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Resumen de ponencia
Entre la masculinidad guerrerista y los tránsitos subjetivos de una masculinidad desarmada.

*Andrea Neira Cruz



Colombia vivió un conflicto armado por más de 50 años con una de las guerrillas más antiguas del continente: Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –FARC-; en 2016 el gobierno nacional, luego de un largo proceso de negociación desarrollado en La Habana, Cuba, logra la firma de un acuerdo de paz con dicha guerrilla. Más de 7.000 hombres dejaron las armas en el 2017, producto de este proceso; sin embargo, la agencia colombiana de reintegración –ACR- reportó a septiembre de 2016 la cifra de 15.374 personas desmovilizadas, no solo de las FARC sino de grupos paramilitares y el ELN.

Cerca del 88% de las personas desmovilizadas fueron varones. Estos datos muestran una prevalencia de hombres, jóvenes y adultos en edad productiva y reproductiva, provenientes de variedad de regiones, razas y culturas del país. Los estudios muestran que parte del éxito de la reintegración de estos sujetos está en los vínculos sociales que los acogen, la cercanía familiar, así como en el tratamiento de traumas de guerra (FIP, 2014). Pero también hay indicios de que el arribo de estos “guerreros” a sus comunidades correlaciona con dificultades de convivencia, agresiones por intolerancia, violencia intrafamiliar, violencia sexual y en general tensiones con el entorno socio-emotivo que los recibe. Creemos que este fenómeno social, debe ser analizado desde un lente feminista, pues es fundamental comprender cómo se configuran y reconfiguran ciertas subjetividades masculinas en estos procesos de transición y su impacto en la vida cotidiana y doméstica.
El instituto de estudios sociales contemporáneos, desarrolló durante el 2016 una investigación que intentó comprender como se configuran los cuerpos y las subjetividades de hombres que participaron en la guerra en diferentes grupos armados. FARC, (Guerrilla) Autodefensas Unidas de Colombia – AUC- (ejército para-militar) y expolicias. Para el año 2017 adelanta la investigación denominada Masculinidades y posacuerdos: experiencias cotidianas de reincorporación, cuyo objetivo ha sido indagar por ¿cómo se configuran los trayectos vitales de los excombatientes que transitan de mundos rurales a escenarios urbanos? Y ¿Qué singularidades del rol de género masculino militarizado (hegemónico) se ponen en tensión en las dinámicas de reincorporación a los entramados de la sociedad civil?
Al hablar de “reintegrar o reincorporar a la sociedad” se entiende que se hace un proceso para incluir a aquellos que habían estado excluidos de lo que conforma a las sociedades modernas. La constitución de una clase social a la que pertenecen los excluidos no solo da cuenta del fracaso de la promesa de los Estados de bienestar, sino que obliga a replantear el modelo de economía política vigente, así como las subjetividades que genera. Al desmovilizar excombatientes de grupos armados se les despoja no solo de su actividad sino también de cierta identidad, construida hasta el momento que conformaba su relato de vida en el marco de la guerra. Entonces, es de suponer que la sociedad prefiere una masculinidad articulada a un empleo semi-calificado a la de un combatiente; sin embargo, tal promesa es fallida pues el estigma de la pobreza suele acompañar la experiencia de reincorporación de los excombatientes.
Simultáneamente, al llegar a las ciudades ellos encuentran una serie de relatos que imponen un modelo de vida inalcanzable, de modo que en tanto excluidos de tales bondades se enfrentan a que entre más precarias son sus posibilidades más altas son las expectativas impuestas. A esto se suma la percepción de peligrosidad que persigue al excombatiente, y que tiende a clasificarlo como delincuente. En el mismo sentido que lo plantea Bauman (2011) estos “nuevos pobres”, conforman una “clase marginada”, conformada esencialmente por personas que se destacan ante todo por ser temidas y/o por su dificultad de inserción en las voraces dinámicas del consumo actual. Así, el vínculo masculinidad y postguerra se instala en los entramados del poder que prescribe ideales de subjetividad no siempre alcanzables (Nuñez, 1999).
De otra parte, se ha ido esclareciendo que el miedo, en tanto incertidumbre respecto de la trayectoria vital, se convierte en un recurso gestionable, pero sus consecuencias son aún impredecibles. En el contexto de un posacuerdo de paz lo impredecible deviene en tensiones que originan nuevos conflictos. De ahí la importancia de comprender el alcance de los acuerdos al interior de la vida diaria de los sujetos desmovilizados y en clave de género. Buscamos investigar el alcance doméstico de las negociaciones de paz para comprender las posibilidades cotidianas en la construcción de paz, entrelazada con los estudios sobre las masculinidades.
Partiendo de la idea de que la norma como tecnología de control social implica adoptar mecanismos de gestión, suponemos que la reincorporación –en tanto gestión de vidas humanas-, conduce al riesgo social; y que al momento en que cada persona debe enfrentarse a las necesidades implícitas en el proceso de resolver la propia vida se materializan riesgos indiscernibles en la rígida ley que se escribió pensando en situaciones ideales, pero que no logra dilucidar las pequeñas luchas cotidianas de la vida doméstica. ″Queda implícito que el ordenamiento social que requiere que los padres trabajen y las madres se ocupen de la mayor parte de las tareas de la crianza de los hijos, estructura la organización familiar. No está claro de dónde proceden esos ordenamientos y por qué se articulan en términos de división sexual del trabajo. Tampoco en oposición a la asimetría se plantea la cuestión de la desigualdad‶ (Scott, 1940). Entonces el tema de la reincorporación de masculinidades excombatientes de guerra no es menor, en tanto plantea tensiones en el orden diario de las estructuras sociales de género, y deviene por ejemplo en situaciones violentas donde usualmente el guerrero intenta reproducir las lógicas patriarcales como forma de existencia en el nivel de lo microsocial (Brett, 2000, Theidon, 2009,).
Por esta razón es pertinente el trabajo etnográfico, pues no ha existido una única manera de ser hombre. En diferentes momentos históricos y contextos socio-culturales, se han articulado experiencias y sentidos diferenciales que definen a hombres y mujeres concretas, en una multiplicidad de imbricaciones con otro conjunto de relaciones sociales como las de clase, edad, lugar y marcaciones racializadas (Nuñez, 1999; Connell, 2003). Como ha sido argumentado desde hace décadas por la teoría social, no se pueden confundir las identificaciones o marcaciones sexuales con las representaciones y prácticas de género (Butler, 2007). Ser hombre no supone una experiencia universal ni un entramado de sentidos que se expresen “naturalmente” en una única masculinidad. Por tanto, las masculinidades hay que pensarlas no solo en plural, sino también como anudamientos contingentes con relación a las identificaciones sexuales o las marcaciones corporales que operan en un momento dado.
En este sentido la presente ponencia presentará los resultados del trabajo de campo, desarrollado durante el 2016-2017 con excombatientes de las FARC y las AUC; en la Ciudad de Neiva y la ciudad de Bogotá, respectivamente; y las implicaciones que esto ha traído a la configuración de sus masculinidades.




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* Neira Cruz
Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos. Universidad Central - IESCO/UCENTRAL. Bogotá, Colombia