Como cualquier espacio educativo, nuestro campo, el de la Educación Artística, modifica los argumentos que le dan sentido a su existencia como materia enseñable a medida que el campo artístico se modifica, pero también a medida que las demandas de las instituciones de enseñanza van cambiando y el mundo social mismo va necesitando otras propuestas para la enseñanza integral de los sujetos. Asimismo sostenemos que un campo de conocimientos crece cuando se discuten sus supuestos y sus certezas.
Estamos convencidos que el arte es un terreno de conocimientos, se entretejen en él muchas particularidades, especificidades y también las experiencias mismas de ser, como práctica social, una experiencia contextualizada, política y anclada en la cultura.
El arte forma parte al decir de C. Geertz del sistema cultural, las representaciones visuales son mediadoras de significados histórico-sociales. Desde este enfoque podemos pensar el rol de las imágenes en la construcción de las representaciones sociales y la complejidad que implica la mirada sobre “los otros”, es decir, la puesta en juego de los regímenes de visión, el problema del ojo ilustrado del que habla Eisner, pero también el lugar que ocupan las imágenes cuando se trata de dibujar socialmente la diferencia., es decir la cuestión del multiculturalismo en términos del “conocimiento del otro.”
El conocimiento del que hablamos no implica una facilidad para moverse de una cultura a la otra, para dejarse para entrar en un contacto cultural profundo, de comprensión de “lo otro”. El multiculturalismo contiene, como dice Peter Mc. Laren, por un lado la primacía del blanco y por otro una hibridación discutida: “No somos ciudadanos autónomos que puedan elegir conforme a la moda las combinaciones étnicas que deseamos para recomponer nuestra identidad (…) no es honesto aseverar que las identidades pluralizadas e hibridizadas son opciones que están al alcance de todos los ciudadanos. (…) La división del trabajo asociada con la con la organización política y las políticas del mercado regulan las opciones y con frecuencia socavan su resultado. (..) Es decir que el discurso de la diversidad y la inclusión suele afirmarse en suposiciones ocultas de asimilación y consenso que sirven como modelos democráticos de neoliberales de identidad”. 1 (1998: 57)
La educación artística entonces puede acercar a la comprensión de las contingencias del sujeto en cada léxico, como una apuesta democrática a la comprensión de las diferencias en las que cada uno de nosotros ha de inlcuirse.
“La vía para que la educación artística contribuya a la reconstrucción social no se deriva de la pretensión de que el arte sea vehículo de expresión de ninguna esencialidad sobre lo humano o de que la educación artística pueda llegar a ser el vehículo para desentrañar los resortes de poder ocultos tras las narrativas estéticas proporcionando las pautas para la liberación personal y social. Es más bien la capacidad del arte para evocar lo contingente e imaginar nuevos léxicos, lo que hacer posible ampliar nuestra sensibilidad hacia las contingencias del “otro” y con ello ampliar el nosotros- en lugar de comprender al “otro” abriendo el abanico de lo que puede ser objeto de nuestra solidaridad. Las experiencias artísticas y estéticas proporcionan una diversificación de las experiencias, sensibilidades y creencias personales que, en última instancia y de acuerdo a un paradigma moral basado en la igualdad, el respeto al otro etc, puede dar lugar a una mejora de las relaciones sociales, una mayor identificación con las sensibilidades estéticas de los otros y con ello de su manera de estar en el mundo y de enfrentarse a él”. 3 ( 2005: 338)
Podríamos decir que esto es posible desde la perspectiva de la cultura visual, que se construye como una forma de organización socio-histórica de la percepción visual. Se construye como una regulación de las funciones de la visión y de sus usos epistémicos, estéticos, políticos y morales. La experiencia visual y el poder de la visión están atravesados por las dimensiones fenomenológicas de la imagen y de la mirada, remiten en términos de Abril a un exterior imaginario, que no es sólo visual, sino que está mediado por un querer/ver y querer/saber/poder, que a través del deseo reciben en cada contexto socio-cultural determinaciones particulares. El juego de interacción entre las formas de mirar en los contextos de cotidianeidad provoca una modulación en las relaciones sociales, en las jerarquizaciones y los reconocimientos, es decir en las luchas por la legitimación social. En ese entretejido se juega una autoimagen y una heteroimagen identificatoria. La cultura visual como enfoque se compromete a elaborar políticas culturales, ya que los modelos culturales antropológicos y artísticos se basan en poder hacer una distinción entre la cultura de una etnia, nación o persona que coexisten y disputan sentido.