Con este título se pretende mostrar las investigaciones desarrolladas, en forma de recuperación de archivos y de memorias desatendidas, alrededor de la fructífera sinergia entre movimientos sociales (militancias varias como movimientos vecinales, educativos u obreros, entre otros) y prácticas culturales desarrolladas a finales de los años 70 en la España pos-dictatorial.
Los primeros momentos de la monarquía parlamentaria española -el ‘periodo democrático’- estuvieron caracterizados por la indefinición y por el desencanto con un sistema que parecía eternizarse en el poder. Como reacción a esa cultura de la represión sostenida, la segunda parte de los años 70 fue una época de gran creatividad y apertura en varias zonas del país -con Madrid, Cataluña, País Vasco y Galicia a la cabeza-. A lo largo del período de la Transición, un amplio número de prácticas audiovisuales disidentes intentaron desarrollar en paralelo un marco de trabajo contra-discursivo que en líneas generales se vio absorbido, neutralizado o incluso reducido a la marginalidad su capacidad de incidencia por la propias estructuras hegemónicas del relato. Durante un largo tiempo, estas prácticas fueron incapaces de contrarrestar la hegemonía de la televisión heredera de la censura franquista de finales de los 70 pero, por contra inventaron nuevas formas de relacionarse con las gente: no a través de la pantalla sino en contacto directo con los ciudadanos, que pasarían a participar del proceso comunicativo mediante innovadoras técnicas como el feedback o el intercambio de roles.
La hipótesis inicial es arriesgada: tenemos mucho que aprender en los nuevos laboratorios del municipalismo español de un periodo especialmente descentralizado y autogestionado: “la otra Transición”. En concreto, se mostrará y debatirá la utilidad de los modelos de innovación en las prácticas de “mesocomunicación” (Gubern) que surgieron, como respuesta a la distancia de la nueva política con la sociedad en los años de la indecisión institucional (1975-1978). Varias prácticas de arte conceptual y del llamado 'artivismo' catalán (Antoni Muntadas, el grupo Video-Nou o el colectivo Servei de Vídeo Comunitari), además de otras iniciativas en las periferias de Madrid, ilustran un deseo de cambio mediante la eclosión de nuevos mecanismos de intercomunicación -como los aparatos portátiles de video, inexistentes bajo la dictadura- que se propusieron ser una alternativa tecnológica al aparato cinematográfico y televisivo hegemónico del Estado.
Por aquel entonces, había una casi secreta pero imparable fiebre por un nuevo medio, el video, que había llegado a España a través de videoartistas com Antoni Muntadas, Francesc Torres o Eugènia Balcells, representaba el opuesto al cine o a la televisión: en vez de congregar, en un espacio único la producción o la difusión, disgregaba su mensaje entre sus usuarios; en vez de reducir el discurso a una única voz, alentaba la intercomunicación entre diferentes núcleos de producción semántica y estimulaba el ‘do it yourself’ en las comunidades contra-culturales de los años 70, hasta entonces sin accesibilidad a la producción audiovisual. Finalmente, la voluntad de reinventar el proceso comunicativo 'emisor-mensaje-receptor '(o artista-obra-espectador) rompía con el principio de ‘originalidad' e investigaba nuevas responsabilidades de autoría compartidas que permitieran romper la eterna barrera entre arte y cultura popular, y entre discurso institucional y masas, ésta última tan característica de la televisión.
Saliendo a la calle, y acercándose a la gente, estos nuevos dispositivos operaron como 'máquinas nómadas' en perpetua adaptación al medio y haciendo un uso de tácticas específicas para cada situación de intervención. Muy influenciados por el underground americano, sin embargo, las condiciones específicas -económicas y sociales- en que se desarrollaron estas iniciativas obligaron a iniciar nuevas formas de creatividad colectiva y de descentralización de las narrativas identitarias. Nuevas ‘artes de vivir’.