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Resumen de ponencia
El ser joven latinoamericano: prácticas de resistencias y re-existencias frente a las desigualdades sociales

Grupo de Trabajo CLACSO: Juventudes e infancias

*Cándida Irene Chévez Reinoza



Las y los jóvenes en la actualidad tienen un peso no solo en términos demográficos, sino también económicos, sociales, culturales, políticos y ambientales. Algunos actores claves en políticas de juventud plantean que este momento representa un entorno propicio para que los estados realicen inversiones que culminen con la inclusión social de la población joven y se aproveche su potencialidad. (UNFPA, 2015).

En campo académico, se han ampliado los estudios e investigaciones sobre las juventudes latinoamericanas. Sin embargo, poco se habla de las juventudes a nivel de Centroamérica y específicamente de El Salvador, las cuales no están representadas al hablar de las juventudes de países sur americanos, norteamericanos o europeos que viven otras realidades. Esta es una de las principales razones por las que considero clave abordar el estudio de las juventudes desde esta región particular de nuestra Latinoamérica ¿Qué es ser joven en esta región? ¿Cómo mueren los jóvenes? ¿Cuáles son los desafíos y retos como sujetos políticos? ¿Cuáles son sus formas de resistir y reexistir frente a un Estado que los condena?

A través de los años, desde mi experiencia académica y profesional he tenido la oportunidad de conocer a juventudes en diferentes contextos sociales y poder identificar lo que Reguillo (2010) llama dos tipos de juventudes, cuyas diferencias se anclan en la cercanía, o no, a las alternativas y al acceso: una juventud precarizada, la mayoría, desconectada de las instituciones y sistemas de seguridad, con sus posibilidades de elegir mermadas y; otra juventud conectada, incorporada a los sistemas de seguridad y a las instituciones y que cuentan con mayores posibilidades de elegir. De igual forma como Bourdieu (1990) menciona que uno de los elementos que determina la posición que se ocupa en cuanto a alternativas y a acceso, es la cercanía a los diversos capitales: social escolar, económico, cultural, familiar, etc.

Entonces, bajo esta realidad es necesario preguntarnos ¿Cómo pueden construir las y los jóvenes sus propias biografías en contextos de vulnerabilidad y conflicto social? Si se encuentran en procesos de descapitalización, donde la autonomía, económica y familiar, la capacidad de agencia, el compromiso y la libertad son balanceados por las opciones subjetivas y la posibilidad de imaginar el futuro, las posibilidades de tener acceso al trabajo deseado y de contar con los recursos necesarios para atender necesidades como la salud.

Según la Digestyc (2014), las juventudes en el país representan un 28.5% del total de la población. De este porcentaje total el 39.3% de los jóvenes viven en el área rural. Hasta el 2012, según datos de la EHPM de cada 10 jóvenes 4 eran pobres; 3 pobres relativos y 1 en pobreza extrema. El 45.5 % de este grupo poblacional pertenece a hogares con ingreso per cápita menor de 89 dólares y únicamente el 14 % pertenece a hogares con ingresos per cápita superior a 208 dólares.

Los datos estadísticos muestran juventudes estancadas o que avanzan lentamente en términos de oportunidades de desarrollo. Pero a este contexto, se suma un entorno de violencia y estigmatización que frena aún más el desarrollo de las juventudes, que no solo se convierte en un obstáculo sino en un referente a partir del cual se han impulsado a nivel de políticas públicas la mayor parte de acciones que involucran a las juventudes.

En El Salvador el territorio representa un elemento clave para el desarrollo de las juventudes, ya que define en gran medida el grado de oportunidades al cual tendrán acceso. En una de las regiones más desiguales del mundo, sin duda las condiciones sociales y económicas son sumamente marcadas en un país donde 160 millonarios concentran una riqueza que equivale al 87% de la producción nacional, mientras que la mayoría de la población gana salarios que no logran cubrir los mínimos vitales (OXFAM, 2015:1). Además, el territorio está fuertemente vinculado a otro factor social: la violencia. Como menciona Reguillo (2000) hay dos tipos de juventudes, cuyas diferencias se anclan en la cercanía, o no, a las alternativas y al acceso: una juventud precarizada, la mayoría, desconectada de las instituciones y sistemas de seguridad, con sus posibilidades de elegir mermadas y otra juventud conectada, incorporada a los sistemas de seguridad y a las instituciones y que cuentan con mayores posibilidades de elegir.

La historia de El Salvador está caracterizada por las injusticias sociales, las desigualdades y la violencia estructural en sus diferentes expresiones. En 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz de un conflicto armado de más de 12 años. Pero se trató de una paz efímera seguida de un incremento de violencia que alcanzó tasas de homicidios más altas que durante el período del conflicto. Esta nueva forma de violencia se identificó por el control territorial por parte de grupos de pandillas y el rostro de la persona joven asociado a la violencia (Murcia, 2015).

Las desigualdades territoriales determinan para las y los jóvenes su acceso a educación, formación cultural y artística, recreación, ocio, derecho al libre desarrollo de su personalidad, empleo, etc. En la educación se presenta otra de las grandes desigualdades sociales, la escuela como institución es clave para la construcción del sujeto político, ya que es el primer laboratorio para ejercer ciudadanía, aprender a participar de los espacios colectivos (públicos) y para que las personas se reconozcan a sí mismas como sujetos de derechos. Sin cuyas diferencias se anclan en la cercanía, o no, a las alternativas y al acceso: una juventud precarizada, la mayoría, desconectada de las instituciones y sistemas de seguridad, con sus posibilidades de elegir mermadas y otra juventud conectada, incorporada a los sistemas de seguridad y a las instituciones y que cuentan con mayores posibilidades de elegir.

Las nuevas formas de violencia tienen dos características en particular: el control territorial por parte de grupos de pandillas y el rostro de joven. Sin embargo, es importante aclarar que esta variable de juventud relacionada a la violencia es aplicada solo si se suma la condición de pobreza. Es decir, en El Salvador ser joven en condiciones de precariedad y pobreza es sinónimo de violencia y crimen. Nacer en un territorio donde hay presencia de pandillas determina para las y los jóvenes su acceso a educación, formación cultural y artística, recreación, ocio, derecho al libre desarrollo de su personalidad, empleo, etc. Sin tener ninguna vinculación directa con pandillas, el nacer y vivir en un espacio geográfico controlado por ellas será suficiente motivo para no poder movilizarse libremente y en muchos casos puede representarles hasta la muerte (Murcia, 2015). Sumado a esto, el lugar donde se nace y se habita para las y los jóvenes representa estigmatización y ser víctimas de la violencia que ejerce el Estado sobre ellos. Diariamente, la policía y los militares detienen y violentan a las y los jóvenes que viven en estas zonas. Según datos oficiales de la Policía Nacional Civil solo en el 2015 ocurrieron 3,121 homicidios de jóvenes. Eso representó 47% del total de homicidios que hubo en el país durante ese año. Un 93% (2,898) fueron hombres y 7% (223) fueron mujeres jóvenes. El 85% (2,652) sucedió en espacios públicos.

La historia de las políticas públicas vinculadas a juventud en El Salvador tiene una trayectoria tranversalizada por el enfoque de riesgo, desde el cual se han impulsado la mayor parte de programas y políticas en prevención de violencia, las cuales han sido adoptadas por el sistema educativo. La primera década del siglo XXI se caracterizó por la implementación de políticas de Mano Dura y Súper mano dura; a partir de estos años se inicia un período de leyes y políticas represivas, sobre todo hacia las juventudes, las cuales se convirtieron en el objetivo principal de todas las acciones. Ser joven de ciertos estratos sociales y con diferentes expresiones culturales se convirtió en uno de los peores delitos, sumamente cargado de estigma social. A partir del año 2009, los enfoques del gobierno central cambiaron, sin embargo, a pesar de contar con discursos políticos a favor de las juventudes siguió prevaleciendo el enfoque de prevención de violencia como estrategia medular en el trabajo con ellas. La mayor parte de acciones realizadas y proyectos desde los cuales se ha trabajado con juventudes llevan este enfoque, lo cual de entrada marca una tendencia en la forma de intervenir. Esta perspectiva histórica de las políticas en El Salvador ha marcado la forma de participación de las juventudes en todos los diversos procesos tanto a nivel nacional como local.





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* Chévez Reinoza
Departamentos de Comunicaciones, Economía, Filosofía y Sociología. Universidad Centroamericana - DCEFyS/UCA. San Salvador, El Salvador