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Resumen de ponencia
Por la Democracia: Hacia Un Nuevo Contrato Social-Educativo

*Rodrigo Manuel Morales Cruz



Sin ciudadanía la democracia es inviable; ésta simplemente no puede prosperar. Esa es una máxima que los pueblos latinoamericanos no debemos olvidar, pues es fundamento y razón de vida de las garantías universales que permiten que una joven república madure hacia la consagración de un Estado nación independiente, libre y soberano. Todo por la gente, todo para la gente; esto debe ser un concepto vivo en letra y práctica social.

Hoy los estados latinoamericanos vivimos la parte medular de los procesos de consolidación democrática en nuestra región, lo que sin duda nos sitúa en un momento crucial, el del tiempo para elegir el camino correcto en pos de lograr la conformación de países con una verdadera vida democrática, por ende, con conversiones institucionales guiadas por un genuino servicio popular.

Democracia es y debe ser sinónimo de ciudadanía, pues sólo la participación de la gente en los asuntos cruciales del Estado es lo que dará paso a regímenes no autoritarios, a gobiernos organizados e impulsados por el interés público, mismo que es el que otorgará legitimidad al Estado pues será la propia organización ciudadana la que avale la construcción de democracias maduras, efectivas y eficaces.

Es en este punto donde cobran importancia la formación y la educación de las ciudadanías, no como se entendió durante el siglo XX, donde por educación gubernamental se tomó al proceso de estandarización mental, filosófico y hasta espiritual que pretendía despojar a la gente de sus deseos de cambio y emancipación, esto para darles cabida en un mundo funcional, lleno de espejismos de bienestar ficticios e inalcanzables para la mayoría.

Más que brindar una educación que permitiera a los individuos gobernarse a si mismos, tales sistemas de enseñanza popular se volvieron verdaderas centrales de producción serial, con claro beneficio para la industria comercial neoliberal, todo bajo un esquema de explotación de mercado devenido de la revolución industrial. Se necesitaban personas -o más bien dicho- por los controladores de tales imperios, masas de individuos impávidos ante la injusticia.

La información es poder, y era claro que la amalgama conformada por gobiernos totalitarios, industrias explotadoras, medios corrompidos por el dinero y grupos de poder fáctico, no la iban a compartir con la base popular. En un sistema de injusticia cualquier indicio de luz siembra inestabilidad para el statu quo que domina con ilegitimidad. La llama a apagar para dichos grupos de control era la de una enseñanza integral, la de una formación humana.

Los ciclos que debían ser comunicativos se conflagraron por informativos, esta era la única manera en la que la gente podría aceptar que se le encajase en un modelo tan desigual, tan discriminatorio, tan inequitativo. Como política pública de un gobierno central que en realidad se vio dictaminada por conjuntos neoliberales, fue que se abanderó la consigna de que con esfuerzo y trabajo duro, todos teníamos las mismas oportunidades de alcanzar el éxito.

Fue en esa caja negra hecha de crisis sociales, políticas y económicas, que se coló el haz aspiracional del bienestar individual. Dicha esperanza, a veces cumplida por algunos miembros provenientes de las clases medias, ha servido por décadas como mera válvula de escape para los usurpadores del poder, a su vez que ha sido un aliciente para el soñador de a pie, ese que por omisión del sistema, no tiene herramientas para alcanzar tales proezas.

La condición impuesta a los triunfadores de esta guerra de guerrillas industrial, la cual ha sido muchas veces consciente e inconscientemente aceptada, ha sido que una vez conquistada la prosperidad económica para los suyos, ya situado en el estrato de riqueza -o en camino a ella- mantengan un perfil alto de evasión social. La idea a reforzar es la indiferencia ante lo que le pasa a otros menos favorecidos, claro, mientras no me pase a mí.

Nuestros sistemas educativos pretenden que desde pequeños nos vayamos insertando aspiracionalmente en la burbuja de la bonanza, para cual depredadores desde la punta de la pirámide en la cadena alimenticia, seamos indiferentes ante las inequidades sociales. Competencia, productividad, homogeneidad, ajuste a tiempos y cero creatividad, eso es lo que se pide al grueso de la población, al menos a la estadística que se pretende domesticar.

Latinoamérica reclama con firmeza un cambio en el paradigma social, requerimos participación ciudadana responsable, gozosa de derechos y que asume sus obligaciones. No pedimos, exigimos una sociedad crítica que cuestione lo que escucha y lo que observa a nivel gobierno y en medios de comunicación. No podemos perder más tiempo, a sabiendas que hacer caso omiso a la consigna, nos traerá una desventaja competitiva a nivel mundial.

Para poder dar un vuelco a los problemas sociales que pasan en la región requerimos un nuevo modelo educativo, la mejor inversión que se puede hacer en una nación es directamente con lo más preciado que tiene: el capital humano. Corea del Sur e India han demostrado que los mejores réditos son los que se enfocan en la formación de la gente, ahora tienen económicas en expansión producto de la innovación y el conocimiento aplicado.

El lastre central que nuestros planes educativos tienen, es la ineficiencia que se lega al alumnado, desde educación temprana hasta etapas de educación media y superior. Al sujeto le es complicado transformar ideas, darles un manejo intelectual capaz de producir bienes económicos de valor agregado. En un mundo con regiones entrelazadas en tiempo real, el valor de las ideas capitalizado en innovación, es lo que genera riqueza económica y cultural.

Las deficiencias de los sistemas educativos en nuestras zonas, nos hacen ver la distancia que tenemos con respecto a países que en verdad han invertido en la formación de talento. En esas naciones, la matrícula universitaria una vez que ha acabado la carrera, no desea salir y dar su conocimiento para fortalecer capitales extranjeros. No hay ese interés, porque en sus países encuentran los incentivos laborales y de formación que aseguran su permanencia.

Las pruebas internacionales lo muestran, tenemos un índice bajo de aprovechamiento, conocimiento y dominio en los niveles intermedios de educación, con deficiencias en materias de las ciencias exactas, justo en esas donde hoy se están generando las grandes revoluciones informáticas y digitales. Así el beneficio económico del acorte de brechas digitales, toma a nuestros alumnos sin la preparación suficiente para potenciar su talento.

Estamos interconectados pero sin la capacidad de colaborar en proyectos de gran escala en un de tú a tú con compañeros de otras naciones, no al menos de parte de la mayoría de nuestros jóvenes. En Asia, hay notables avances técnicos sobre el manejo de la información, que en efecto se analiza y sintetiza para proponer soluciones prácticas y específicas hacia el resto del mundo. Su talento está en igualdad de condiciones para solventar la era digital.

De ignorar las deficiencias de formación en nuestra población; de nuestras escuelas egresaran analfabetas digitales, algo que es equivalente a no tener voz y voto en la actualidad, seguiremos a expensas de comprar tecnología extranjera para dar solución a problemas locales. Es vital que los avances tecnológicos se incorporen al fortalecimiento democrático. Dotados de preparación sólida, las nuevas generaciones podrán hacerlo real.

Las políticas públicas educativas deben ser integrales, la digitalización no se alcanza equipando aulas con computadoras o dando tablets a los niños (programas que por cierto en México son muy comunes). Queda claro que nuestros gobernantes carecen del talento para entender lo que implica el verdadero desarrollo humano, pues más vale tener un docente profesional, identificado con metas de formación integral, que 1000 tablets por escuela.

Ignorancia muestran las autoridades al emprender estos “modelos” académicos. Antes que nada, se requieren reformas educativas enfocadas en cuestiones pedagógicas que impacten a nuestros estudiantes, profesores bien pagados que inculquen la importancia del valor y la dignidad humanos, que tengan claro que la imaginación y la creatividad se premian. Estos docentes serán responsables de gestar las nuevas ciudadanías que nuestros países exigen.

Un modelo educativo integral, enfocado en el desarrollo del ser humano, la organización y la solidaridad; el ser maestro debe ser visto como un privilegio excelso que conlleva una gran responsabilidad, compromiso social, preparación y vocación. Se requieren escuelas normalistas de altura, con autoridades preocupadas por el capital humano, no entretenidas en cumplir a sindicatos, en lograr cifras oficiales o inmiscuidas en actos de corrupción.

Un proyecto educativo integral piensa en lograr resultados a largo plazo, con enfoque en la intervención desde edades tempranas (durante los primeros 5 años de vida), momentos definitorios en el desarrollo personal de todo individuo. Sí se le compara con el rédito que deja la inversión en etapas posteriores (básica, media o superior), la inversión para el desarrollo temprano podría tener una efectividad incluso del 80% más favorable en el rendimiento de todo el sistema educativo de una nación.

Desarrollo integral del ser humano dará como herencia la formación de ciudadanos con enfoque en lo sustentable, en lo social, en la organización, que abordarán de manera inteligente los complejos del futuro y serán clave en la transformación de nuestras sociedades. Igualdad de oportunidades no significa justicia, equidad para el desarrollo sí. Desechemos sistemas que no fomentan puentes comunicativos ni crítica; vayamos por un nuevo contrato social-educativo, avancemos hacia una civilización con justicia y bienestar.




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* Morales Cruz
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Universidad Nacional Autónoma de México - FCPyS/UNAM. México D.F., México