Con el pasar de los años, y con la noción de monetizar los eventos deportivos profesionales, el acto del “juego” parece regirse cada vez más por las reglas del espectáculo que el juego mismo. Es decir, los reglamentos de competición se modifican para apelar más a la base generadora de ingresos; se regula la unicidad mediante códigos de vestimenta, se oprimen las expresiones emocionales, frustraciones o ideologías—dentro y fuera de la cancha—mediante sanciones como multas, entre otros. Desde el ejemplo de la liga de baloncesto profesional estadounidense (NBA), este ensayo abordará cómo se ha modificado el rol de los baloncelistas profesionales hasta convertirlos en figuras dóciles cuyo único fin es el entretenimiento, más allá de competir o “jugar”. La ponencia se desplaza de un lado a otro, dentro y fuera de la cancha, realiza una comparativa del baloncesto en sus inicios con su versión actual. Por ejemplo, en el 1891, este deporte, podría decirse, era sumamente sencillo y solo consistía de 13 reglas. Creado por el doctor James Naismith, el juego proponía una actividad física bajo techo para estudiantes durante el invierno. El primer encuentro se llevó a cabo con equipos de nueve jugadores luchando por encestar una bola de fútbol (“soccer”) en canastos improvisados antes que finalizaran las dos mitades de 15 minutos cada una. De provocarse un empate, los capitanes debían determinar si el juego continuaba. Al presente, el invierno es solo un factor que motiva la venta de mercancía acorde con la temporada. La NBA cuenta con sobre 100 reglas, entre ellas el que solo cinco jugadores por equipo pueden estar en cancha a la vez y el encuentro se divide en cuatro parciales de 12 minutos cada uno. Asimismo, la posesión de la bola es limitada por tiempo y los empates son resueltos con cinco minutos adicionales de competencia. Se alienta la acción rápida y prodigiosa y cada noche debe finalizar con un solo vencedor, nada de empates o igualdades. Algunas instancias en donde sobresale la intromisión del comportamiento espectacular en el juego son el llamado “phantom cam” y la porción “wired”. La primera consiste de cualquier tiro de cámara que no provenga de la transmisión principal y puede ver a los jugadores mientras están sentados en el banquillo o mientras están en cancha pero la acción no necesariamente se enfoca en ellos. La segunda revela la existencia de micrófonos ocultos alrededor de la cancha y graba el audio de los jugadores mientras preparan jugadas o de los dirigentes al dar instrucciones. “Aquí, mirar no solamente es vivir, sufrir, esperar y comprender, sino que es también, y sobre todo, decirlo con la voz, con el gesto, con la cara: es manifestarlo ante el mundo entero. En una palabra, es comunicar” (Barthes, 2003). Ambas contribuyen a la vigilancia y visualización constante de los actores del espectáculo. En esa línea, resulta menester discutir el rol de los jugadores, quienes, más allá de incurrir en una práctica atlética, asumen el rol de “mercancía” dentro del andamio espectacular de la liga profesional. Como explica Debord (1967), el mundo visto a través de los ojos del espectáculo es uno en donde las mercancías dominan lo vivido. El estudio se basará entre otros trabajos, en las obras de Guy Debord y Mario Vargas Llosa, La sociedad del espectáculo y La civilización del espectáculo, respectivamente, para definir el término “espectáculo” y cómo es distinto al juego, “actividad que envuelve un nivel de pretensión, un encuadre de simulación” (Dávila, 2005). Igualmente, es un análisis cualitativo enfocado en un caso específico, la NBA y sus reglamentos a lo largo de su historia, con particular énfasis en el 2005 (NBA Dress Code) y la política sobre descansar jugadores (2010). Además, se presentarán ejemplos que sostienen la sospecha inicial: con la profesionalización, llega el espectáculo y, por tanto, se pierde la crudeza del deporte, lo brusco y lo comúnmente catalogado como ‘real’ para darle paso a la suavidad, lo manso y superficial que todos puedan consumir.