La discusión sobre pobreza energética en Chile y el mundo ha comenzado poco a poco a posicionarse como un problema relevante en la opinión pública, el sector público y la academia. No obstante su relevancia, esta problemática aún no ha sido observada con un enfoque de género en nuestro país. Por ello, la siguiente ponencia problematiza ambas categorías para el caso chileno en base en la revisión de fuentes secundarias, específicamente la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) y la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT). Ambos documentos entregan información relevante respecto a las características generales de población vulnerable, que ve incrementada su condición de vulnerabilidad al sumar al análisis elementos asociados a la pobreza energética y las desigualdades de género.
La discusión da cuenta de cómo en un contexto de feminización de la pobreza, la pobreza energética afecta también de forma diferenciada a la población, al considerar la división sexual del trabajo como un elemento clave respecto a la cantidad de tiempo que dedican las mujeres al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de otros segmentos de población vulnerable (especialmente niños/as y personas mayores). Ambas actividades ocurren al interior de la vivienda e implican una serie de acciones que requieren de la gestión del acceso y del uso constante de diversas fuentes de energía para satisfacer necesidades como calefacción, cocción, refrigeración y conservación de alimentos, agua caliente sanitaria, entre otras. Visualizar este cruce permite observar una situación que acentúa la vulnerabilidad de un segmento de la población.
Finalmente, se reflexiona en torno a la necesidad de visibilizar esta situación a través de la producción de información que permita caracterizar este fenómeno, tanto a nivel científico como por parte del sector público, para avanzar en políticas públicas responsables y a la altura de los tratados internacionales ratificados, que permitan mejorar la calidad de vida y fortalecer el desarrollo humano de esta población, siempre en el marco de procesos de transición energética y desarrollo sostenible.
Las desigualdades sociales se estructuran en base a diversas vulnerabilidades que sufren las personas, las que se evidencian en algunos grupos más que otros. Esto se traduce en exclusiones de un sinnúmero de bienes y servicios y en la precarización de la calidad de vida material y simbólica de estas personas. Los grupos afectados mayormente por la desigualdad han sido históricamente parte de los “excluidos”, como mujeres, inmigrantes, locos, pobres, delincuentes, entre otros. Para el caso de este artículo, es la variable género la que se pondrá en escena.
El género es una variable indicadora de desigualdad y vulnerabilidad, en el entendido que ser mujer u hombre limita o posibilita distintas formas de desarrollo. Diversas(os) autores se han dedicado a describir la realidad de esta desigualdad, teorizando sobre las condiciones de posibilidad de emergencia, permanencia y reproducción del sistema que las fundamenta. Así, se han identificado diversas variables que se cruzan con la de género, produciendo otras formas de discriminación, desigualdad, vulnerabilidad, etc. De esta manera, no es lo mismo ser mujer blanca europea, mujer negra inmigrante, mujer rural, mujer lesbiana, mujer trans, y así sucesivamente, ya que distintas dimensiones con mayor o menor valoración social se cruzan para dar pie a diferentes sujeciones y violencias.
En este contexto, hay elementos importantes que aún no han sido considerados con suficiente atención, presentando poco o nulo desarrollo. Esto, a la vez, se traduce en una escasa problematización por parte de la política pública respecto de los cruces entre género y otras variables relevantes. Este artículo busca explorar uno de estos cruces, específicamente las desigualdades asociadas al ser mujer y encontrarse en situación de pobreza energética.
En lo que respecta a energía, es importante destacar que también puede ser un factor de desigualdad, al ser un bien posibilitante o limitante del desarrollo humano. El acceso equitativo a energía limpia y de calidad permite sentar la base para el desarrollo de las capacidades necesarias para participar social, cultural y económicamente de la sociedad de la que se forma parte (Sen, 2000; RedPE 2017). Por otra parte, el acceso a energía se vuelve especialmente relevante ante las amenazas ambientales actuales, como el cambio climático o los desastres socio-naturales, a las que nuestro país se ve expuesto constantemente y que afectan de forma diferenciada a estos grupos más vulnerables.
El enfoque de género en temas de pobreza energética se posibilita como un lente apropiado de observación, en tanto los índices de feminización de pobreza siguen persistiendo, siendo las mujeres pobres uno de los grupos especialmente afectados por esta temática.