En los últimos tiempos se afirma que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina se encuentran en su punto más bajo, afirmación con la que concuerdo. Sin embargo, hay que considerar los cambios que han surgido en América Latina en los últimos 3 años. Mi análisis de la relación entre Estados Unidos y América Latina se centra en una perspectiva post-liberal y post-hegemónica concentrándome en un espacio de tiempo específico que va desde la fundación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) hasta la actualidad pasando por la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Es necesario indicar, que existe una cantidad extensa de posibles variables a analizar, de las cuales me concentraré en algunas tales como la integración de la región latinoamericana y su incidencia en la caída de las relaciones políticas con Estados Unidos, además del papel de este último con respecto a América Latina en la actualidad y el surgimiento de nuevas relaciones con la otra gran potencia del mundo, China.
El papel hegemónico que ha tenido Estados Unidos en el sistema internacional y en este caso específico en América Latina, se encuentra en un momento determinante con el surgimiento de nuevas influencias tanto regionales como globales. De acuerdo a Ikenberry (2002) la hegemonía estadounidense está fundamentada en una estrategia realista y en otra liberal que ha generado una racionalidad política para el establecimiento de compromisos de seguridad y de una agenda que responde a los intereses de este país a nivel global. En este sentido, en cuanto a la influencia que ha ejercido Estados Unidos en nuestra región se puede decir que la estrategia realista está basada en la Doctrina Monroe y la estrategia liberal en el Consenso de Washington.
La Doctrina Monroe, sintetizada en la frase América para los Americanos, y basada en la idea de que Estados Unidos no solo tiene el derecho sino también el deber de intervenir en la región en casos de caos ha desaparecido casi por completo en nuestra región. Y decimos casi pues hace un año o dos podríamos haber dicho que la Doctrina Monroe ha muerto, pero hay que tener en cuenta los últimos sucesos con respecto al caso de Venezuela, en el que el interés estadounidense podría tener un nuevo despertar.
Sin embargo, la realidad es que indudablemente la influencia estadounidense en la región ha sufrido un declive irreversible y ha generado un sentimiento de autoconfianza en América Latina, y “lo que realmente fomenta la nueva autoconfianza, es un sentimiento de progreso, una auto concienciación y una capacidad de modernización que el Norte ya no puede impedir o reprobar. A esta situación contribuye en parte un resurgimiento del nacionalismo, así como también actitudes antiimperialistas” (Godoy et al. 2011: 09).
Por otro lado, el Consenso de Washington, implementado en América Latina en la década de los 90 y la cual no generó ningún beneficio para la región, ya que ésta continúo sumida en la pobreza, tuvo también como respuesta un creciente sentimiento antiimperialista en la región que posteriormente conduciría al nacimiento de gobiernos con un discurso de una América Latina libre del poder hegemónico de Estados Unidos. En este punto, es imperativo hablar del papel de una de las figuras claves en la región para contrarrestar el poder de Estados Unidos, Hugo Chávez, quien a partir de asumir la presidencia de Venezuela adoptó un papel esencial en la construcción del llamado socialismo del siglo XXI. Además del poder de Chávez y de los cambios políticos realizados a nivel interno, me interesa principalmente el discurso antiimperialista que manejaba como base de su política exterior que como afirma Aranda (2013) fortaleció un discurso polarizador internacional y generó un móvil para dar paso a su ideal de establecer un bloque de poder sudamericano.
La idea de una alternativa de regionalismo pero desde una visión post-liberal contraria a la hegemonía estadounidense que promovía el regionalismo abierto se ve plasmada con la formación de la ALBA y posteriormente con la creación de la UNASUR que en realidad no son bloques de integración, sino más bien bloques políticos que intentaron revivir la teoría desarrollistas o neo-estructuralistas. La UNASUR que cobró existencia jurídica en 2011, se ve liderada por el Brasil de Dilma (con la aún latente presencia de Lula), la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa, la Bolivia de Evo, la Argentina de los Kirchner, el Chile de Bachelet, el Uruguay de Mujica y el Paraguay de Lugo, es decir se crea desde una visión o un discurso contrario al neoliberal, con excepción de Colombia y teniendo en cuenta también la cercanía de Chile con Estados Unidos. Esta heterogeneidad ideológica es una forma de entender la integración de una forma diametralmente opuesta a la que espera Estados Unidos, situación en la que Brasil juega un papel muy importante como equilibrio de la región (Godoy et al., 2011), puesto que si bien está alineado con la idea de autonomía con respecto a Estados Unidos, su relación con dicho país no es conflictiva como si lo es Venezuela.
El peso que tiene Brasil a nivel mundial lo coloca como líder regional tanto política como económicamente, jugando un papel determinante dentro de la UNASUR con una visión realista de la política exterior y del interés nacional y como un elemento de anclaje regional suramericano con respecto a las propuestas de Chávez, reconduciendo las mismas a un marco regional (Sanahuja, 2008). Igualmente, el liderazgo y poder de Brasil y además su capacidad moderadora con los países miembros con respecto a sus relaciones con Estados Unidos fue muy importante pues logró converger en esta organización dos líneas económicas distintas con la presencia de Colombia y Chile como claros aliados de Estados Unidos en la región.
La formación tanto de la ALBA como de la UNASUR ha redefinido el espacio político de América Latina generando una identidad propia y una concepción propia de regionalismo. Sin embargo, esta visión no ha logrado cohesionarse adecuadamente y ambos proyectos actualmente están estancados. De acuerdo a Sanahuja (2012) esto podría deberse a que la ALBA no ha sido capaz de generar un proyecto viable de integración por su gran orientación ideológica, aunque hay que indicar que si ha sido capaz de aumentar el debate político en cuanto a la relación entre integración y desarrollo. UNASUR, por otro lado, tampoco ha alcanzado los consensos necesarios para que éste sea un proyecto viable a largo plazo por lo que actualmente se encuentra también estancada, tanto es así que la sede situada en Ecuador se mantiene la mayoría del tiempo cerrada, es decir, no tiene una base institucional sólida para que genere algún logro representativo a largo plazo, por lo que a nivel América Latina se tiene más expectativas de integración a nivel MERCOSUR, en el que Brasil sigue jugando un rol protagónico.
Igualmente, el papel que tiene la Alianza del Pacífico con Colombia, Perú, México y Chile es importante pues son los países más cercanos a Estados Unidos en términos económicos pero también políticos. De igual forma, se esperaba que la situación con América Latina cambiara tras la
llegada de Barack Obama al poder, y aunque el intento de acercamiento a Cuba pudo haber significado algo mayor, no sucedió y la política exterior de Estados Unidos se mantuvo concentrada en Medio Oriente. Actualmente, no hay nada claro sobre el futuro de esta relación y sobre el papel que tendrá Trump con una Latinoamérica cambiante y con una marcada tendencia de regresión hacia gobiernos alineados a los intereses neoliberales y sin la presencia de líderes fuertes como lo fue Chávez o Lula. Adicionalmente, si bien la unipolaridad de Estados Unidos en la región podría estar llegando a su fin y más ahora con las relaciones crecientes de nuestra región con China, hay puntos clave en los que Estados Unidos todavía está presente como es en el caso de Haití y a través de la OEA, que actualmente está jugando un papel importante en el caso de Venezuela. De acuerdo a Pastrana (2015) la estrategia estadounidense establecida en el gobierno de Obama para acercarse a América Latina sería el reinventar la OEA para convertirlo en un instrumento institucional importante de gobernanza hemisférica, además de la consecución de cinco elementos clave como es la relación bilateral con Cuba, Venezuela y los demás países bolivarianos, además del narcotráfico, la seguridad ciudadana, las migraciones y la economía.
En conclusión, la relación entre Estados Unidos y América en los últimos 17 años ha estado marcada por un clara postura post hegemónica y post liberal liderada por el papel de la UNASUR que si bien no rechazaba en su totalidad la hegemonía de Estados Unidos si reflejaba una postura ofensiva defendiendo aún más su autonomía en cuanto al manejo de los asuntos de la región. Sin embargo, a nivel global el poder que tiene Estados Unidos en lo económico, político, cultural, tecnológico y militar lo siguen posicionando como la única hegemonía del mundo y el actor más importante al
momento de determinar el orden internacional.
Bibliografía:
Briceño Ruiz, José. Ejes y Modelos en la Etapa Actual de la Integración
Económica Regional. Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.
Estudios Internacionales 175. 2013.
Falomir, Nicolás. La identidad de UNASUR: ¿regionalismo post-neoliberal o
post-hegemónico? Consultado el 25 de junio de 2017. Disponible en:
http://www.redalyc.org/html/153/15329874007/
Godoy, Horacio; González, Roberto; Orozco, Gabriel. Construyendo lo Global.
Aportes al debate de Relaciones Internacionales. Universidad del Norte Editorial. 2011.
Ikenberry, G. John. La ambición imperial de Estados Unidos. Foreign Affairs.
Volumen 81, número 5. 2002.
Pastrana, Eduardo. Dilemas de la gobernanza regional en Suramérica frente a
las actuales transformaciones hemisféricas. Pensamiento Propio. Edición 42. 2015.
Sanahuja, José. El regional...