es indiferente a las prácticas colectivas que se proponen desde las huertas a pesar de la visión preponderantemente crítica con las que se etiqueta a las universidades públicas.
Las huertas han sido tomadas como puntos focales de conflicto al oponerse a decisiones irreverentes y organizarse para participar en las decisiones que incumben a la comunidad universitaria.Así pues, se ha logrado un avance en cuanto al reconocimiento de los procesos y a la aceptación de las huertas como espacios de cimentación de conocimiento y de participación, propios de la democracia que se estipulan en la constitución. Se han emprendido labores conjuntas que buscan la reciprocidad en virtud de generar mayor acercamiento entre los estudiantes y la autoridad.
Sin embargo, esto ha llevado a un debate desde las organizaciones sociales, en la medida en que las administraciones se acercan para permear las acciones de transformación y de cambio que buscan los estudiantes y demás miembros en las huertas y de este modo mantener el poder de control sobre los establecimientos. La disyuntiva de si es necesario el reconocimiento institucional permitiendo la pérdida de la autonomía colectiva es la cuestión más importante dentro de los espacios, pues se entiende que las huertas universitarias son procesos sociales solidarios que se enmarcan en reglamentos, pero que en su labor logran formar profesionales con l vocación de ayudar.