Política, Ambiente y Movimientos Sociales. El abordaje del documento "Laudato Si´", sus notas científicas e impactos políticos.
La crisis socio-ambiental es una de las características principales del mundo contemporáneo. A ell responde el 24 de mayo de 2015 la presentación del documento Carta encíclica Laudato Si´, por parte de Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco.
Dicho documento constituye un hito global en la conceptualización, divulgación y presencia en el escenario político de la problemática ambiental como problema humano- social- natural: ecología integral.
En lo referido a sus notas científicas, Laudato Si´, si bien no pretende ser un tratado científico, sí utiliza abundantes argumentos científicos e interpela a la comunidad científica. La crítica a la fragmentación de saberes, la crítica al paradigma tecnocrático dominante que utiliza su poder al servicio de los intereses parciales y que amplían las brechas de desigualdad y exclusión.
Analiza los principales problemas ambientales siguiendo en términos generales los planteos de los límites planetarios (cfr. Steffen et. al. 2015) establecidos por el cambio climatico, la contaminación química, el agujero de la capa de ozono, la contaminación por aerosoles, la acidificación de los océanos, los ciclos del nitrógeno y fósforo, el uso del agua dulce, la perdida de la biodiversidad y el cambio en los usos de la tierra.
En lo que refiere específicamente al cambio climático, el documento señala el inocultable consenso científico que existe acerca del calentamiento global y sus consecuencias, tomando los informes elaborados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Reconociendo la incidencia de otras complejidades como el nexo (energía-agua-alimentación).
El documento también adhiere al consenso científico en apuntar a la sustitución de combustibles fósiles, al desarrollo de energías renovables o a las tecnologías de acumulación, ahorro y eficiencia energética (Glaeser y Kahn 2009).
En varios momentos, además, el documento agradece a los protagonistas de este esfuerzo -tanto individuos como asociaciones o instituciones-, reconociendo que “la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales ha enriquecido el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones” e invita a todos a reconocer “la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para el desarrollo pleno del género humano”.
El recorrido de la encíclica está trazado en el n. 15 y se desarrolla en seis capítulos. A partir de la escucha de la situación a partir de los mejores conocimientos científicos disponibles hoy, recurre la tradición judeo-cristiana, detectando las raíces del problema en la tecnocracia y el excesivo repliegue autorreferencial del ser humano. La propuesta del documento es la de una “ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales”, inseparablemente vinculadas con la situación ambiental.
El texto está atravesado por algunos ejes temáticos, vistos desde variadas perspectivas, que le dan una fuerte coherencia interna: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.”.
El capítulo primero asume los descubrimientos científicos más recientes en materia ambiental como manera de escuchar el clamor de la creación, para “convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar”. Se acometen así “varios aspectos de la actual crisis ecológica". Así detalla:
a) el cambio climático: “El calentamiento es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad”. Si “el clima es un bien común, de todos y para todos”, el impacto más grave de su alteración recae en los más pobres, pero muchos de los que “tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del calentamiento”: “La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil”.
b) La cuestión del agua: El documento afirma sin ambages que “el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos.” Privar a los pobres del acceso al agua significa negarles “el derecho a la vida, enraizado en su inalienable dignidad”.
c) La deuda ecológica: en el marco de una ética de las relaciones internacionales, la encíclica indica que existe “una auténtica deuda ecológica”, sobre todo del Norte en relación con el Sur del mundo. Frente al cambio climático hay “distintas responsabilidades”, y son mayores las de los países desarrollados.
Este capítulo tres presenta un análisis de la situación actual “para comprender no sólo los síntomas sino también las causas más profundas”, en un diálogo con la filosofía y las ciencias humanas.
Un primer fundamento del capítulo son las reflexiones sobre la tecnología: se le reconoce con gratitud su contribución al mejoramiento de las condiciones de vida, aunque también “dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero”. “Son justamente las lógicas de dominio tecnocrático las que llevan a destruir la naturaleza y a explotar a las personas y las poblaciones más débiles. “El paradigma tecnológico también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política”, impidiendo reconocer que “el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social”.
En la raíz de todo ello puede diagnosticarse en la época moderna un exceso de antropocentrismo: el ser humano ya no reconoce su posición justa respecto al mundo, y asume una postura autorreferencial, centrada exclusivamente en sí mismo y su poder. De ello deriva una lógica “use y tire” que justifica todo tipo de descarte, sea éste humano o ambiental, que trata al otro y a la naturaleza como un simple objeto y conduce a una infinidad de formas de dominio.
Es la lógica que conduce a la explotación infantil, el abandono de los ancianos, a reducir a otros a la esclavitud, a sobrevalorar las capacidades del mercado para autorregularse, a practicar la trata de seres humanos, el comercio de pieles de animales en vías de extinción, y de “diamantes ensangrentados”. Es la misma lógica de muchas mafias, de los traficantes de órganos, del narcotráfico y del descarte de los niños que no se adaptan a los proyectos de los padres.
A esta luz, el documento afronta dos problemas cruciales para el mundo de hoy. Primero que nada el trabajo: “En cualquier planteamiento sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indispensable incorporar el valor del trabajo”, pues “dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad.”
La segunda se refiere a los límites del progreso científico, con clara referencia a los organismos genéticamente modificados, que son “una cuestión ambiental de carácter complejo”. Si bien “en algunas regiones su utilización ha provocado un crecimiento económico que ayudó a resolver problemas, hay dificultades importantes que no deben ser relativizadas, por ejemplo “una concentración de tierras productivas en manos de pocos”.
La carta señala en particular en los pequeños productores y en los trabajadores del campo, en la biodiversidad, en la red de ecosistemas. Es por ello necesaria “una discusión científica y social que sea responsable y amplia, capaz de considerar toda la información disponible y de llamar a las cosas por su nombre”, a partir de “líneas de investigación libre e interdisciplinaria”.
El núcleo de la propuesta de la encíclica es una ecología integral como nuevo paradigma de justicia, una ecología que “incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea”. De hecho no podemos “entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida”. Esto vale para todo lo que vivimos en distintos campos: en la economía y en la política, en las distintas culturas, en especial las más amenazadas, e incluso en todo momento de nuestra vida cotidiana.
La perspectiva integral incorpora también una ecología de las instituciones. “Si todo está relacionado, también la salud de las instituciones de una sociedad tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana: “Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales”.
Con muchos ejemplos concretos el documento iilustra su pensamiento: que hay un vínculo entre los asuntos ambientales y cuestiones sociales humanas, y que ese vínculo no puede romperse. Así pues, el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma, porque “no hay dos crisis separadas, una ambiental y la otra social, sino una única y compleja crisis socioambiental”.
Esta ecología ambiental “es inseparable de la noción del bien común”, que debe comprenderse de manera concreta: en el contexto de hoy en el que “donde hay t