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Resumen de ponencia
¿Artistas, cultores, creadores, intelectuales o trabajadores de la cultura? Perspectivas y retos actuales en Latinoamérica

*Fany Calzadilla



Muchos historiadores del arte, por medio de sus investigaciones y propuestas, han estudiado con bastante profundidad el éxito de ciertos artistas en el ejercicio pleno de su profesión como ejecutantes. En las bibliotecas venezolanas abundan artículos, folletos o libros que se refieren a la vida y obra de músicos como Alirio Díaz, Aldemaro Romero, Alfredo Sadel y Gustavo Dudamel. Sin embargo, dichas investigaciones suelen dejar de lado aspectos vitales que se dan en un plano aparentemente ajeno al proceso creativo, como el financiamiento a la formación, los niveles de especialización, los altos costos de producción artística, las tendencias de consumo musical o los tabuladores salariales.

Las razones que dan explicación a esta forma de abordar la experiencia artística, a pesar de ser amplias y diversas, tienen como común denominador la aún vigente división social del trabajo -entre los que se dedican a la producción de bienes materiales y los que ofrecen su vida a la actividad intelectual- la cual suele dar pie a una interpretación del fenómeno artístico y económico como si fueran dos esferas distintas y contrapuestas –los artistas enajenados, los cultores del pueblo, los intelectuales inorgánicos-, cuando en realidad son dos aspectos de la sociedad que interactúan dialécticamente entre sí.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX surgió una sub-disciplina de la economía moderna que intenta explicar el fenómeno artístico con las categorías económicas, la cual, como explica Rascón, C (2009) en su texto La economía del arte, “identifica y analiza el comportamiento de productores y consumidores de obras y manifestaciones artísticas, tomando en cuenta tanto valores económicos como valores culturales” (p. 12).

Contrariamente a otras propuestas, para desarrollar la presente investigación he partido de una concepción que ve a la expresión artística y la creación intelectual atravesada por el conjunto de fenómenos económicos en sus niveles macro y micro. Esto quiere decir que nos aproximaremos a ciertas dinámicas que le dan movimiento a la práctica artística e intelectual profesional, como el trabajo asalariado, la economía mercantil, la cualificación de la mano de obra, los centros formativos y la división social del trabajo, ya que éstas son verdaderamente la base y el fundamento de aquella.

El arte dentro de la producción mercantil

La base fundamental sobre la que se edifica cualquier sociedad histórica es la producción de los medios fundamentales para la reproducción y desarrollo de la vida humana. Los avances y retrocesos de distinta índole que se den en cualquier nación están íntimamente ligados a la producción de bienes materiales y espirituales, ya que de ella depende la posible subsistencia de los individuos.

Así mismo, los sujetos que se dedican a la creación artística e intelectual a tiempo completo necesitan obtener, de alguna forma, ciertos bienes o servicios vitales para la satisfacción de sus necesidades. De no ser así, más temprano que tarde, se verá afectado por enfermedades, penurias o hambrunas que inevitablemente lo llevarán a la muerte. Esto quiere decir que, por medio de su trabajo artístico, los hombres y mujeres que se dedican a la práctica de alto rendimiento participan, en mayor o menor medida, en la producción y reproducción de los medios de vida de la sociedad, sólo que con la ejecución y creación y no con la construcción de viviendas, la prestación de servicios en telecomunicaciones o la distribución de artículos medicinales.

Ahora bien, este grupo de artistas, creadores, cultores actualmente, sólo pueden lograr obtener los bienes materiales o espirituales a través de relaciones económicas determinadas por la producción mercantil, es decir, necesitan actuar dentro de las fronteras del mercado. Ahora bien, este carácter mercantil de la producción ha existido y mutado a través de sistemas económicos como el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo y en algunas experiencias socialistas. En el actual sistema capitalista, la producción mercantil tiene una característica propia y diferenciadora en relación con el resto de los otros modos de producción, que explicaremos con mayor detalle en el transcurso de nuestro trabajo.

El elemento fundamental y constitutivo de la producción mercantil es, como lo refleja su nombre, la mercancía, la cual se entiende como el conjunto de bienes o servicios que, a pesar de su utilidad para satisfacer ciertas necesidades, se obtienen por mediación del intercambio.

Cada individuo necesita tener en su posesión alguna mercancía que le sea útil a otro grupo de individuos, para así, posteriormente, intercambiarla por otra que tenga utilidad para aquel sujeto. En ese sentido, la creación artística o intelectual, cuando logra satisfacer alguna necesidad -recreación, diversión, reflexión, investigación o danza- y es intercambiada para la obtención de algún otro bien útil, pasa a ser una mercancía. En consecuencia, la Sinfonía 9 de Beethoven, el Ave Verum Corpus de Mozart, la Suite Venezolana de Antonio Lauro o el Ballet Estancia de Alberto Ginastera, hay que decirlo sin temor alguno, son mercancías.

Por otra parte, partiendo estas consideraciones económicas sobre el fenómeno artístico, es necesario tratar de dar una respuesta a los profesionales del arte y la creación sobre la pregunta fundamental ¿qué mercancía venden los ejecutantes, los creadores, artistas, cultores? Hemos explicado en el párrafo anterior que un sujeto particular, para poder intercambiar, o mejor dicho, vender una mercancía, necesita ser dueño y poseedor de ella, ya que de lo contrario no podrá adquirir el bien o el servicio que necesita. Este profesional de alto rendimiento no es dueño de la obra que va a interpretar, ni tampoco dueño de la orquesta, el teatro, las butacas, las sillas o los micrófonos. Cuando mucho, el artista es dueño de su instrumento y su posibilidad de investigar o crear, pero no puede vender ninguna de estas pertenencias, ya que se quedaría sin la posibilidad de seguir subsistiendo a través de lo que hace.

Sin embargo, este interprete sí tiene en su posesión un bien que puede vender en el mercado, y es el conjunto de habilidades, capacidades o competencias que ha desarrollado a lo largo de su carrera. Algunos le llaman a este cúmulo de capacidades, de manera algo poética, el talento, pero, para efectos de la investigación en desarrollo, le denominaré fuerza de trabajo, tal como lo llaman en el terreno de la economía política clásica. A diferencia de los modos de producción anteriores al capitalismo, en donde los sujetos formaban parte de los bienes de su amo, la fuerza de trabajo, patrimonio indisoluble de cada quien, se configura como una mercancía que puede ser tranzada por alguna otra.

Es en este contexto donde surge la necedidad de desmitificar y sacar de las estanterías la figura enajenada del artista o cultor, para reflexionar en su condición de trabajador de la cultura. La presente investigación además de definir dichas categorías y orientar hacia la concepción de un trabajador de la cultura conciente de su clase y su enemigo principal: El imperialismo nortemericano y europeo; también profundiza sobre las perspectivas y retos actuales del sector en la Latinoamérica que resiste los más duros embates de gobiernos lacayos y avances de la derecha en el continente, donde la cultura como parte de la superestructura catapulta sus intereses.




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* Calzadilla
Dirección General de Producción y Recreación de Saberes. Universidad Nacional Experimental de las Artes - UNEARTE. Caracas, Venezuela