La educación pública, catalítico del desarrollo de muchos pueblos del mundo, se distancia del horizonte social y ético-político de Puerto Rico. El andamiaje para el desarrollo social, que fue pilar de progreso, sostén del derecho democrático y esperanza para la familia puertorriqueña, colapsa como ha colapsado dramáticamente el contrato social del país.
Históricamente, hasta finales de siglo XX y por principio constitucional, el gobierno asumía la responsabilidad del alcance educativo de sus recursos humanos con el fin facilitar su desarrollo integral y por ende su movilidad social. Con altas y bajas, Puerto Rico tuvo educación auténticamente pública, accesible y funcional desde primaria hasta la Universidad. Tanto las escuelas como los recintos del primer centro docente del país, fueron espacios de desarrollo para el puertorriqueño porque se interpretaban como un medio relevante de inversión social. Cada ciudadano, aún con los retos naturales que representa asumir un proyecto formativo que impacta la vida, tenía la oportunidad de romper el círculo de pobreza familiar y comunitaria desde donde emergió.
Sin embargo, en las últimas tres décadas, las fuerzas políticas del país han fijado su mirada sobre el modelo neoliberal como punta de lanza de su gestión. Así se han alineado agresivamente en contra de los principios que sostienen el paradigma de lo público y han emprendido agresivamente el proyecto de la privatización. Mediante la aplicación de una estrategia de gradualidad, combinada con seducción mediática y una intensa terapia de persuasión, enfocada en el descrédito de los servicios y la acusación de baja calidad, el cuerpo místico de la oligarquía puertorriqueña impulsa una reconceptuación general de la economía, de la educación y de la vida, siempre favorable a sus intereses.
Estamos planteando que la privatización de las instituciones públicas, inicia un cambio dramático en el rumbo de la educación en Puerto Rico, tanto a niveles escolares como universitarios. Interpretamos de esta tendencia, indiferencia y predisposición manifiesta en contra de toda iniciativa que valore la justicia social y a su vez priorice en la responsabilidad del gobierno con el bienestar común de los jóvenes y su futuro en un contexto democrático. Sostenemos que el Estado claudicó a sus fines y ha optado por responsabilizar a cada ciudadano por su desarrollo educativo, pasando por alto la realidad social y por tanto su capacidad de persistir y salir adelante, a menos que pague o se endeude.
Tal circunstancia alimenta una vorágine que además pretende reubicar en manos particulares numerosos activos y propiedades valiosas del país, al servicio de un sector que actúa y responde a base de la lógica del mercado. En la última década, por ejemplo, 700 escuelas públicas se han cerrado en Puerto Rico y se habla de cerrar recintos de su única universidad pública, entre otras medidas que suponen austeridad al justificarse sobre la base de una enorme deuda pública. Exponemos la vulnerabilidad del ciudadano joven en sus múltiples expresiones sociales, particularmente en su nivel de competencia cívica, en su capacidad de alumno que se desarrolla a nivel personal, ético-político y en su conciencia de interdependencia global. Levantamos la mirada sobre los matices periféricos de la injusticia geográfica, de vertientes doctrinarias en el aprendizaje, de la previsible desaceleración del ascenso social de la mujer, de los elementos del proceso en que el Estado delega el liderato y asume un rol de mediatizador que redefine ciudadanía y crea una otredad de facto marginada.
En fin, nuestro trabajo observa a la educación pública frente a las políticas neoliberales y los matices de la vulnerabilidad estudiantil en Puerto Rico. Los jóvenes emprenderán hacia un paradigma de vida que malogra inclusive, cualidades esencialmente humanas, como la colaboración, la solidaridad, la empatía, la unión por un proyecto común que visualice el destino de la nación. Postulamos que esta nueva etapa en la historia de Puerto Rico se caracteriza por cierto matiz Nihilista, en el que todo valor o significado socio-cultural, incluyendo la identidad y la idiosincrasia, el sentido patrio y por tanto la consideración del patrimonio histórico, cultural y natural, sucumbe frente al valor de cambio.
El Puerto Rico de hoy y sus generaciones venideras estudiarán en condiciones adversas para la construcción de un porvenir exitoso. De contraer un compromiso académico para potenciar su talento, habrán de enfrentar retos de gran complejidad. Tendrán que emprender con grandes limitaciones en la compleja pseudo-democracia que se les ha diseñado a su medida y que le sirve al neoliberalismo. Todo eso en medio del coloniaje político-económico, ese que no reconoce valor alguno en la educación emancipadora de los pueblos y que entrega sus recursos a unos pocos. La vida del estudiante en Puerto Rico será sobrevivir y su lucha, cómo cambiar su mundo sin tener el poder.