Esta participación parte de la idea de que la comunicación es un efecto de poder en la medida en que articula un discurso que atraviesa las relaciones sociales en todas sus escalas afectando las formas de vida. En ese horizonte, la comunicación halla materialidad a través de lenguajes que cirulan y se sedimentan en espacios o esferas de producción de sentido particulares; una relación espacio-tiempo que acota formas de subjetivación. En este caso, el que resulta de interés es el protoartístico, inserto en el religioso.
El espacio artístico gana su autonomía hasta el siglo XVIII en la emergencia del paradigma moderno. Antes, durante la época clásica se halla incrustado en el religioso. Tal transformación fue lenta, pero no por eso anodina. Particularmente en las formas de socializar, a través de las estructuras eclesiásticas, el llamado divino a la salvación individual donde el ejercicio de la piedad personal jugó un papel determinante.
En este contexto, el protoarte (como actividad artesanal, si bien desdibujado, todavía gremial) operó como un promotor de las muestras del amor al dios cristiano mediante la producción y socialización de objetos tanto en espacios públicos como en privados. En tanto pautas, los objetos se convirtieron en dispositivos de los modos de subjetivación del llamado a la santidad en la práctica de la mística: la oración contemplativa. La imitación de una figura ejemplar como Santa Teresa de Ávila, fue un elemento importante para reforzar el discurso de la iglesia cristiana de occidente en tiempos de reformas religiosas, políticas, sociales y económicas.
Sin embargo, la contemplación como estrategia de producción de subjetividad; un ejercicio personal, propició el deslizamiento de las normas que producen al cuerpo del creyente fervoroso debido a que en el espacio privado e íntimo, lejos de la mirada del guía espiritual pero en apego al fervor religioso, se dieron actos de intraducibilidad entre el encuentro divino y la pasión. El resultado es una imitación infiel de la práctica original que deriva en la nebulosa de la pasión: los vaivenes y traslapes entre lo carnal y lo espiritual. Ante todo una apelación ética de una práctica íntima relacionada con la fe.
La intervención cierra con comparaciones entre las pautas observadas en la producción pictórica y escultórica –del siglo XVI– en torno a Santa Teresa de Ávila que ejemplifican el encuentro místico o éxtasis y testimonios del mismo periodo sobre las prácticas de oración relacionadas con esa experiencia. De lo anterior, se identifica que tales comportamientos sintetizan modos de subjetivación que, entre el tránsito de un paradigma teocéntrico a otro antropocéntico, expresan la explosividad de los cambios de gran escala al mismo tiempo revela la mutación del cuerpo contemplador de lo místico-religioso en el cuerpo liberado en la revelación de sí mismo a través de la contemplación de la obra artística. En este sentido, el deslizamiento de la norma es determinante. A su vez éste es la resultante accidental de la superposición o proyección de esferas distintas de la eclesiástica, como la económica, la social (cotidiana) y la política.
Para llevar a cabo el objetivo de mostrar las articulaciones entre la producción protoartística y la producción del cuerpo místico en el cambio de la época clásica a la moderna, se recurren a autores provenientes de distintos ámbitos. Primero se abreva de Emilio Mitre, Philippe Ariés y Georges Duby a fin de esbozar el marco contextual, especialmente en el latino y de ahí, el misticismo castellano. Larry Shiner y Arnold Hauser son de utilidad para delinear el campo artístico emergente entre los siglos XV y XVI. Asimismo se recurre a Yuri Lotman para definir los espacios de generación de sentido en procesos de cambios explosivos. Finalmente se acude a Foucault para explicar las articulaciones entre objetos protoartísticos, dispositivos y producción de un cuerpo que expresa la transición epocal y a María Luisa Bacarlett para señalar los deslices de la norma.